Hace apenas 40 años llegaron a México dos pestes igualmente nefastas: el virus del Sida y el del neoliberalismo. De ninguna nos libramos totalmente, pero la segunda, el virus del neoliberalismo sigue reinante, impone rumbos y ritmos, ofrece todavía alternativas, no como el régimen actual que, sin ideología definida, anda como pollo sin cabeza.

Los neoliberales nunca quisieron destruir al Estado. Solo propusieron y lograron adelgazarlo, desmantelarlo, arrebatarle todas las funciones esenciales, para pasarlas a la iniciativa privada. Quitarle la rectoría del desarrollo nacional, disminuirlo a una posición testimonial.

Pero, hay que reconocerlo, nunca se propusieron destruirlo, solo disminuirlo en su expresión todoabarcante, pensando que era la solución para acabar con un monstruo que amenazaba absorber toda acción fundamental. Sus tareas fueron cumplidas.

Se llevaron un mundo que ya no existe. La apertura indiscriminada del mercado para integrarse a un mundo raro, la desregulación crónica, el apego irrestricto a los índices macroeconómicos dictados desde el imperio para controlar la inflación, en lugar de promover la producción.

Las políticas monetaristas y el recorte tajante al gasto de inversión, público y privado, en lugar de promover el empleo, la salud, la seguridad social, la vivienda, la educación y los mínimos de bienestar general destrozaron las bases y todavía nos amenazaron: si no seguíamos por ese camino iríamos al fracaso.

La consigna es: si tiene hambre, rásquese con su Afore

Pero sus fanáticos no actuaron como los chairos actuales que parecen encarnar el personaje del Destroyer, personalizado por el recientemente fallecido Héctor Suárez. Un descerebrado que cree que sabe, cuando no sabe nada en cuestiones de gobernar, ni en los mínimos decorosos para comportarse en el Universo.

A dos años de que asumieron el poder, no hay un solo sector, un rubro de la economía que pueda prosperar en el futuro inmediato, en medio de la incertidumbre, la desconfianza, la mentira y el encono. Puede decirse que ya casi no queda país. En esta cuarentena, doce millones de mexicanos se quedarán sin trabajo y sin comida, según los datos del Inegi.

La incesante producción de miseria en México convoca a indignación, más que a prevención, pues para esta última no existen los elementos para practicarla. De nada sirve saber que se avecina la hambruna, la violencia, el odio y el rencor sin parangón histórico. La consigna es: si tiene hambre, rásquese con su Afore. Pero casi nadie tiene ese colchón.

La crisis, por más que se diga, no es sanitaria, sino política

Todo el país en estos momentos es un polvorín. Hay rabia, reclamo y apetito de revancha. Y no es para menos. La producción de miseria no deja de trabajar a ninguna hora, la sarta de pendejadas tampoco. El caldo está servido para una dictadura de desalmados.

La solución esperada nunca pudo ser el encierro domiciliario, el confinamiento que se aplicaba en la Edad Media para cubrirse de las pestes recurrentes. La población siempre esperó soluciones fiscales inteligentes, apertura gradual de negocios, levantamiento de parálisis industriales y fabriles en zonas de baja concentración demográfica.

La crisis, por más que se diga, no es sanitaria, sino política, económica y social. El rescate esperado no es para salvar zopilotes, aprovechados y conservadores, sino para acudir en auxilio de un pueblo entero. El enojo social rebasa las pobres capacidades de un régimen sordo, ciego y mudo que jamás ha podido entender cuál es el tamaño del problema que tiene frente a sus narices.

La mesa, servida: corrupción, desempleo, crimen, desconfianza…

Todo, porque los chairos se negaron a apoyar directamente, como lo hicieron en todo el mundo, las nóminas de las pequeñas y medianas empresas, por haber suprimido en la práctica los programas sociales que realmente funcionaron en los campos y en las ciudades.

Por no haber apoyado con créditos a la producción y garantías del gobierno y de su banca de desarrollo a quienes realmente lo necesitaban para producir los alimentos, para engranar las cadenas de elaboración y consumo de los básicos indispensables. Por negarse a entender cuál era la viabilidad económica de este país.

La mesa macabra ha sido tendida: la corrupción más descarada, el desempleo en niveles récord, el crimen organizado, la impunidad y la violencia más altas de la historia del país, la desconfianza y la pérdida de la inversión, los peores indicadores de crecimiento desde hace cien años…

Las finanzas opacas, el nepotismo y las asignaciones directas sin licitación a familiares, proveedores y favoritos, las reducciones a presupuesto en ciencia, turismo, cultura e investigación, el desabasto en medicinas y atención a enfermos terminales, la violencia de género y los feminicidios al alza, la persecución y exterminio de quienes piensen distinto al caudillo.

Ya divididos entre los que no comen y los que no duermen

Nada ni nadie le habían hecho tanto daño a México, en tan poco tiempo, como el chairo-populismo y la cuarta decepción.

Aunque quiera disfrazarse la tragedia con decretitos anodinos, con circulares administrativas que evaden lo sustancial. Con giras anodinas que no vienen ni van hacia ningún lado que no sea afianzar el caprichato homicida. La fotografía de la inauguración de las obritas del Tren Maya, recuerda al Nopalito de hace noventa años inaugurando su obra cumbre: el paso a desnivel para cruzar por debajo la esquina de las céntricas calles capitalinas Niño Perdido y Uruguay.

Dejar las comidas extravagantes y retornar a la dieta de frijol, tortilla y chile. El real problema es que ya casi no hay alimentos disponibles, ni para hacer lo que manda el caudillo. Alimentar a un pueblo no es tarea fácil. Estamos ya divididos entre los que no comen y los que no duermen.

Los que no comen tampoco pueden dormir por la imposibilidad de satisfacer sus necesidades más elementales. Los que no duermen, porque temen la venganza de los que no comen. Así de sencillo es el país del Destroyer, el que estamos viviendo. ¿Dónde ‎buscarán trabajo, si la producción está paralizada, si el consumo no existe, si las cadenas han sido rotas?

Destrozan los valores nacionales, soberanía y nuestros bolsillos

El decretismo de lo insensato, el gobierno de lo anodino, han conducido al país a una hecatombe de hambruna y desesperación. Esto no puede continuar así, y lo peor es que hay pocas opciones para salir de la caverna y de la destrucción. Solo queda la esperanza de las elecciones intermedias, recuperar la mayoría en las cámaras para defenestrarlos en el acto.

Es la única solución para un pueblo hambriento, desmoralizado y desempleado. Al país se lo acabaron las pestes actuales, el virus del chairo-populismo y el virus del Covid-19, juntos. Han logrado su sueño de dominar un país demolido y miserable. Como anillo al dedo, pues.

La historia y nuestros hijos no nos perdonarían que desperdiciáramos la oportunidad de echar del poder a estos catatónicos, ignorantes, voraces y corruptos que destrozan los valores nacionales, la soberanía y los bolsillos de los mexicanos.

¿No cree usted?

Índice Flamígero: Sigan rascándose con sus propias uñas, parecía decir el presidente de la República en su “misa” dominical vía YouTube, cuando aseguró que “…lo más importante es que nos cuidemos nosotros y que sin miedo, sin temores vamos, vamos a recobrar toda nuestra libertad, con la premisa de que ya aprendimos a cuidarnos”, dijo. Ya el viernes 11 había exhortado a la sociedad mexicana a salir a las calles, a abandonar el confinamiento, a superar el miedo. Y la tarde del domingo matizó: “No es echar al vuelo las campanas, no es cantar victoria, pero considero que ya pasó lo más difícil, lo más riesgoso”.

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