Resulta raro ver al presidente de México mostrar en público –y en red nacional– sus estampitas con los santos que adora o en los que él ha depositado su fe; también es extraño ver a esa figura, al jefe del Estado mexicano, enseñando su trébol de seis hojas, “el de la buena suerte”, según dice él que lo librará de todo mal y al país también.

Quizá el presidente ignora que eso que él llama la buena suerte no existe y que el bienestar uno lo construye día tras día, que los llamados santos, adorados en la iglesia católica, aunque la Biblia prohíbe rendir culto a las imágenes, no salvarán a México ni librarán al mandatario de un posible contagio por coronavirus, sobre todo si continúa poniéndose en riesgo latente.

Si eso fuera real o no formara parte de la imaginación presidencial, el país estuviera en una situación distinta, pero todo indica que la fantasía de López Obrador no tiene límites. Eso se llama no reconocer la realidad real, un problema muy común en los seres humanos dominados por su automatismo.

El comportamiento del presidente llama mucho la atención al igual que su forma de pensar. Formado en la cultura de lo imaginario, el presidente es dado a las suposiciones y creencias, se identifica con todo y suele ver enemigos donde no existen. Ese es el rasgo de Andrés Manuel López Obrador, una mecanicidad o automatismo que él no observa porque ese tipo de condicionamientos mentales y emocionales solo se corrigen con la autoobservación permanente, algo ausente en el mandatario como se ve, pues solo observa los problemas de otros pero no los suyos. De ahí aquello de la prensa fifí o su pleito permanente con el fantasma que más lo perturba: Los conservadores. ¿Y dónde está la autocrítica? No existe en el Presidente.

No se trata de hacer un perfil psicológico de López Obrador, pues no es mi especialidad, pero sí es objeto de crítica lo obvio: que en lugar de creer en sí mismo y en sus metas y objetivos como presidente deposite su creencia en lo que no tiene ningún sentido práctico para el país. Las creencias y la fe son cuestiones privadas. Es muy respetable que un ser humano no crea en sí mismo y sí en estatuas de yeso, imágenes religiosas y en santos a los que se les atribuyen milagros, pero es cuestionable que un presidente lo haga público como si se tratara de un bien para nuestra quebrantada nación.

Hace unos días, López Obrador dijo que tenía fe en que México saldrá adelante. En las redes lo tupieron porque, en sentido estricto, se sale adelante con educación, con proyectos, con inversiones cuantiosas y con un proyecto de nación que permita sacar al país del bache en el que se encuentra. No se vale mezclar la fe con la tarea de gobernar. La fe debe ser en sí mismo y no en lo etéreo, en lo que no tiene ningún sentido. Se gobierna con proyectos y con la ley, no con la fe.

Esa actitud, sin duda, es una forma de identificarse con el pueblo, pero al mismo tiempo refuerza las tuercas de la ignorancia, de las creencias que no conducen a ningún lugar seguro y que solo animan la fantasía popular, la fe en la nada, lo que aleja cada vez más a los seres humanos de sí mismos y de la realidad. Ningún santo hará el milagro de resolver la pobreza de México. Eso se resuelve con inversiones y con trabajo.

¿A quién le importa si López Obrador cree en Dios, en el demonio o en un santo? ¿Qué importancia tiene para un país que el presidente cargue en su cartera las piezas de su fe, los santitos que adora y a los que se encomienda porque no cree en sí mismo? ¿Cuál es el sentido de mostrar un trébol y decir que eso le garantiza la buena suerte y lo libra del mal? Eso es fantasía e imaginación. La inconsciencia plena.

Sí, en efecto, le importa a la gente que piensa como él. En México hay libertad de culto y eso es maravilloso, pero un presidente debe guardar su fe como algo privado. El presidente, como cualquier persona, tiene toda la libertad de creer en las piedras, en la santa muerte y en la brujería. Pero un jefe de Estado no puede exhibirse de esa forma, menos aún, cuando el país, como ya se dijo, atraviesa por uno de los momentos más difíciles de su historia.

Ese comportamiento, propio de él como populista, sin duda genera una suerte de repulsa social, sobre todo entre la gente pensante que observa la debacle del país causada por la caída de los precios del petróleo, la falta de liquidez, la ausencia de proyectos concretos que saquen adelante la economía y la ineficacia del sector salud, rebasado por donde se le mire por la falta de medicamentos y la amenaza latente del coronavirus que sigue afectando a las personas a cada momento.

Es preocupante que el mandatario hable de la buena suerte que asegura le da un trébol de seis hojas y no tenga el nivel y la seriedad de asumir la posición correcta frente a la emergencia que representa el coronavirus en el mundo y, por su puesto, en México.

Por ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) urgió al gobierno de México a tomar una posición seria frente a la pandemia, que hasta ahora no ha ocurrido: en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México las medidas no son rigurosas, en medio de la crisis en Italia, España y otros países europeos la terminal aérea siguió recibiendo vuelos de Europa como si nada pasara.

