Esa tarde, casi noche de verano en la segunda mitad del siglo XX, custodiada por sus pelones, chamacos ansiosos por imitarla en su sed de conocer los orígenes de la vieja Real villa minera de Pachuca moviendo hasta las piedras, después de recorrer el perímetro de la primigenia plaza Real-Mayor-de Mercaderes-Constitución de Cádiz de 1812, la abuela como alienada orejeaba y miraba todo al mismo tiempo, algunas veces al verdaderamente hermoso y artístico quiosco de las músicas de la tercera década, otras a la arquería del portal al poniente de la plaza. Acercándose a éste murmuro “los arcos y su portal son y fueron un agradable refugio para guarecerse del candente Sol de primavera o verano, calores que calan más en las mañanas y medio día, igualmente protegen de los vientos y fríos del otoño-invierno venidos del norte de la villa, así como briznas y lloviznas.
El antiguo portal se compone de tres fincas de diferentes épocas del siglo XVIII y XIX, en total 21 curvaturas y dos palomillas, éstas sostienen el arranque del arco saliente en el muro esculpidos en piedras de Tezoantla con capitel y moldura. La vieja citando a Vitruvio en los diálogos de 1554 siglo XVI del doctor Francisco Cervantes de Salazar recordó, “las columnas son redondas porque no se recomienda, como en los clásicos griegos, mucho las cuadradas y menos si son estriadas y aisladas”.
Esa arcada es parte de las señas de la ciudad minera que nos hacen recordar a nuestros antiguos, nos dan a saber lo pasado, lo añejo, nos permiten no olvidar, soñar e imaginar lo que existió en la vieja villa, esas señas esconden un pasado con memoria, con miradas de restos artísticos, son marcas, pisadas que nos presumen nuestra herencia, nos platican un pasado de argento, nos enseñan nuestro origen, lo suponen todo, están escritas en calles, callejas, plazuelas y plazas, en sus piedras labradas, en las cornisas de lo que queda, en las rejas de los fierros de las ventanas, en las apolilladas y destartaladas puertas, en los escasos enlosados escalones, banquetas y pisos de piedra tallada.
La abuela, que sí era de estirpe de sangre minera de ascendencia indígena, ella sin estudio alguno con muchos destellos de inteligencia, de cavilosa, muy entendida por lo aprendido y oído de sus viejos, calificada en veces como “mujer casi de razón”, todos dándole el titulo de “doña” señora preocupada y librepensadora con muchos conocimientos orales de sus antepasados, con propiedad y manejo de papeles, viejos libros parroquiales, periódicos, legajos, mapas y planos mineros de los primeros tiempos de la dominación española, era hábil encontrando pistas, marcas, cicatrices, estrías, señas del pasado de la villa.
En sus pesquisas escudriñando como majareta, casi a gritos con sus manos totalmente al aire sentenció “la lonja de arcos de cantería, los ocho de la parte central de las tres secciones que miran a la salida al Sol, al levante, es la parte central de la plaza de Mercaderes, con sus corredores o pasillos de no más de siete varas de ancho las columnas redondas que en sus basas y capiteles son de piedra blanca del Mineral del Monte, quizá las más antigüillas” así lo afirmó “vienen desde el siglo XVIII”.
Pensativa gruñía “es una verdadera lástima que de las primeras fincas de este real minero del siglo XVI y XVII no quede nada, ‘junto con el primigenio plano o traza de la plaza Mayor’” con la pequeña villa de real de minas de Pachuca, donde el designado por el virrey de la Nueva España, el alcalde mayor, señaló calles al perímetro de la plaza Real con algunos solares donde los mineros gachupines desplantaron sus habitaciones y los diferentes comercios. A cada peninsular de importancia le tocó un espacio donde levantar casa con aspecto y solides de una fortificación, altos muros de cal y canto o adobes con pocas ventanas al exterior, en el interior amplios patios soleados con plantas y árboles de imitación andaluza, incluían cuarterías para los sirvientes indígenas y esclavos traídos por los encomenderos, estas fincas tuvieron azoteas altas, planas de gruesas viguerías, tablados terrados y enladrillados de petatillo para conducir a la calle las aguas llovedizas por caños de metal, barro o piedra labrada como gárgolas.
Fuera de sí por los recuerdos, casi al límite de la exaltación se dijo “no, no lo puedo comprobar pero lo siento, lo creo, lo sé por lo nombrado por los abuelos, aquí en la villa de argento sucedió algo parecido a lo de la capital virreinal de la Nueva España que con acta de cabildo de 1524 se permitió que se construyeran portales para la sede del alcalde mayor, el de justicias, para el administrador de la plata del diezmo y de la plata quintada, para el alférez real, la del ayuntamiento o cabildo, para el oidor y juez de audiencias. Esas seguramente estuvieron ubicadas en los primeros ocho arcos; sección central de los portales de la alhóndiga. Esas actas de cabildo igualmente autorizaban que se construyeran soportales que no era otra cosa que el lugar sobre el pasillo del portal para habitaciones de los gachupines importantes “para esos que si son de teta y nalga”, asilos refería ella.
El cascabel al gato hasta chifla, y no de burla, por los malos trabajos en la plaza Indecencia, a casi cuatro meses de la inauguración el gendarme de la plaza que dijo estaría al pendiente ha callado, igualmente los comités que él señaló el 30 de junio de 2015 como “grupos que se creen dueños de la plaza y no lo son”. Ese que se dice destacado conocedor, experto en la historia de la plaza, bromista del centro se comprometió a vigilar la “calidad de la obra y defectos”, 14 de abril 2016. Ya el piso de la plaza está dañado, ¿será piso de plaza o de centro comercial?, la viejecilla condenaría “el buey solo, bien se lame”.

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