Vigésima primera parte

Ella bien sabía que en los últimos 400 años la vida del viejo mineral de Pachuca se había desarrollado alrededor y como eje de la fundación y florecimiento de la región argentífera de los cuatro reales mineros. Los últimos días del otoño eran temporadas de magistrales conciertos de gran armonía, fascinante ritmo y melodías esplendidas, los ejecutantes venidos de diferentes partes del país, algunos hasta de “extranjía”, así lo relató la viejilla por los años 60 del siglo pasado merodeando con sus tunantes los Pelones.
Estaban ahí, en el más añejo y virreinal lugar, el centro, en Los Portales de la primigenia plaza virreinal Mayor, plaza Constitución, para deleitarse, en el deslumbrante escenario compuesto por el conjunto arbolado acompañado de enormes palmeras que lució el antiguo bello jardín con don Hidalgo, de uno de los momentos musicales que se daban en dos presentaciones, la mañanera al levante, minutos después de la aurora, la otra al atardecer, al ocaso, antes de que se ocultara el Sol, participaba un inigualable número de aves que llegaban a la vieja plaza y en parvadas ejecutaban conciertos, siendo obras inéditas, efímeras de gustosa duración, ahora extintas al destruirse su escenario.
Dijo la anciana mujer que en los últimos años del siglo XIX y la mitad del siglo XX, todas las clases sociales de este mineral de argento se daban cita en la añeja plaza unos días antes del 16 de diciembre. “Ahí llegaban en busca de lo necesario, lo indispensable, para el inicio de las posadas, andaban entre las muchas vendimias atrayentes y puestos que se ubicaban provisionalmente en los alrededores de la virreinal plaza Mayor y sus portales, y desde la empinada calle de Ocampo hasta la iglesia de doña Asunción”, así lo reseñó ella.
Las familias mineras acudían a las vendimias en la plaza provisional de fin de año, donde con anticipación, desde finales de noviembre, llegaban grandes cargamentos de olorosas naranjas, mandarinas y limas, aromáticos tejocotes, largas cañas de azúcar, guayabas, colaciones, galletas de animalitos por costal, betabel, calabazas, camotes, pasas, cacahuates, nueces, pescado seco salado, tamarindo, jamaica, pocas piñas, costales de henequén repletos de camarón seco, mancuernas de pilón envueltas en hojas de palma, todo en enormes montones, en el piso sobre petates de palma. Veíanse sombreados armados con palos, lonas, manteados. Lucían hermosos cestos, canastos, canastones de raíz o carrizo, lo que más llamó la atención a los intrépidos pelones fueron los elevados cerros; montañas de ollas de barro-zoquitl, casi en crudo, sin grietar, de muchos tamaños, desde las más pequeñas de a centímetro, largas y barrigonas, con orejas y orificios para amarrar el lazo.
En los hogares mineros podía faltar la marranilla, el chínguere, el fuerte de la prodigiosa o cedrón, “pero nunca la rama navideña blanqueada con cal y plantada en un bote o maceta, primorosamente adornada con “pelo de ángel” y su brillante estrella de Belém, la discretísima cena en recuerdo del nacimiento del crucificado, del cordero, del salvador, y gozaban de la piñata convertida en una de las joyas navideñas en los festejos de las cuarterías y vecindarios de la vieja villa”, así lo recordó la viejecilla con voz de mando.
La piñata se preparaba anticipadamente, “después de haber escogido la olla se vestía”, se adornada en la vecindad, en las cuarterías que se convertían en talleres provisionales de confección de coloridas piñatas. Las familias jubilosamente organizadas, recortaban papel de estraza y periódico, lo colocaban en pedazos con engrudo pegajoso fabricado en cazuelas de barro por la madre, después de varias capas se ponía a asolear en el patio de la vecindad, le colocaban más capas y se volvía a asolear hasta quedar lo suficientemente reforzada, dura y secada al Sol para aguantar los fuertes palazos. Luego se pegaban picos pudiendo ser seis, cuatro o siete, elaborados en cartoncillo grueso dejándolos para que secaran durante la noche, al día siguiente se vestía la piñata con alegres y bellamente recortados y enchinados “papeles de china” de color verde, violeta, naranja, amarillo, azul, blanco, negro, rojo y hasta morado. Se terminaba y detallaba con flecos en la punta de los picos del mismo papel de china que combinaba o contrastaba con la vestimenta de la olla convertida en elegante y vistosa piñata, tarea que fue de lo más adorable para la familia, pues en las labores para crear cada una se apiñaba toda la descendencia minera.
La fiesta de las piñatas pasó de ser una tradición religiosa a una totalmente pagana y festiva de completo arraigo en barrios y vecindarios del mineral a finales del siglo XIX y en el XX. Acostumbrábamos, dijo la viejilla por así haberlo vivido, “antes del jolgorio de tronar a palos la piñata, cargábamos a los peregrinos con todos los trastes y vírgenes, sin olvidar al buey de San José y a la mula de María, se juntaban las ancianas rezanderas profesionales y lloradoras descociéndose con interminables rosarios y tarareando algunas letanías en el recorrido de la procesión para pedir posada”. En el paseo lo que más gustaba y tenía carácter festivo para los chamacos fue el escandaloso ruido de los cohetones y cohetes, buscapies, chifladores, palomas, saltapericos, brujas, espantasuegras, hasta matracas, sin olvidar las velas y velitas, veladoras, farolitos y las divertidas luces de bengala.
El cascabel ruega por nosotros. Se cumplen 100 días de puras promesas, impunidad, todo cambió para quedar igual, crece populismo ya en vulgaridad, sin llegar la celebración principal ya se cayó la piñata frente al obelisco que hace de árbol navideño horriblemente rematado con simplona insignia verde, roja, tricolor del gobierno, reflejo de continuidad, oportunismo y gran ignorancia al remplazar la tradicional y brillante estrella de Belém que guía a los sabios Reyes Magos al lugar del nacimiento de Jesús, según lo escribió Mateo.

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