Puedes despreciar a las hormigas, esa línea negra que cruza tu casa. Incluso puedes sentirte frustrado cuando los remedios caseros (café, vinagre, agua oxigenada) no surten efecto. Entonces, comienzas a pensar en esas alternativas venenosas, tajantes, para dejarlas de ver.

Una línea de veneno atravesando tu casa, una cerca que les impida llegar al objetivo común, que puede ser un poco de pan viejo, un terrón de azúcar dejado por descuido. Pero, esas hormigas, comunidad, amigas, van por el mismo objetivo, se llaman unas a otras. Una vez que las encuentras y quieres parar su paso, ellas van recogiendo los cuerpos de todas las caídas, difícilmente dejan a alguna detrás. Pero nosotros, a diferencia de ellas, si encontramos un lugar, un pequeño tesoro, no queremos compartirlo, manos codiciosas que lo ocultan, lo alejan de los demás.

No permitimos que conozcan nuestros pasos, por el contrario, lo volvemos un camino secreto de difícil acceso. Dejar a los demás detrás no solo es deseable, es lo mínimo esperable. Somos el veneno de los demás.

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