Óscar Baños

Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

 

 

 

 

 

 

(primera parte)

Una tarde cuando yo tenía ocho años, mi madre tomó su rebozo de lana y me pidió que la acompañara, su rostro parecía tallado en piedra de monte, ningún gesto me dejaba adivinarle las intenciones, no pregunté nada, me deje conducir esa madrugada de noviembre hasta la barranca; caminamos en la oscuridad, yo con miedo, mi madre con la seguridad en los pasos, no se detenía ni cuando yo me quedaba atrás porque mi rebozo se atoraba en los breñales o al momento de subir una piedra demasiado grande. Mi madre era una sombra que apenas podía distinguir, parecía no escuchar a los coyotes que aullaban platicándose no sé qué cosas ni a las lechuzas con sus alas de fantasma, ella solo caminaba, un mismo paso en el polvo de la barranca, sus huaraches eran como un corazón, latía primero uno, después el otro sin cambiar el ritmo, sin tropezar con los troncos que había arrastrado la creciente en los tiempos de lluvia, sin miedo de las cascabeles que salen a cazar, sin fijarse en mí.

Llegamos después de mucho rato a una casa de madera en el monte, el techo era de palma y el patio estaba muy bien barrido, el cielo ya clareaba. “Buenos días” soñó la voz de mi madre en la mañana silenciosa; “buenos días” contestó la voz de una mujer desde dentro de la casa. La puerta se abrió, una anciana con el cabello recogido en un chongo apareció y nos invitó a pasar. Estaba muy oscuro, la penumbra espesa apenas tenía un hueco hecho por la luz de una veladora; nos sentamos en unos bancos de madera.
No recuerdo muchos más detalles de ese día, el dolor de verme abandonada por mi madre en aquel lugar desconocido entorpeció mis pensamientos, nunca volví a verla.

La anciana a quien mi madre me entregó como deshaciéndose de una alimaña del monte se dirigía a mí en un tono que no me permitía adivinar sus emociones, me enseñó a realizar los quehaceres de la casa sin muchas explicaciones y me indicó cuáles serían mis responsabilidades. Las pocas ocasiones en las que estábamos juntas sin que realizáramos algún trabajo de la casa o del campo era cuando cenábamos, en ese momento, cubiertas por el silencio y las sombras apenas rotas por la luz de algunas velas observaba el rostro de aquella mujer, parecía muy vieja, su cara tenía profundas arrugas, los labios delgados, el cabello gris. Casi no hablaba, cuando lo hacía era para dar indicaciones; fueron muchos días los que estuvimos en esa situación hasta la vez en la que me llamó casi al anochecer y me dijo que la siguiera. Tomé mi rebozo y me encaminé con ella al monte, el viaje me recordó la forma en que mi madre se había deshecho de mí tan fácilmente que aún me dolía el recuerdo como si acabara de abandonarme.

Llegamos poco después de que la Luna estuviera alta, la entrada de una cueva pequeña estaba frente a nosotras, la anciana apartó un arbusto de escobilla que ocultaba la entrada para que pudiéramos pasar, dentro la oscuridad era total, la vieja encendió un ocote y caminó lentamente, yo la seguía sin miedo; el sonido fue muy leve primero, después, conforme avanzamos se volvió más intenso, era una respiración profunda que no correspondía a lo que nos encontramos en el fondo de aquel túnel.

El hombre estaba sucio, la ropa que lo cubría parecía estar a punto de caerse en pedazos, su cabello negro y revuelto le llegaba al hombro, la barba descuidada le cubría la cara morena, todo él, su cuerpo delgado, las manos huesudas que dejaban ver unas venas abultadas y los pies llenos de lodo daban una apariencia de desecho, todo menos sus ojos que resplandecían en la oscuridad como si toda la vida que lo abandonaba se hubiera refugiado en esa mirada marrón.

La anciana le ofreció agua del pozo, él bebió sin prisa, mantenía el agua en la boca, la saboreaba y volvía a beber; la mujer le acercó entonces un taco de frijoles negros, el hombre lo mordió y estuvo masticándolo durante un rato para finalmente escupir la masa en el suelo de la cueva, “está casi listo” murmuró la voz profunda de mi guardiana.
Cuando salimos de la cueva ya casi amanecía, me sorprendí ya que no pensé que hubiera pasado tanto tiempo; el hombre se quedó en su refugio cubierto por unos trapos que le dejamos. Todo el camino de regreso me pregunté quién era aquel extraño, por qué no hablaba y por qué mi cuidadora parecía tan satisfecha.

