Estamos en una nueva era, la de la realidad virtual, y a la vez somos, casi, como los cavernícolas que comenzaron a sobrevivir por instinto matándose, cazando y, al quererse comunicar, arrojando piedras o por medio de dibujos –malhechos– en la tierra con una vara del árbol. La comunicación en red ha permitido acceder en forma instantánea a numerosas fuentes informativas, beneficio decisivo para sociedades autoritarias o periféricas. Sin embargo, también ha traído conductas que rompen el trato cívico. Esto se vuelve más crudo aún cuando ese sistema sirve para comunicar antes de que el usuario pueda repensar o recapacitar. Miles de millones de personas se han y se siguen llenando de las llamadas redes sociales y viceversa, nada parece ser tan importante en este circo, que es lo que parece ser el mundo de hoy, nada tanto como lograr ser famoso o al menos conocido entre algunos. En la época de la autoficción destinada a la microscópica labor de indicar hasta los más pequeños detalles, las redes parecen ser perfectas –parecen–. Mandamos fotos, videos, etcétera, a Facebook como si nuestra familia y núcleo de amistades no entendieran que le damos más valor a compartirlo con ellos y que las redes sí. Estamos al revés ¿verdad? El secreto, la ambigüedad, la discreción, el recato, el lenguaje corporal, facial, etcétera, esenciales para la comunicación, ahora son sustituidas por la crudeza y el grosero anonimato de la presunciosa transparencia, pero que jamás lo es más que la comunicación cara a cara. Ya lo dicen expertos que le llaman “una igualdad opaca”, que es sobre la que vamos rodando y falsamente seguiremos andando.
Utilizar “seguidores” en lugar de adeptos es muy truculento y sesgado. Mientras más chismosos tengamos de lo que decimos pareciera que ejercemos poder sobre ellos y eso empodera falsamente a las personas, pero los atrae Twitter, que te da las opciones de poner otras formas de seguir a otro pero que son falsas. Los trolls, los robots y la estupidez humana crean un torrente que hierve sin objeto aparente, provocado por el deseo de sumarse a un capitalismo que nos digitalizó y más que cosificarnos nos ha convertido, ahora sí, verdaderamente en números, pero además solo en dos: el uno y el cero. En esta era virtual, la vida real, la realidad ha quedado aún más lejos. Volcados en las pantallas, los seres humanos lo hacen como si eso, y solo eso, fuese lo que les hiciese sentir que existen. Atontados ante lo digital se integran a la red donde todos se miran a sí mismos, donde se juzgan a sí mismos, pero sin base clara o científica, nos vamos a deshacer, solitos. Habrá que verse más cara a cara y mucho menos, ¡ya!, como pescados en las redes.

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