Óscar Baños*

*Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor
del cempasúchil y las
historias de naguales.

Sexta verdad
Seis candeleros

Éramos seis; como la mayor, yo me encargaba de cuidar de mis hermanos y hermanas, sobre todo cuando no estabas, no sirvió de nada, poco a poco se fueron yendo, enfermaban de tristeza dijiste, extrañaban a nuestro padre. Cuando solo yo quedaba, una ocasión antes de que llegaran las lluvias lo vi aparecer en el camino polvoriento de las seis de la tarde. Era como lo recordaba, “dë hua” me dijo, yo no supe contestarle, hacía tanto que no hablaba hñahñu que no sabía qué decirle; lo abracé fuerte y le pedí que no se fuera otra vez. Desde ese momento estuviste en la casa todos los días, te levantabas temprano a cocer el nixtamal, lo molías y cuando yo despertaba ya estaban las tortillas inflándose y desinflándose en el comal, el fogón siempre estaba prendido, “es el adoratorio del hogar” asegurabas con una sonrisa que nunca te había visto.
Mi padre era escamolero, sus manos duras y sabias habían aprendido desde muy jóvenes a buscar entre la tierra la comida secreta que solo a algunos les regala, las hormigas lo picaban pero él no sentía dolor; tú esperabas en casa y le cocinabas las cosas más deliciosas, flores de palma con huevo de gallina criolla, salsa de xoconostle, gusanos de maguey fritos, barbacoa de armadillo, curado de tuna; poco a poco fui olvidando a mis hermanos, olvidé sus rostros pálidos, olvidé los moretones en sus cuerpos y la debilidad que traían cargando en el esqueleto durante el día. En aquellos tiempos comenzaste a llevarme contigo a buscar plantas en el monte, me enseñaste a distinguir las que curan de las que matan, las que dan luz a la cabeza de las que enloquecen a la gente. Me enseñaste a repetir palabras misteriosas en hñahñu que antes no había escuchado, a pedirles a los dioses que viven debajo de la tierra que me dieran la belleza y la vida que no se acaba.

Séptima verdad
Siete gozos

Acabo de hacer el séptimo nudo al cordel, por fin escucho tu alarido maldito, el grito que parte la noche en dos pedazos; el lomo erizado del Tizón me dice que pronto miraré tus ojos y entonces todo habrá terminado, ya no cargaré en las piernas esta pesadez que no me suelta ni un momento. Dejaré por fin de andar en los caminos resecos cobijándome del sol bajo los mezquites.

Octava verdad
Ocho coros

¿Será como dice el padre Claudio, que en el cielo los querubines no dejan de cantar? No lo sé, pero aquí en el pueblo hace mucho que no se oyen canciones, de vez en cuando las de la capilla que más bien parecen quejas. Recuerdo que la última vez que se hizo la fiesta mi padre aún no regresaba del otro lado ¡qué bonita te veías en la misa! Llevabas la blusa bordada que tú misma hiciste, todos te observaban, algunos con miedo y te dabas cuenta. Por la noche, pude mirar por primera vez cómo te ibas volando, miré tus alas negras, miré la luz como lumbre que te cubría mientras agarrabas camino hacia los cerros, hacia otros pueblos para desgraciar la vida de tantos con tu sed que no se termina.

Novena verdad
Nueve meses

Tanto te pesamos en el vientre que nos cobraste con sangre andarnos cargando, tanto nos alimentamos de ti que ahora te falta sangre para llenarte el buche cuando te conviertes en ese pájaro del mal y sales volando de la casa para matar recién nacidos.
Tus aleteos ya se oyen muy cerca madre, veo tu sombra de un lado a otro pero mi rezo no deja que te vayas, sé que quieres la vida eterna, la cara bonita, el cabello negro como obsidiana, sé que quieres levantar el vuelo, agitar tus alas en la noche; así eres, mi padre no lo creyó ni aun viéndolo con sus ojos, ni siquiera cuando se despertaba en medio de la madrugada y no te encontraba en el petate, pero te descubrió y ese fue su error, ahí comenzó la enfermedad que acabó llevándoselo.
Recuerdo cómo se consumió y de nada valieron los doctores y sus medicinas, inútiles fueron las hierbas de las curanderas, los rezos. Una mañana él se quedó quieto, su cuerpo parecía zacate, así de seco lo dejaste, porque a mí nadie me quita de la cabeza que fuiste tú quien le sacó toda la sangre como lo haces con las criaturas que tienen la de malas de que las encuentres y duermas a sus padres para que no te estorben.
Ya en el camposanto, todo eran llantos, tus ojos jamás se vieron más llenos de lágrimas, tu piel lucía como la de una muchacha, ninguna arruga, suave, morena y suave.

