Águeda Venegas de la Torre

La primera mitad del siglo XIX se ha caracterizado como convulsivo por la sucesión de diversos proyectos políticos (monárquicos, federalistas y centralistas), la intervención de gobiernos extranjeros y la violencia en la lucha por el poder (alzamientos, rebeliones y pronunciamientos), que manifestaban tensiones entre conservadores y liberales e intra-elites regionales. A pesar de lo turbulento de aquél siglo, una de las instituciones más consistentes fue la electoral, porque, por un lado, ofrecía un mecanismo institucional para el acceso y la lucha por el poder y, por otro, fue un dispositivo de movilización de los grupos sociales y base de la formación de las elites y de la negociación entre las entidades y el gobierno central. En ese contexto, los comicios fungieron como un instrumento de control político fundamental para sustentar las relaciones de autoridad legítima en la idea de la representación, sobre la cual se asentaron principios que hicieron posible la construcción de una República independiente y moderna.

Desde los primeros años del México independiente se estableció un sistema electoral indirecto de voto censitario, que no representaba los principios de la voluntad general sino, en su lugar, era un mecanismo intra-elite para la repartición del poder que permitía la legitimidad del nuevo orden. Para entender el enclave de las elecciones en el proceso de formación de la nueva nación hay que contestar la pregunta ¿cómo se caracterizaron en la primera mitad del siglo XIX? Eran indirectas en primero, segundo o tercer grado, según fuera el cargo que se eligiera, eso permitía que en las juntas electorales intermedias se realizaran negociaciones políticas entre las distintas facciones. Hay que entender que esos acuerdos definían el acceso a los recursos públicos para responder a las necesidades de grupos de poder y de presión, de pueblos y comunidades. Consientes las elites de lo que se ponía en juego en las elecciones, desde temprano, aprendieron a organizarse y a utilizar una serie de artilugios para inclinar la balanza a su favor. Respecto al primer punto, se aglutinaron, en las primeras décadas, en torno a las logias –ya fuera de Rito Escoces o Yorkino–, los cuales serían antecedentes de los partidos políticos. En cuanto al segundo aspecto intervinieron en el primer nivel de las elecciones, donde participaba el ciudadano de a pie, con el reparto de boletas, no instalando mesas, organizándose junto con las milicias para incitar el voto por un individuo de forma menos pacífica, entre otras.

Durante la formación de la nueva nación, las elecciones, como un mecanismo más de las formas de representación, permitieron la participación de distintos grupos y, a la vez, dieron fuerza a una elite criolla que fue versátil para adecuarse a los cambios políticos. En términos generales, los comicios fueron un mecanismo institucional y simbólico que permitieron la construcción de la relación entre la autoridad y los ciudadanos, una cuestión fundamental en la construcción del Estado.

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