III
Las doce verdades

Primera verdad
Una es la casa santa de Jerusalén donde
vivas y reines para siempre amén

Las palabras las he dicho muchísimas veces, están anudadas en mi lengua y es cosa nomás de desenredarlas para que salgan a la oscuridad y te echen el primer amarre. No puedo verte, es noche cerrada en este desierto, casi las tres de la madrugada, el frío está macizo, hiela los huesos. No dejé brasas en el fogón, quiero atraparte a oscuras, por eso me esperé hasta que no hubiera Luna y ni el brillo que se queda atrapado en los cerros pudiera verse.

Hoy por la tarde me despedí del Cornelio, pobrecito, no se buscó mujer por esperarme, se fue de la casa de sus padres sí, pero no con mujer, levantó su jacal con piedra de cerro en la parte del terreno que le toca, puso cuernos de res entre los muros como es la costumbre para que se puedan colgar los ayates con la semilla y los mecates de las trampas para los animales dañeros; el patio siempre bien barrido, atrás el corral para el ganado, todo lo hizo él solo, sin pedir ayuda, con esas manos callosas con las que de vez en cuando me acaricia detrás de la milpa desde que éramos chamacos en el monte y pastoreábamos las chivas y me decía que nos íbamos a casar, ya desde entonces yo sabía que eso no sería, yo estaba para otras cosas y es mejor no contradecir al destino.

Segunda verdad
Dos son las tablas de Moisés

Te quejas, en la noche silenciosa solo yo puedo escucharte, ni el Tizón, que siempre me acompaña a los trabajos ladra, ni siquiera levanta las orejas, creí que tu queja la había imaginado, no fue así, tu lamento es débil no porque no tengas fuerza, no quieres que me dé cuenta de que sufres, por eso te quejas tan en silencio. Recuerdo ese modo tuyo de aguantarte, así has sido hasta en tus partos, hincada agarrada de unos mecates, te mordías los labios y hacías fuerza para que la criatura se animara a salir, la partera te sobaba la panza y decía en tus oídos quién sabe qué cosas, cosas que no voy a conocer porque se les dicen en secreto a las que están pariendo y tú sabes bien que mi vientre está seco, no tiene semilla, de ahí no nacerá la vida, es hormiguero vacío.

Tercera verdad
Tres trinidades

Mis manos están impuestas a hacer los nudos en el cordel, para ti escogí uno nuevo, lo fui a mercar al pueblo, ya tiene días de eso, tú no te diste cuenta, te dije que iba donde Macaria, mi comadre, para ayudarla a raspar unos xaminís, porque anda que quiere vender pulque en la plaza y completar los centavos de la fiesta de la Isabel, ya ves que no tarda el Chuy en regresar del norte y dijo que luego luego quiere casarse con ella, pues bueno, Macaria anda necia con que el vestido lo quiere comprar en el pueblo, que su hija no se va a casar como las otras, que nada de manta bordada pues no sirve más que para que te hagan el desaire por india. Yo le digo que somos indias y que eso no es malo pero ella no quiere que le hagan menos a la hija. Macaria es otra, está más entusiasmada por la boda que la Isabel, mira que animarse a vender pulque no es algo muy de ella, ni siquiera le gusta raspar, siempre se ha quejado de cómo le quedan los brazos y las manos de enguixadas. Pero no me malentiendas, no te conté mentiras, sí fui a raspar, solo que me apuré y de ahí los maestros me hicieron favor de llevarme en su carro al pueblo, tenía dinero de los quesos que vendí en la feria y me pude dar el gusto de irte a comprar el cordel a la tienda grande, esa donde la dueña es una señora güera que dicen que llegó de Sonora o no sé de qué lugar muy lejos, la vieja es grosera y malencarada pero nada más vio que traía con qué y hasta la risa le salió, me traje el mejor cordel de todos, del color de la sangre.

Cuarta verdad
Cuatro evangelios

Esta verdad la digo con coraje, la digo fuerte para lastimarte, pero solo se oyen los coyotes allá en el Monte Prieto, tú casi ni ruido haces. Sé que eres la peor, la que les enseña a las otras, siempre lo supe, no como el finado de mi padre, te quería mucho él, ¿cuánto tiempo lo tuviste en el norte trabajando? ¿10? ¿15 años?, y todo para que no se diera cuenta de tus porquerías, de cómo nos dejabas solos días enteros y ahí teníamos que andar pidiendo masa para echar unas gordas feas porque ni eso nos enseñaste a hacer; acuérdate de aquella vez que llegaste después de haberte ido como una semana y ya ni de comer teníamos, Laura no quería despertar, ya no nos oía, antes de que te fueras te agarramos del vestido, te dijimos que te quedaras, que Laura andaba con calentura, nos diste un empujón y te largaste, ella fue la primera y de ahí siguieron los demás.

Quinta verdad
Cinco yagas

Ya te oigo más cerca, sé que quieres esconderte en las sombras, sabes que soy yo la que hace los nudos al cordel, no te lo esperabas. Cinco nudos y no has lanzado una sola maldición, no has pedido a las voces que me amenacen, que me distraigan del rezo, ya otras como tú lo han hecho y de nada les ha valido, no tengo misericordia, ustedes no la tienen, yo únicamente les doy el regalo que merecen, pero no creas que lo disfruto, a todas las he conocido en su otra forma, algunas eran mis amigas, fuimos juntas a la escuela y de chamacas nos poníamos a buscar chinicuiles debajo de los magueyes, nos bañábamos en el arroyo, juntábamos xoconostles para comerlos asados; todo eso me lo recordaron, suplicaron, yo no les
dirigí una palabra.

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Periodista desde hace más de una década y director del diario Libre por convicción Independiente de Hidalgo. Es licenciado en comercio exterior por la UAEH y licenciado en lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Colabora como articulista en el diario que dirige y también en el portal SDPnoticias.com. Fue reportero en el semanario Aljibe y Síntesis Hidalgo. Trabajó para los periodistas Ricardo Alemán y Estela Livera en un programa de investigación. En 2007 ingresó a trabajar a Bermellón, Edición e Imagen, despacho donde se desempeñó como jefe de redacción hasta 2009. Es colaborador de la editorial Elementum desde 2010.