En esa tarde de domingo exhaló sin poder contener un hondo suspiro, mirando con risas y placer para el mercado Primero de Mayo con la vista fija veía la esquina de la primitiva calleja El Caballito con el viejo palacio de gobierno frente a la plaza Constitución o Mayor, conmovida, llena de gusto, se limpió una lágrima ardiente que no pudo contener y a grito extendido la abuela exclamó riada de jubilo “aún ahora en la década de los sesentas de este siglo XX puedo ver claramente que el hombre vale por su trabajo, no importa cual desempeñe, por su palabra, la mujer por la dedicación, el amor, su honra, el jumento por sus cascos y dientes, el buey por su carne y su asta”.
Ella hablaba de sus viejos fallecidos, que moran con el altísimo, de deliciosas platicas familiares, de recuerdos del mineral que daban señas de su fundación, evolución, su crecimiento, de cómo fue su hogar paterno, de sus demás familiares todos mineros que llevaron sangre de barretero, sangre minera con olor a tiro, a socavón, los describía como un delicado y artístico cuadro de costumbres, hablaba de la época de bonanza de argento con un cariño muy especial a la villa del mineral de Pachuca.
La anciana, desde su acomodo en una banca metálica en la plaza Real, en deleite del habitual concierto-audición, sintió y escuchó notas del Nabucco de Verdi e imaginó coros del “Va Pensiero”. Se recordó ahí, en ese lugar de joven a finales del siglo XIX, mirando al oriente, leyendo el rotulo del desaparecido cajón de la esquina. Balbució entre dientes “las festales”, por sus pesquisas se enteró que eso significa fiestas, pero al averiguar con el cura aumentó su saber pus él dijo que ahí refería a las cartas festales anunciantes de los festejos de Pascua de Resurrección, que “según lo contó Eusebio, fueron iniciadas por el obispo Dionisio de Alejandría (años 247-265)”, volviéndose costumbre entre los obispos orientales dirigirlas, desde la fiesta de la Epifanía, a las iglesias de Egipto indicando la fecha de la celebración de la Pascua y comienzo
de la Cuaresma al ser fiestas móviles.
Siendo judíos los primeros cristianos celebraban la Pascua judía conjuntamente con la de Resurrección, hasta el año 325 que en el primer Concilio de Nicea se resolvió apartar la celebración de la Pascua judía de la cristiana eliminando el carácter hebreo en ésta, quedando las fechas móviles por haber resucitado Cristo en la Pascua hebrea, siguiendo el anuncio del comienzo del tiempo pascual o fechas de Pascua en las cartas festales.
“Uno tiene que saber lo que trae y le gusta”, aseguraba sabiendo donde estaba parada y lo que era importante. El comercio de Las Festales fue parte de una gran finca principal que lució magníficamente una escalinata con dos escaleras laterales que descendían en la vieja calle de Las Estaciones o Morelos, todo en maravillosa piedra obscura junteada con cal y arena, al frente la portada de los cajones que se conocieron desde la segunda mitad del siglo XIX hasta principios del siglo XX, con vista a la plaza principal o Mayor a la lonja de arcos de cantería blanca cetrina, al portal de La Alhóndiga. Esa gran finca tuvo de largo o travesía, al sur, hasta el callejón empedrado conocido hoy como de Rivapalacio, en la parte norte con no más de diez varas de fondo lindaba con la empinada, pedregosa y chueca calle de El Caballito, Patoni, desagüe natural de las lluvias del cerro y barranca de la Santa Apolonia, camino que llevó a las minas de Santiago y San Clemente, a los tiros, terreros y zangarros de la primitiva veta de La Corteza. Hacia espalda al oriente, siendo parte de todo el conjunto, con la admirable finca de piedra de la familia Revilla de don Gabriel, de la compañía Minera Anónima, administrador de la hacienda de Guadalupe.
Le intrigaba esa esquina, ese singular cajón denominado Las Festales, en conjunto con más cuarterías de ventas, su fabrica o factura no tenían ningún orden arquitectónico definido, sin saber las fechas y datos fehacientes de su finca, se conoció como un grupo de hermosos cajones, especialmente el de enigmática esquina que presumió perfecto arco rebajado escarzano la curvatura en ladrillo colorado, grueso, recocido, pesado, resistente, con clave del mismos material. Las paredes y muros levantados con sus divisiones, todos en piedra, lo que correspondía a las puertas que daban entrada a los cajones de ventas estas de pesados, anchos, largos y gruesos tablones, labrados entablerados a mano, claveteados con herrajes de fragua martillados al rojo vivo a fuerza humano, luciendo para protección gruesas y toscas trancas y aldabones de fierros, techos altos de no menos de seis varas con gordas vigas de separación de media vara centro a centro, soportando magníficos y toscos tablones labrados con hachazuela de media vara de ancho por ocho pulgadas de espesor y casi ocho varas de largo, con pesado terrado terminado enladrillado en tejido de petatillo, caída para las aguas llovedizas que descargan a la calle, tipo ballesta en metal labrado.
El cascabel al gato apenas calienta. A unos días de iniciar la nueva administración, del estado como del municipio, la población espera con preocupación, sin querer desilusionarse desea cumplan las promesas de campaña. Sobre los parquímetros Pachuca voto por el no, no, no, es un negocio particular que un sátrapa lo avaló con solo un 10 por ciento para el ayuntamiento en un contrato con muchas trampas legaloides y sanciones en contra del erario al querer rescindir, sí lo avaló el Chelelo y la asamblea a favor de una empresa que ni impuestos paga en el estado, es totalmente leonino. Requiere un vigilante, dos agentes de tránsito y una grúa para cuidar un tramo ¿nos cambiarían espejitos, nos vieron la cara o hay contubernio con la “autoridad”? La viejilla gritaría “los políticos son como los camarones, gobernadores y presidentes municipales, con que nos salga uno bueno ya fregamos”.

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