ROBERTO PRADA
Huesca

Históricamente, las fantasías eróticas, con frecuencia cargadas de cierta “perversión”, se consideraban un síntoma de enfermedad mental, en especial las que se alejaban de construcciones heterosexuales clásicas. En algunas religiones, era (y es) pecado, pues el concepto de éste abarcaba no solo la esfera de lo real, de los hechos, sino también el pensamiento. En general, con o sin religión, solían considerarse conductas aberrantes fruto de una profunda insatisfacción o incluso una criminalidad implícita reprimida. En un pasado en el que no se comprendía bien la naturaleza humana, la ética, la moralidad y los valores culturales se extendían no solo a la conducta humana mostrada, sino también a la inhibida. Por tanto, no era descabellado pensar (al menos no había razones para pensar lo contrario) que las fantasías humanas eran deseos ocultos o reprimidos y por tanto se podía leer en ellas la verdadera naturaleza de las personas. Pero no, las fantasías no son deseos ocultos ni reprimidos.
Valérie Tasso nos explica en su Antimanual de sexo que “la fantasía y el deseo sexual son representaciones mentales de carácter narrativo que se generan apoyándose en nuestra capacidad imaginativa”. Ambos son sustanciales en nuestra condición de seres sexuados, pero son construcciones diferentes:
El deseo sexual explora nuestro imaginario erótico para nutrir esa puesta en práctica del sexo. En su tarea de composición de un deseo concreto, examina nuestro código de valores y decide, a través de él, que lo deseado es apto para ponerse en práctica. Sin embargo, la fantasía sexual nos enseña hasta dónde podemos llegar, a qué sabe el límite. La fantasía es el mapa mundial de nuestro imaginario y en su labor de redacción, no se somete a código moral alguno, por lo que rebusca sin miramientos en la caja de los miedos y saca al teatrillo, cuando le apetece, a los fantasmas; a los actores de la fantasía. La fantasía sabe que se lo puede permitir, porque su obra nunca será representada. El deseo erótico excita, mientras que la fantasía erótica “propone” que nos excitemos. Por tanto, el deseo sexual es realizable en cuanto las circunstancias de nuestra vida lo permitan. Tiene nuestra aprobación moral y nuestro ánimo. Pero la fantasía sexual nunca es realizable, si de nosotros depende, y ni siquiera es muchas veces “confesable”.
Por eso las fantasías pueden ser “inconfesables”, porque no dependen de nuestro sistema de valores, son pura imaginación, y en ese alarde de creatividad “libertina y amoral”, pueden construirse mentalmente situaciones que serían “espeluznantes” en la vida real. No debemos asustarnos, es algo natural, mientras solo suceda en el reino de la fantasía, y no, no hay que tener miedo, no es fácil que trasciendan los muros de la fantasía para entrar en el de la realidad, así que podemos estar tranquilos. No somos unos monstruos.

Valérie Tasso
nos explica
en su Antimanual de sexo que “la fantasía y el deseo sexual son representaciones mentales de carácter narrativo que se generan apoyándose en nuestra capacidad imaginativa”. Ambos son sustanciales en nuestra condición de seres sexuados, pero son construcciones diferentes:

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