“Incapaz de percibir tu forma,
te encuentro a mi alrededor”

La frase que corona el final de la película La forma del agua, llega hasta nuestra alma y las formas de Guillermo del Toro se nos escurren, nos empapan, nos salpican, nos refrescan, nos hacen chapotear y saborear nuestras lágrimas o un trago insípido pero fresco que en cada trago apuesta por el buen amor.
Por eso, quiero celebrar los triunfos del director mexicano. Por eso, como si fuera alguien cercano, lo es, aunque no me conozca, aplaudo gozosa cuando, en la ceremonia del premio Oscar de este 2018, es galardonado. Y grito desde mi habitación con toda mi alma un “bravo”, como si él me fuera a escuchar. Envuelta en mis sábanas tengo ganas de bendecirlo eternamente y lo bendigo en nombre del espíritu del cine de calidad.
Lo escucho en sus declaraciones y lo siento tan nuestro, ya es nuestro Guillermo del Toro, ese cineasta mexicano que nos enreda en sus filmes claroscuros, entre secuencias siempre salpicadas de luz y sombras, con sus personajes fantásticos tan parecidos a quienes deseamos encontrar, ser, amar.
En cada escena, en cada diálogo, acercamiento y panorámica, yo siempre he podido atisbar las formas de Guillermo del Toro. En cada escena que dirige hay siempre alguna expresión amorosa, esta película tan premiada es la mejor muestra.
En efecto, La forma del agua es un verdadero calidoscopio de imágenes y sucesos, relaciones y complicidades, pero sobre todo de sensaciones amorosas que todo ser humano podemos sentir, manifestar y hasta callar. Y es así como en esa película yo he podido palpar el amor en todas sus manifestaciones. Está entre el personaje femenino principal y su monstruo, el amor también está entre las amigas verdaderas, el amor late cuando un hombre es tu amigo leal, en el científico que ama el conocimiento, tus mascotas que siempre te acompañan, contigo misma en una tina que delata la forma del agua y del placer eterno.
La trama es tan sencilla y hasta cursi e ingenua, por eso es tan bella. Una mujer muda, tan sola de solita, descubrirá a un ser misterioso, una criatura que cambiará para siempre su rutinaria vida. Pero, aunque podríamos considerar este argumento el eje central de la historia, las relaciones entre los personajes siempre van marcando una manera de amar, de amarse, de amarnos. Incluso, Guillermo nos hace palpar otro amor, el que puede sentirse por el cine y sus narraciones. Sí, el cine recibe un homenaje amoroso en la película. Ahí están esas escenas en que los personajes ven por televisión filmes en blanco y negro, llenos de nostalgia. Ellos imitan los bailes de las clásicas comedias musicales. Además, la chica de nuestro filme vive justo arriba de una sala de cine de enorme pantalla y público solitario.
Guillermo del Toro hace de esa película el espejo de lago limpio, el reflejo de un charco juguetón, agua transparente donde pude hallarse nuestra imagen ideal y hasta las formas de nuestros propios monstruos. Y hasta hoy sigo celebrando ese premio de mejor director y de mejor película, agradeciendo a la vida que exista un hombre generoso y de mirada mágica llamado Guillermo del Toro.

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