Décima verdad
Diez mandamientos

Un nudo más al cordel, no puedes alzarte al cielo, te tengo amarrada con el rezo que hace bajar a las que vuelan de noche, ni esperanzas tienes de que no recuerde las doce verdades, solo si dudo, si olvido alguna de ellas tú podrás dañarme, sé que lo has hecho con los que trataron de cazarte, que tus uñas les desgarraron el pecho y tu pico de guajolote les sacó los ojos porque olvidaron una verdad en medio de la rezadera, dicen que te fuiste riendo y tu risa era como un grito cortado, como tepalcates que se riegan, que seguiste después lanzando tu embrujo de sueño sobre los padres de los recién nacidos, que hechizabas también a los perros para que no ladraran. Todo eso se contó de ti, la más grande de todas, la de los ojos amarillos, la que sabe el nombre del príncipe de las cuevas que no deben ser visitadas.

Onceava verdad
Once mil vírgenes

Me enseñaste bien madre, me instruiste en los caminos de la noche y la sangre, aprendí rápidamente, desde chamaca, puse muy bien atención porque mi destino era claro desde entonces, fui juntando odio, llenando el morral de mi alma con recuerdos afilados como las lajas de los cerros para que cortaran mi pensamiento, para que me dieran fuerza y no dudar; me mostraste la manera de desprenderme las piernas, de cortarlas con uno de mis cabellos negros como si estuvieran hechas de manteca, así de fácil era, me arrastraba hasta el fogón y las enterraba en la ceniza para que estuvieran calientes, después el cielo, el cielo enorme recibiéndonos como sus hijas, allá abajo los perros con sus lomos erizados nos ladraban inútilmente, los recién nacidos soltaban el llanto, adivinaban el poco tiempo de vida que les quedaba.

Doceava verdad
Doce apóstoles

Tu cuerpo al chocar contra la tierra produce un sonido seco, el Tizón se esconde detrás del gallinero, por allá por la cumbre se oyen los coyotes que en sus correrías trastumban hasta la barranca; caíste bruja, chupasangre, cosechadora de niños, dueña de la noche. Me miras, tus ojos de brasa sueltan las lágrimas que tenían amarradas, abres el pico de guajolota y ruegas mi piedad, tu rostro de criatura dañera me da asco. Fueron años los que dediqué a bajar a las mujeres como tú, soy la rezandera de brujas más fuerte, desde Los Horcones me vienen a buscar, desde El Senthe, desde Barranca Arriba, en todos lados me conocen, a cada pueblo le entregué viva a la bruja que les traía desgracia, que les mataba a los chamacos tiernitos; la gente se cobraba el agravio como mejor le parecía, a veces las quemaban vivas, a veces les arrancaban la lengua y los ojos amarillos, supe que también las dejaron a la intemperie, muriéndose de Sol hasta secarse.
Tú eres mía Rosaura, tu sangre podrida corre en mi cuerpo, aun así te entregaré a la gente del pueblo y ya decidirán qué hacer contigo, por fin se acabará tu sed eterna que no se calmó con la sangre de mis hermanos y hermanas ni con la sangre de mi padre, solo a mí me dejaste vivir porque te heredé los malos pensamientos y la sed. Me estorbas madre, el cielo de la noche hiede a ti, por eso mejor que te chinguen, por eso mejor que te arranquen la lengua y te cosan los ojos y que te den de comer a los perros que dudo que te quieran porque hueles a muerte, a zopilote, ojalá que te avienten a la barranca y se olviden de ti. Yo me iré caminando despacio por la vereda que da para el aguaje, me iré ahora sí con el Cornelio, le llenaré el petate de calor y le guisaré la sangre que yo traiga cada madrugada en el buche, sangre nuevecita, de recién nacidos, ya no estarás, no habrá modo de que se den cuenta de que soy la que los deja sin chamacos, seguiré bajando a las otras, rezando las doce verdades como se ha hecho desde hace tanto, seré la más grande, la que no se acaba, la que no se arruga, la que huele a hierbabuena.

Invitación

 

 

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