Falacia es un razonamiento falso con apariencia de verdadero, lógicamente inconsistente. Eso son los retruécanos lógicos del titular de la unidad de inteligencia financiera (UIF) y de la 4T para confundir a la opinión pública sobre el congelamiento de cuentas de negocios del Movimiento Antorchista. Veamos. Primero el presidente determina por sí y ante sí como verdad indiscutible que el “no miente, no traiciona y no roba”; se expide a sí mismo un certificado de infalibilidad, adelantando así una premisa (no demostrada) de la que se concluye, obviamente, que todo lo que diga será verdad. Hace algunos ayeres Aristóteles había descubierto esa argucia. Es un argumento circular (termina en donde empieza), una falacia llamada petición de principio. Emplea como punto de partida un supuesto no demostrado, para exigir luego que se acepte la conclusión de ahí derivada. ¿Pero es que en verdad el presidente y sus funcionarios no pueden mentir? Enseguida, aplicando la misma lógica se ha establecido otro supuesto, tan ilegal como falso, dado como axioma (proposición tan clara y evidente que no requiere demostración): es delito que Antorcha tenga negocios. Viene luego el argumento ad baculum (apelación al bastón): quien detenta el poder debe ser creído, solo por eso. Lo dice el presidente, Santiago Nieto, Luis Miguel Barbosa, luego es cierto. Y a quien objete le caerá el rayo de Zeus en la cabeza: el despido, privación de una beca, de un apoyo, exclusión de algún programa. Más vale cuidarse. He ahí el báculo.

Esgrimen también el argumento ad nauseam (hasta la náusea): afirmar algo repetidamente, ayudados por los medios a su servicio, como golpes de pájaro carpintero en la cabeza de la gente: “Antorcha es corrupta”, “brazo armado del PRI”, “recibía moches”; una y otra y otra vez… sin probar nada. Así actuaba, y enseñaba Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler: “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

Asimismo: “Miente, miente, miente que algo quedará; cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”. Es la teoría del rumor. Hacen correr un rumor, un impersonal “se dice” –que no exige pruebas a quien lo dice–, para luego concluir que “cuando el río suena, agua lleva”. A eso se le llama lenguaje tendencioso o envenenado, sin argumentos.

Pero los rumores no son inofensivos: preparan a la opinión pública, crean el ambiente de linchamiento, luego del cual solo resta el remate: castigar, sin pruebas, total, la gente “ya sabe que Antorcha es corrupta”, y toda comprobación es ociosa. Pero afirmar no es demostrar, ni comprobar (no es lo mismo). Combinada con esta viene la falacia ad populum “Argumentos ad populum son buenos ejemplos de malos argumentos desde la autoridad…” (AW). Muchos medios han consensuado, a priori, la leyenda negra contra Antorcha; pero el “argumento” de su consenso no es prueba. No hace verdad, entendida esta como correspondencia de lo dicho con la realidad.

Muy de su gusto es la falacia ad ignorantiam (apelación a la ignorancia), que da por verdadera una afirmación solo porque nadie ha demostrado su falsedad, y deja la carga de la prueba a quien la escucha o recibe la acusación, misma que debe aceptar, a menos que demuestre que no es verdad; así, quien afirma se libera de responsabilidad. No apela al conocimiento, sino al desconocimiento. Algunos ejemplos. Los unicornios azules existen; quien no lo crea, demuestre lo contrario. Famosa es la “tetera de Russell”, ingeniosa idea del filósofo Bertrand Russell: alguien afirma que hay una tetera que gira en el espacio, pero es tan diminuta que resulta invisible aun a los telescopios más poderosos, e imposible de registrar por cualquier medio conocido.

Como quien lo escucha no puede refutar, entonces debe aceptar. Carl Sagan decía, burla burlando: en mi garaje flota en el aire un dragón invisible, incorpóreo, que vomita fuego sin calor, etcétera. Y a ver quién es el bueno que demuestre la inexistencia de semejante bicho inexistente.

Acudía a esta falacia el senador Joseph McCarthy, “cuando se le pidieron pruebas que apoyaran su acusación de que cierta persona era comunista: no tengo mucha información sobre esto, excepto el comunicado general de la agencia de que no hay nada en los archivos que desmienta sus conexiones comunistas” (Anthony Weston, AW, Las claves de la argumentación). Se acusa a alguien de algo inexistente, y se le exige demostrar que lo inexistente no existe. Menuda tarea.

Aplicando esta lógica, la UIF dice: “Antorcha tiene cuentas multimillonarias con dinero de procedencia ilícita, del huachicol y lavado de dinero”.

Y añade amenazante: que demuestre que no, de lo contrario es culpable. Olvida que en el mundo civilizado la carga de la prueba recae en quien afirma, y que existe la presunción de inocencia: “…toda persona acusada de un delito debe considerarse inocente hasta que se demuestre lo contrario y haya una sentencia condenatoria o absolutoria, a través del desarrollo de una actividad probatoria de cargo válida” (Foro Jurídico). Pero en este régimen autoritario no hay tal: el acusado será culpable en tanto no demuestre su inocencia. Más aún. Es culpable ante los medios, antes de juicio y sentencia de juez. Venga todo esto después, como mero trámite, que en honra y presencia política, palo dado ni Dios lo quita. Los verdaderos tribunales son las televisoras, y todo ciudadano está expuesto a su condena. Llama la atención que hasta marzo la UIF había congelado 12 mil 191 cuentas bancarias, y especialmente se publicitan en la televisión las de Antorcha. Todavía existen la picota y el Sambenito; tiempos de la 4T.

Aun la lógica más elemental exige consistencia en un sistema de razonamiento, y el caso expuesto está plagado de inconsistencias. Algunos ejemplos. Tener muchos recursos (suponiendo sin conceder), ¿hace a Antorcha delincuente? Entonces, ¿todos los que tengan muchos recursos lo son y merecen ser castigados? Grandes fortunas se agigantaron al amparo de la 4T, ¿se han congelado sus cuentas? El Tren Maya se otorgó por adjudicación directa.¿Cuándo se investigarán los criterios? Y así muchos casos más.

El prejuicio es el peor de los juicios; es arbitrario, pues se formula antes de conocer y valorar los hechos. Antes de ser titular de la UIF, Santiago Nieto declaró culpable a Antorcha y la calificó con una retahíla de epítetos a cual más ofensivo: lo escribió en su libro Sin filias ni fobias (otra petición de principio, pues está cargado de filias y fobias, APZ), escrito cuando aún no era funcionario de esta administración, y publicado en enero de 2019 por Grijalbo; es decir, el juicio contra Antorcha estaba tramado de antemano; lo de ahora es solo la ejecución. El verdadero juicio debe emitirse después de recabar la evidencia relevante, y escuchar al acusado; pero eso será en otras latitudes, aquí se impone el poder, como aquel “Mátalos en caliente y después averiguas”, o como la Santa Inquisición, que con la sola denuncia daba por hecho la culpabilidad de los acusados, y como prueba suficiente bastaba la confesión arrancada por la fuerza a la víctima. Hoy dice Santiago Nieto que los antorchistas son culpables, y la mejor prueba es que él ya los castigó congelando las cuentas, todo en alegre coordinación con Luis Miguel Barbosa, el gobernador de Puebla. Es falaz: los castigué, luego, son culpables; congelé las cuentas, ergo, era dinero mal habido. El orden causal invertido. Pero con tanto atropello a la razón olvidan que no hay impunidad lógica. La sociedad piensa, observa y juzga, descubre los engaños, y llegado el momento sabrá sancionar tantos abusos y restablecer el Estado de Derecho.

Comentarios