El sueño (Segunda parte)

Ahí estaba de nuevo, pesado, viscoso como la piel de los mensajeros de la lluvia; era suave y sin embargo, su fuerza devastadora podía rendir a quien quisiera, su toque invencible lo había derrotado antes y lo derrotaría ahora. De nada servían la voluntad, ese espectro caprichoso, de nada los rituales, los artilugios, era así.

Al amanecer oía que lo llamaban por su nombre desde una distancia que se adivinaba gigantesca, primero la voz sonaba dentro del sueño como parte de él, después se acercaba, no en distancia, pues seguía muy lejos, se acercaba de la manera en la que lo hacen las voces, en intensidad, en memoria y entonces su nombre le parecía extraño, inventado, pero lo llamaban a él, seguro. Lentamente se desprendía el peso de encima y abría los ojos.
Las faenas diarias, incluso las más sencillas se volvían trabajos titánicos, sus piernas enflaquecidas lo arrastraban a la milpa en la que arrancaba la mala hierba de cualquier modo, a veces con el azadón a veces con las manos callosas. El Sol, el de mediodía, ese demonio rubio le escupía sin contemplación, a cada escupitajo cósmico sus lomos se doblaban, su cuerpo reseco se clavaba un poco más en la tierra. Después la voz, la misma que lo sacaba del sueño pegajoso. Al lado de la vereda Rosaura permanecía quieta esperándolo con la comida, siempre esos tacos calientes, recién hechos, los que a momentos le recordaban el sabor de su carne.

Por la tarde vegetar, sentarse en un banco de mezquite y esperar la llegada de la noche, con los espantos que tiene atorados en el rebozo, con sus estrellas fastidiosas.
Cada día, cada tarde y noche desde que regresó del otro lado es lo mismo, el dinero se terminó, “los dólares acaban comiéndole la voluntad a uno”, escuchó de boca de un anciano en el norte de Carolina.

Rosaura se dedicó a administrar lo ganado en aquellos años terribles en Estados Unidos, la casa desvencijada tuvo entonces otro rostro, las paredes se blanquearon, el techo de tejas fue sustituido por uno que hacía evidente el estatus al que ahora pertenecía la familia.

Él sin embargo, evitó la cantina y las fiestas, le dio la vuelta a las invitaciones de sus amigos de siempre para beber pulque, la fatiga lo acompañaba durante el día y se convertía en aquel sueño indomable al anochecer. Llegó un momento en que no pudo levantarse, Rosaura lo llenó de atenciones, en ningún momento demostró desagrado por estar junto a él, por limpiar las llagas que en sus muslos supuraban un líquido maloliente.

Ahí, recostado sin poderse mover, su cuerpo se volvió cartón, en ocasiones le pareció ver cómo sus uñas se desmoronaban; Rosaura estaba más bella, más feliz.

Óscar Baños*

*Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor
del cempasúchil y las
historias de naguales.

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