Más de una vez, antes de concluir su vida por mano propia, Hemingway fue una de las escasas personalidades en el mundo de la literatura que apuntaron hacia la existencia como una forma de conciencia paralela, en el contexto de situaciones límite.
Protagonista de primera mano en la guerra civil española, las revueltas en Cuba, así como en la segunda Guerra Mundial, Hemingway tuvo a bien preguntarse sobre la fragilidad de la existencia, así como la capacidad para salir de ella, incluso en momentos de angustia que bien podían representar el eje de un sujeto, en singular al borde de su propia vida y, casi como regla, toda esa circunstancia se convertiría en el pretexto para huir de la vida, bajo una preocupación cuasi filosófica.
Pese a que El viejo y el mar constituye una de las obras de madurez por la que se le conoce casi en exclusividad, ¿Por quién doblan las campanas?, es una de las mejores muestras de cómo se desarrolla esa sensación de abandono y gradual despedida de la vida, sin que ello se apodere del flujo general de la narración, pese a lo comprometido que se encuentre el personaje.
No obstante, ya maduro y con su prestigio a prueba de dudas, Hemingway, antes de empezar con esa rémora mórbida que no lo abandonaría hasta el final de sus días, escribió el cuento Las nieves del Kilimanjaro, cuyo hilo es por sí solo una constelación de autorreproches y una de las creaciones más honestas de que haya dado cuenta el autor o cualquier otro escritor en el curso de su obra.
Así como en la Carta al padre, Kafka habla de sí en un tono profundamente personal que arrebata cualquier conclusión acerca de su identidad, en Las nieves…, Hemingway se recrimina no haber ascendido a una estatura que lo habría hermanado con la ambición de Thomas Wolfe, voluntariamente seducido por el lujo, los matrimonios convenientes y un trabajo periodístico que por descontado lo consagró entre los autores más relevantes de su época, gracias a que rompía los esquemas predeterminados con una facilidad desconcertante.
Harry, protagonista del cuento, convalece a raíz de una gangrena que bien pudo evitar, producto de un rasguño que no desinfectó y lejos de evitarla, se convierte en el pretexto para permitir que la infección se extienda por su cuerpo, febril y en plena descomposición, dadas las condiciones de su viaje por África, en compañía de su esposa.
A medida que se desarrolla la historia, Harry tropieza con diferentes episodios de su memoria, en los que se recrimina y hace blanco de cuanto preocupaba a Hemingway. Pese a ello, el orgullo es de tal forma incisivo, que prefiere perder la vida a admitir que su situación es producto y obra de sí mismo.
Conforme la muerte reclama su cuerpo, llega el momento en que se entrega al recuerdo de una canción que para él describe el cierre de su circunstancia y lo hermana con la música: “It’s bad for me”.
En una suerte de cierre por demás infeccioso, Porter, con una intervención sencilla apenas de unas cuantas estrofas, es llevado del éxito de Porter, de su miedo a ser asimilado por un Broadway sin otro interés que una música agradable, placentera, hacia un descenso mal calculado del autor, que se encuentra presente en varias de sus composiciones, pese a estar bien instalado en una posición envidiable para numerosos músicos que desde los matices del jazz, no lograron aproximarse ni de broma a los logros de Porter.
Así, sumido en sueños febriles, la autorecriminación, el estado de constante exploración, en esa etapa que se consideraría apenas uno de los momentos más importantes del autor, aunque no su cierre definitivo, se convertirían en la escopeta que explotaría sus municiones en la boca del autor, años después, como la simiente de la actitud beatnik que haría mella en la generación por llegar.

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