Me pregunto de qué voy a escribir hoy. Es una pregunta agradable, pues me permite ejercer mi libertad de expresión de una manera completa y al gusto mío, que espero sea también el suyo.
Hete aquí que el dilema no está en el ejercicio de la libertad de expresar, que esa la tengo afortunadamente, sino en encontrar un asunto a modo que sirva para comunicarnos de forma plena y satisfactoria, es decir, a contentura de partes. Lo cual no es fácil y ni siquiera se aproxima a algo plausible, aunque el resultado sea de una delicadeza suprema.
Entonces, ¿hago como Quevedo y me invento un soneto haciendo el propio soneto o me pongo las pilas del pensamiento y lo estrujo hasta sacar algunas ideas que reconforten generando certidumbres o que, al menos, sean un divertimento que nos haga reír?
Buena la liamos con tantas preguntas, de esas que te pueden llevar a un lado u a otro, aunque sea el contrario del que anhelabas. Pero, es un avance, ¿no? Encontramos un método, el de la mayéutica, que necesita de la colaboración de los interlocutores para encontrar la verdad.
Pasada esta primera indefinición –que trae sus costes en tiempo y en exclusiones de otros menesteres, lo que los economistas llaman costes de oportunidad, es decir, lo que no hacemos porque hacemos otra cosa– pasamos al meollo, centro de toda disputa argumental.
Pues bien, terminado el tramo inicial, en el que el decir no se muestra porque juega al escondiste, hemos encontrado –¡albricias!– un tema digno de tanto esfuerzo: “Las patas de la indecisión”. Y es que como decía mi abuelo sobre la verdad y sus patas, también la indecisión las tiene.
Toca ahora aclarar el asunto o por lo menos poner algo de luz a tan confusa maraña de elementos que lo componen, o sea, las patas que van y vienen complicándolo todo, al punto que conducen a la indecisión.
Por lo tanto, aquélla sería una “no duda”, es decir, caería dentro de la sabiduría; la propia que conduce certeramente a la Verdad con mayúsculas, no a una en minúsculas para salir del paso. Lo trascendente aquí es que debemos evitar a toda costa que en tan espinosa solución –la de la indecisión como certeza– seamos acusados de desatención o, peor aún, de indiferencia.
En este momento se me viene de manera clara y concisa la imagen de la indecisión, pero ésta es contingente y no me da tiempo para que se me quede grabada en la memoria. Es, todavía, la forma efímera del vacío.
Las patas propias de aquélla no me han ayudado lo más mínimo para quedarme con algo de ella que creo importante: las formas reconocibles que servirían para comprenderla algo más, aunque su esencia sea de quimera.
Hay inquietud en todo ello, inquietud que parte de alguna parte profunda y oculta, con tendencias de parsimonia anti-diluviana, cuyo origen se remonta a los tiempos en que las patas de la indecisión eran solo unas vulvas que prometían llevar a un buen lugar. No fue así, las patas al salir de su metamorfosis nos arrojaron al centro mismo de la indecisión.
Se cocieron juntas las indecisiones y las patas y crearon al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza de barro soplado divinamente. Los formatos que surgieron de esa unión fueron la promesa y el deseo.
Algunos consideraron que eso no era posible, que eran sutilezas de personas con demasiado tiempo para pensar. Otros, en cambio, especularon sobre el tema, intentando darle algún sentido, aportar alguna comprensión que no fuera especulativa.
Llegados a este punto el Ser miró sus patas y las vio moverse rumbo al horizonte. La indecisión ya estaba lejos, aunque todavía podía verse, cantaba con buena voz una canción desconocida pero muy bella.

No votes yet.
Please wait...

Comentarios