Conforme pasaban los días el abandono se fue transformando, era la primera vez que tenía un espacio para mí sola, los quehaceres eran muchos sin embargo, no se comparaban con mis obligaciones cuando estaba en casa con mi madre y mis hermanos. Aquella mujer me trataba bien, por las tardes, antes de que el Sol fuera tragado por los cerros en el horizonte me contaba los secretos del monte, cosas de los animales, de las plantas, los poderes de las piedras y lo que canta el arroyo en su paso por los cerros. Yo aprendía.

De vez en cuando nos dirigíamos a ver al hombre de la cueva, con el paso del tiempo me parecía menos humano, algo en él cambiaba, sus ojos ya no eran cafés, tenían ahora un tono anaranjado, como las brasas del fogón, seguía sin hablar, gruñía como un animal cuando veía que nos acercábamos, la caverna olía terrible, en el suelo de roca había restos de animales a medio devorar que supuse habían sido cazados por el extraño. La anciana (quien me había pedido decirle madrina) me dijo que el tratamiento casi estaba listo, no explicó más y yo no pregunté, sabía que a su tiempo ella aclararía todas mis dudas.

Una tarde madrina fue a buscarme hasta el pozo en donde me encontraba llenando los cueros de chivo con agua, había en su mirada un brillo enloquecido, una emoción que le restaba años a su rostro, aquella emoción la dotaba de la vitalidad que parecía haberla abandonado hacia años. Me tomó del brazo y me dijo que saldríamos en ese momento; a pesar de que imaginaba que iríamos a ver al hombre de la gruta de ningún modo podía estar preparada para lo que nos encontramos al llegar, mis ojos querían apartarse de esa imagen y sin embargo no podían dejar de mirar.

El hombre, o más bien lo que quedaba de él, estaba tendido en el suelo, al parecer enfermo, deliraba entre sudores y las palabras que salían de su boca eran incomprensibles para mí. Me recosté como me lo indicó mi madrina en un rincón de la caverna, mientras tanto los sonidos que producía el infeliz lentamente cubrían el silencio, me quedé dormida. Cuando desperté, aquello que estaba en el suelo de la caverna no era más un hombre, tenía el cuerpo cubierto de pelo como animal cerrero, estaba inconsciente o dormido, su respiración era profunda y ya no se quejaba. Madrina me tomó del brazo sobresaltándome, me condujo al exterior, apenas amanecía, un cenzontle cantaba y su voz cambiante se disfrazaba de gorrión, de clarín, de urraca. Madrina me explicó que el trabajo estaba terminado.

Los días siguientes el animal que antes fue hombre se dedicó a llevarnos presas que cazaba, rondaba siempre el jacal esperando órdenes de mi madrina quien lo trataba como se trata a un cachorro, como si no fuera una bestia que recordaba a los lobos y osos.
Después de aquello mi aprendizaje comenzó, fui llevaba al monte y atestigüé la transformación de dos mujeres en bestias similares a la criatura en la que se convirtió el hombre. La imagen de las mujeres desnudas retorciéndose en la hojarasca no se fue de mi memoria en muchos días.

El tiempo es caprichoso y en mi juventud apenas un fogonazo, una llamarada en el medio de la noche, aprendí lo que aprendemos las que estamos llamadas a la eternidad, aprendí y fui la mejor, la más grande. Los favores que se me otorgaron ninguna los tuvo antes, ni siquiera mi madrina que sorprendida observaba mis avances; he permanecido aquí desde hace mucho tiempo y de madrugada en los jacales me han nombrado de muchas formas, siempre entre llantos, cuando tomé la vida nueva de sus retoños para alargar la mía.

Han intentado detener mi vuelo es cierto, trataron con fuerza algunos y algunas que pudieron seguirme el rastro, han usado las doce verdades que aprisionan, los rezos que están destinados a matar, las han dicho casi completas pero sus corazones son débiles, yo les puse el miedo dentro, no pudieron atar el cordel, ni pudieron terminar las palabras malditas; saqué sus ojos y sus pechos vacié de vida.

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera, Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

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