Entre el murmullo del viento en el atardecer, reposaba en su viejo sillón tejiendo su labor y sus pensamientos, gesticulando y hablando para sí, en su afán de explicarse sus tiempos, su entorno. Sabía tanto de la villa minera que, sin que le causara espanto, conocía de aquello de lo que muchos callaban, se persignaban y hasta fingían desconocer, ella distinguía y comprendía como de lo más normal las necesidades de relacionarse y de los ocios, discernía abiertamente sobre las hambres carnales del ser, de las maneras de satisfacerlas y las formas de aprovecharse de ellas por funcionarios que las abordaban, las cobijaban y las prohijaban para allegarse de dineros, arrastrando a la población del mineral a vicios, desenfrenos, dispendios y grandes riesgos.
La abuela se revolvía, removía y devolvía en sus piensos en un instante, empecinada en averiguar, curiosa, preguntona incansable, su sed de entenderse la orillaba a husmear en el pasado del mineral de argento teniendo repetidamente como núcleo la plaza Real, plaza Principal, plaza Constitución, calles y callejones lindantes. Siempre recordando que ahí se vivieron desde su origen todo tipo de manifestaciones religiosas, protestas mineras, alegrías, tristezas y llantos por las desgracias en los tiros y socavones, manifestaciones políticas en palacio de gobierno en el edificio Lambert 1887-1943, vendimias y celebraciones populares conocidas por todos aceptadas y justificadas, hasta festejos de los diablos y santos de la trinca infernal de los Craviotos aprovechando inauguraciones de beneficio público.
Ella se preguntaba ¿por qué no habría de vivirse y saberse eso de lo que nada más murmuraban?, de vicios del mineral, de enborrachaderos, empulcaderos, de la prostitución, los bailes de los cabarets, ávida de conocer más acuciosa que la frialdad oficial de vividores escribidores en alago a quienes les pagan con dinero, puestos o favores.
Por las tardes al amparo del ocaso, en aquellos callejones empedrados llenos de tierra al oriente de los portales, de la casa de gobierno, por la parte posterior de la casona de los Rules, a esas horas lugares muy poco transitados, oscuros, sitios favoritos de empulcados, vestidos de manta y guarache con sombrero de panza de burro, de mujeres embozadas con raídos y descoloridos rebozos, en enaguas amplias para un encuentro “de priesa”, para cometer “sus torpezas”, “sus cochinadas”, era el nombre que le daban mochos y persignados de la Nueva España al libido, libídine, al celo, al sexo.
La viejilla con mueca alarmada y en tono alborozado contó que durante el Porfiriato inició la batalla por desterrar de las clases más jodidas la afición y vicio por ingerir hasta embrutecerse el apestoso y baboso pulque, práctica a nivel popular originada durante el Virreinato, en el siglo XVIII, en mujeres y hombres adultos, siendo lo más reprobable que por ignorancia y escasa cultura de la población se le destetaba a los niños de brazos con la maloliente bebida producto del maguey, iniciándose su consumo a corta edad, ingesta que se convirtió en problema de salud, incluso social, del primer tercio del siglo XX.
El “desarrollo y auge del país” en tiempos de don Porfis llega a las principales poblaciones a finales del siglo XIX y primeros años del siglo XX movido por el ferrocarril; con ellos el establecimiento de las fabricas de hielo, hieleras o enfriadores que permiten un verdadero apogeo de la producción, distribución y consumo de cerveza, creciendo de manera exponencial después de la guerra civil en el país, mal llamada Revolución.
Sumándose al ya latente problema de embriagues social. Aficionados a embrutecerse con el apestoso y espumoso pulque llegando a tener un alto grado de imbecilidad, entorpecimiento, parasitosis, amibiasis, diarreas o chorrillos, formando una verdadera epidemia que padecía la población aficionada al néctar del maguey. Alarmadas las autoridades inician campañas en contra de la venta y consumo de pulque en lugares improvisados, clandestinos, en plazas, plazuelas, calles, callejones, limitando su venta y consumo a las pulcatas por la década de 1920.
En esa transición, en el mineral de Pachuca en el segundo tercio del siglo XX, algunas amplias fincas a unos metros de la magnifíca y hermosa casona de los Rules en la vieja plaza de la Santa Veracruz, tuvieron un cambio repentino de vocación “…era una no me olvides convertido en flor, era un día nublado que olvidara el Sol, azul como ojera de mujer, como un listón azul, azul de amanecer…” en las calles de Morelos, Aldama, Mina y Niño Perdido, en pocos años se vio un inusitado e importante ajetreo con la entrada y salida de caballeros, lo sospechoso dijo la viejilla que ahí nada más habitaban puras mujeres muy pintarrajeadas, emperifolladas, ensombreradas, con altas zapatillas de ante, presumiendo el dedo gordo del pie “…porque dejas la huella insensata del primer olvido, porque así como te he querido no querré jamás…”, con hermosas medias de “seda” luciendo fina costura en la parte posterior que resaltaba sus curvosos muslos. Lugares que fueron conocidos como El Río Rosa, El Pulman y la famosa Casa de doña Zara Zamora; “…en la eterna noche de mi desconsuelo tú has sido la estrella que alumbró mi cielo y yo he adivinado tu rara hermosura, has iluminado toda mi negrura…” donde por las tardes, noches y madrugadas se escuchaban danzones, fina música tocada en piano “…dame un poquito de tu amor siquiera, dame un poquito de tu amor nomás, dale a mi boca la ilusión primera con ese beso que nunca olvidarás…”.
El cascabel al gato aúlla. Se sabe que la designación del titular de la nueva Secretaría de Cultura en el estado, ha animado a vividores de comodatos, presupuestos y prostitutos del sistema que se candidatean unos a otros, ¡total, a ver si pega!

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