Stephen Hawking (Oxford 1942-Cambridge 2018) ocupó la cátedra Lucasiana de Matemáticas que en otro tiempo ostentó Newton en la Universidad de Cambridge. Reconocido universalmente como uno de los más grandes físicos teóricos del mundo, escribió, pese a sus limitaciones físicas, docenas de artículos que suponen en conjunto una aportación a la ciencia que aún no somos capaces de evaluar adecuadamente.

Esa sería supuestamente la explicación más congruente de quien suscribió el libro Breves respuestas a las grandes preguntas.

Habría que apuntar que si bien las interrogantes son breves, las contestaciones no lo son tanto, por la naturaleza y preparación de ese científico.

Empero, su forma de escribir es clara, entendible, acorde con su sensibilidad y todo lo que enfrentó en sus últimos años por un padecimiento que prácticamente lo inmovilizó.

Hay una introducción del profesor Kip S Thorne, quien cuenta cómo conoció a Stephen y quedó impresionado por sus disertaciones.

Fue en julio de1965, en Londres Inglaterra, en una conferencia sobre relatividad y gravitación.

“Había un rumor de que Hawking había ideado un argumento muy convincente de que nuestro universo tenía que haber comenzado hace un tiempo finito. No podía ser infinitamente viejo”.

“Caminaba con un bastón y su dicción era ligeramente inarticulada, pero por lo demás manifestaba signos muy tenues de la enfermedad motora neuronal que le habían diagnosticado un par de años antes.

Salí de la conferencia tremendamente impresionado, no solo por sus argumentos y su conclusión sino, todavía más importante, por su perspectiva y su creatividad”.

Adelante, el físico explica por qué debemos hacernos las grandes preguntas. Y justifica: “La gente siempre ha querido respuestas a las grandes preguntas. ¿De dónde venimos? ¿Cómo comenzó el universo? ¿Qué sentido y que intencionalidad hay tras todo esto? ¿Hay alguien ahí afuera?”

“Las antiguas narraciones sobre la creación nos parecen ahora menos relevantes y creíbles. Han sido reemplazadas por una variedad de lo que solo se pueden considerar supersticiones, que van desde el new age hasta “Star trek”. Pero la ciencia real puede ser mucho más extraña, y mucho más satisfactoria, que la ciencia ficción
Soy un científico. Y un científico con una profunda fascinación por la física, la cosmología, el universo y el futuro de la humanidad.”

Y a manera de explicación, apunta: “Nací exactamente trescientos años después de la muerte de Galileo y me gustaría creer que esa coincidencia ha influido en cómo ha sido mi vida científica. Sin embargo, estimo que otros 200 mil bebés nacieron aquel mismo día. No sé si alguno de ellos se interesó posteriormente por la astronomía”.

Es interesante el punto de vista de su hija Lucy: “Mi padre jamás se rindió, jamás se escabulló de la lucha. A los 75 años, completamente paralizado y capaz de mover tan solo unos pocos músculos faciales, todavía se levantaba cada día e iba a trabajar. Tenía talla para hacerlo y no habría permitido que unas pocas trivialidades se interpusieran en su camino”.

Y esas son algunas de las preguntas que le llegaron a formular: ¿Hay un Dios? ¿Cómo empezó todo? ¿Hay más vida inteligente en el universo? ¿Podemos predecir el futuro? ¿Qué hay dentro de un agujero negro? ¿Es posible viajar en el tiempo? ¿Sobreviviremos en la Tierra? ¿Deberíamos colonizar el espacio? ¿Nos sobrepasará la inteligencia artificial? ¿Cómo damos forma al futuro?

A todas les encuentra respuesta, amplia, y desde su siempre habitual forma de conducirse, sin reñir y con lo que para él era una inamovible objetividad.

De Ediciones Culturales Paidós, SA de CV, la primera edición impresa en México es de noviembre de 2018.

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