Imaginemos la enorme cantidad de fotografías que se están haciendo en todo el mundo justo ahora, si observamos detenidamente nos daremos cuenta de que la gran mayoría no son fotos artísticas. Existen fotos para una credencial o pasaporte, fotos de celular para compartir un momento en redes sociales, fotos para anunciar un producto y algunas cuantas fotografías, la minoría, tienen la intención de ser una obra de arte. Lo anterior nos lleva a deliberar que no todas las fotografías son art o lo que significa lo mismo, no toda imagen es artística.

También es importante distinguir que no es lo mismo estética que arte. De todas las fotografías a las que nos referimos anteriormente, muchas de ellas pueden ser bellas, algunas otras grotescas. Lo bello y lo grotesco son categorías estéticas. Cuando estamos de viaje y tomamos una fotografía con nuestro celular al encontrar un bello paraje al atardecer, obtenemos una imagen que captura esa belleza, pero no necesariamente una obra de arte.

Lo mismo pasa con las esculturas, dar forma al bronce con el rostro de un personaje histórico para un monumento, no necesariamente lo convierte en arte. Cuando se da forma a un material, al mismo tiempo se le da un significado. Ampliemos nuestro pensamiento para tratar de entender todas esas esculturas que no son arte, pero que son estéticas o que guardan significados e historias mínimas.

Esculturas que están siempre ahí, pero que pasan desapercibidas por su aparente irrelevancia.
Hoy por la mañana en la regadera de mi casa había dos jabones, uno casi nuevo y otro muy pequeño y gastado. La forma del jabón pequeño es el resultado de la actividad cotidiana de frotarlo contra el zacate o directamente contra el cuerpo. Ese jabón es una escultura colectiva y familiar, una escultura efímera, cada vez más pequeña y frágil.

Me puse a buscar más formas o relieves hechos por la rutina y encontré la esquina del muro del estudio desgastada, como si fuese roída por el paso de los que habitamos esta casa al pasar con objetos, como sillas o escobas, y chocar accidentalmente contra la pared. Las tablas para cortar en la cocina tenían varios grafismos y texturas sin forma definida, como garabatos en relieve.

La artista estadunidense Janine Antoni puso atención a las actividades cotidianas que dan forma o deforman, tales como tallar, lamer y morder entre otras. A partir de ello elaboró piezas escultóricas muy interesantes hechas con materiales cotidianos como chocolate, jabón y manteca. Estas obras tenían dos procesos escultóricos: primero un modelado tradicional para dar forma a cubos y a pequeños bustos con su rostro y, segundo, dar una nueva forma a través de ese tipo de acciones cotidianas, mordiendo y escupiendo la manteca, lamiendo el chocolate y tallando delicadamente los rostros de jabón. Resultado de ello, por poner un ejemplo, tenemos la obra Lamer y enjabonar de 1994, en donde siete bustos de chocolate y siete bustos de jabón fueron tallados delicadamente con el cuerpo de la artista.

En medio de la actividad consumista y la fascinación por lo nuevo, algunos artistas prestan atención a lo que está desgastado, a lo que ya no sirve, a los desperdicios, a todo lo que sobra y que ya no tiene una función útil. Es interesante observar los registros del paso del tiempo en ese tipo de objetos y materiales: el viejo sartén deformado por el fuego de la estufa y las fibras del fregadero; las curvas involuntarias, los bultos y las protuberancias del incómodo sofá en el que nos sentamos a ver el televisor todas las tardes después del trabajo.

En México, no son pocos los artistas que trabajan con la estética de lo cotidiano, algunos de ellos tienen gran reconocimiento internacional como Gabriel Orozco y Abraham Cruzvillegas, solo por mencionar a un par de ellos.

Todos somos escultores de la vida cotidiana con nuestros pasos cuando caminamos sobre la calle, con el peso de nuestro cuerpo cuando dormimos y giramos sobre el colchón, con los golpes de nuestros dedos cuando escribimos sobre el teclado. Concluyo aquí mi reflexión de hoy para seguir dando forma a la historia de lo aparentemente insignificante, tallando una pila de platos y ollas que me esperan en la cocina.

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