Estimados lectores, les comparto lo que se ve y hace para proteger a la cultura en Chile, ya hablaremos después lo que se hace en otras partes de Latinoamérica, para terminar con México.
Facilitar el acceso a la lectura a una persona no vidente es un acto ilícito. Al menos así lo establece la legislación nacional, que condena cualquier reproducción de una obra, sin importar que este traspaso desde letra de molde a sistema braille o a audio sea la única posibilidad de acercar a las letras a aquellos que no las pueden ver.
Afortunadamente para los ciegos, la norma no se cumple al pie de la letra y ellos pueden disfrutar estas miles y tal vez decenas de miles de copias “ilegales” en bibliotecas. Sin embargo, esta suerte también acompaña a los numerosos vendedores de música y literatura “pirata” que ofrecen estos productos en mantas en las veredas de casi todas las calles concurridas del país y, por sobre todo, a quienes producen estas mercancías de forma fraudulenta. Ambos extremos de la permisividad de las autoridades obligan a revisar la legislación imperante en materia de propiedad intelectual, partiendo del análisis de cómo proteger a los creadores y titulares de los derechos sobre las obras, garantizando al mismo tiempo el acceso de las personas a la cultura y castigando a quienes infringen la ley. Todo ello cruzado por el diseño de mecanismos que fomenten la diversidad y la producción cultural. La definición de fondo requiere una reflexión y diálogo social que involucre a todas las partes involucradas.

Excepciones necesarias

“El día de mañana podemos tener a alguien demandado por tener una biblioteca para ciegos”, aseguró Alberto Cerda, líder legal de Creative Commons Chile y Director de Estudios de Derechos Digitales, dos asociaciones que promueven la difusión de obras a través de licencias con las cuales los autores ceden parte de sus derechos.
Cerda considera inadmisible que la normativa chilena no contemple excepciones para fines educacionales o para productos que buscan integrar a personas con discapacidad. Explicó que en la legislación internacional los criterios de excepción siguen la “regla de tres pasos”. Es decir, que es posible hacer uso de las obras sin autorización, y eventualmente sin remuneración hacia los creadores.
Esto sería permisible a) en casos especificados en la ley –el traspaso a braille, por ejemplo–; b) en situaciones en que este uso no implique un menoscabo en la explotación normal de la obra, de tener una retribución del autor –reproducir una obra que está fuera de circulación o que no se volverá a imprimir– y c) donde no se perjudiquen intereses legítimos del propio creador.
Explicó que muchas de las tareas de conservación realizadas por la Dibam podrían ser interpretadas como violaciones a la ley. “Necesitamos hacer copias de libros para conservación, digitalizarlos o microfilmarlos. Técnicamente eso es una reproducción, pero no tiene fines comerciales, sino de resguardo de la memoria histórica”, dijo y agregó que los derechos de los autores sobre sus obras y de las personas sobre el acceso a la cultura no pueden entenderse como dos principios enfrentados entre sí. “No es casual que el tema del acceso a la cultura y la propiedad intelectual la reconozca la declaración Universal de DDHH en el mismo artículo”, precisó.
La experiencia europea en la materia puede ser una contribución importante a la discusión, puesto que la directiva 29 sobre Derechos de Autor y Conexos en la Sociedad de la Información, la que “intenta garantizar un acceso más justo, otorgando ciertas excepciones como la ‘copia privada’ o el uso por bibliotecas públicas; y otorga derechos adicionales a los autores, como la ‘presunción de autoría’, lo que permite una acción más eficaz para combatir las copias piratas”, explicó el embajador Plasa.
Ya va siendo hora de que en México tomemos nota de todo esto y empecemos a elaborar una nueva forma de ver, proteger y registrar la cultura en general, que no sea del siglo XVIII. Continuará…

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Asesor especialista en políticas públicas de alta injerencia social, licenciado en derecho por la UNAM, maestro en tecnologías de la información con carácter social, productor y director de cine (cortometrajes y películas independientes) y de televisión (documentales y comerciales). Cambridge English: Proficiency.