Incluso, de nada sirvió que el gobierno de Estados Unidos cancelara todos los vuelos provenientes de Europa debido a la pandemia y al elevado riesgo de contagios que existe. El presidente continúo con sus giras y sus baños de pueblo por Guerrero y otros estados, abrazando y besando a la gente.

Y cuando le preguntan qué medidas está tomando para evitar contagiar o contagiarse de coronavirus su respuesta es burlona: dice que a él lo cuidan los santos y que el virus no le hará nada. Si analizamos la postura de la Secretaría de Salud, que hace un llamado a toda la sociedad mexicana para no salir a la calle, lavarse las manos cada media hora y no acudir a reuniones masivas, pues vemos que en el gobierno de México hay un doble discurso.

Por un lado está el gobierno y por otro el presidente, esa dualidad, sin duda, confunde a la gente aún más cuando el mandatario se exhibe mostrándose falto de seriedad y tomando la pandemia con un sarcasmo propio de su incultura.

Solamente un ser irresponsable consigo mismo toma las cosas a juego. Es el sinsentido presidencial. La insensibilidad humana, la inconsciencia que se asoma debido a su mecanicidad no observada por él mismo. Nada parece afectarle, las muertes que ocurren en Italia cada hora y que ya rebasó en decesos a China, país donde surgió el virus mortal.

Nada parece mover la sensibilidad de un presidente frente al avance destructivo de la pandemia en España y en otros países y, sobre todo, las complicaciones que ya existen en México con 118 casos de coronavirus confirmados hasta el jueves 19, a lo que se suma ya un muerto.

Tampoco le preocupa que, de acuerdo con expertos, la crisis más fuerte del coronavirus la enfrentará México entre finales de marzo y durante el mes de abril.

Lo que sí dijo es que frente a la debacle económica que se avecina –cuyos estragos ya se sienten y bastante fuertes– el país está preparado porque, dijo, existen suficientes reservas económicas. Bien por esa parte, pero no todo es dinero. Lo grave es el contradiscurso presidencial. Él mismo desmiente con sus actitudes la postura que asume el gobierno que encabeza.

Es evidente que la situación del país no está nada bien. La caída del precio del petróleo, que cotiza ahora en 14 dólares por barril, es más que preocupante; la falta de inversión nacional y extranjera sigue sin resolverse, por lo que cientos de proyectos están parados.

Fuera de la refinería de Dos Bocas, Tabasco, el aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya –este último todavía no inicia–, el gobierno carece de programas concretos para levantar la debilitada economía nacional.

La inseguridad pública sigue creciendo junto con la oleada de muertes todos los días, como consecuencia de la falta de una estrategia contra el crimen organizado y los cárteles mismos que López Obrador se niega a confrontar.

En total existen 14 cárteles que disputan a sangre y fuego el control territorial y el boyante mercado de las drogas y no existe una sola detención de algún capo importante.

Salvo Santiago Mazari el Carrete, quien vivía en Morelos protegido por el gobierno de Graco Ramírez, el gobierno de López Obrador no ha atacado a los cárteles que generan la violencia. Ahí sigue, por ejemplo, Ismael el Mayo Zambada. Vive impune y protegido en Sinaloa.

De igual forma ahí continúan los hijos de Joaquín el Chapo Guzmán, quienes se dan el lujo de pasearse impunemente por el país mientras la Guardia Nacional se la pasa turisteando por la República mexicana sin realizar tareas de investigación ni detenciones importantes.

En suma, no hay lucha contra el crimen organizado, por el contrario, hay complacencia oficial. No hacer nada es una forma de proteger al crimen, eso está muy claro.

El presidente López Obrador vive en una burbuja, confiado en que su popularidad no descenderá. En realidad existe desencanto en buena parte del país porque hasta ahora no hay un solo proyecto importante que esté concretado. Lo que dice el presidente que va bien es la atención social, las becas y los apoyos para la gente pobre; eso sí lo ha sacado adelante porque le importa electoralmente. Ese es el semillero de votos que necesita para retener el poder presidencial en los próximos seis años.

En todo lo demás economía, seguridad pública, inversiones, combate a la corrupción, entre otros, todo está por hacerse. Lo que vende López Obrador todos los días en su conferencia mañanera es un futuro mejor para México. Pero todo, como se observa, está para después. El presente, que es perpetuo, no existe en la mentalidad mecánica del mandatario.

Por eso es muy preocupante que ante esa debacle nacional y frente a un gobierno que no termina de carburar el presidente no se ponga las pilas, como se dice comúnmente, con hechos concretos y deje de pensar que su gobierno avanzará por sus creencias.

Un trébol de seis hojas es una maravilla de la naturaleza, pero no gobierna ni saca adelante a un país que, antes que creencias vanas, necesita proyectos, inversiones y un presidente más avezado e inteligente que sacuda su automatismo y deje de exhibir su incultura.

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