Los perros a los que su dueño patea se quedan agazapados en las esquinas, sus ojos encendidos por esa mezcla de odio y terror. Desconfiados y silenciosos. Cuando el dueño cruel se acerca se vuelven sumisos, con las orejas gachas y la cola entre las patas. Cállate, ataca, ladra. Obedecen porque esa misma mano les da la comida y a veces una caricia. Cuando alguien más se acerca, ladran, muestran las fauces, arremeten. Violentos se abalanzan.

Así, como lo hacen esos empleados humillados. Perros atemorizados que no saben, ni siquiera, hablar, ya olvidaron la educación mínima con los subalternos y proveedores.

Así, como los niños que violentan a sus compañeros en el salón. Perros que se lanzan a arrebatar los juguetes.

Así, como políticos rastreros que escalan en la vida pública y dejan a sus votantes como girones de piel.

Perros pateados, todos. De mirada mezclada con odio y terror. No saben más, solo sobrevivir. Son las lecciones del hambre.

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