Los nombres de María Callas, Coco Chanel, Wallis Simpson, Eva Perón, Bárbara Hutton, Audrey Hepburn y Jackie Kennedy ocuparon durante décadas las páginas de las revistas. Gracias a su talento, belleza y personalidad se convirtieron en auténticas mitos del siglo XX. Famosas, ricas y atractivas, parecían perfectas a los ojos del mundo.

Pero en realidad estas rutilantes divas fueron personas solitarias, acomplejadas con su físico y celosas de su intimidad que detestaban ser tratadas como estrellas. Este es el compendio del libro Divas rebeldes, de Cristina Morató.

La autora, nacida en Barcelona (1961), estudió periodismo y fotografía. Desde muy joven ha recorrido el mundo como reportera, realizando numerosos artículos, así como historias especiales. Entre sus obras se cuentan: Viajeras intrépidas y aventureras (2001), Las reinas de África (2003), Las damas de oriente (2005).

Es miembro fundador y vicepresidenta de la Sociedad Geográfica Española y pertenece a la Royal Geographic Society de Londres.

Las siete mujeres, auténticas leyendas, comparten dolorosas heridas que nunca llegaron a cicatrizar: la falta de cariño o el abandono de sus padres, las secuelas de la guerra, el dolor por la pérdida de sus hijos o los traumáticos divorcios.

Y Morató también cita: “Habrá las luces y las sombras de mujeres rebeldes e inconformistas que siguen cautivándonos porque demuestran que los cuentos de hadas existen. Aunque no siempre tengan un final feliz”.

Inicia con María Callas: morir por amor. Ella declaró: “Soy muy tímida. Nunca me atrevo a mostrar lo que siento por la gente. Me toman por una diva orgullosa e indiferente. Y entonces me encierro más en mí misma”.

Corría 1968 y la famosa soprano asistía impotente al fin de su sonado romance con el único hombre al que había amado de verdad: Aristóteles Onassis. Después, triste y amargada negociaba su boda con Jackie Kennedy, la viuda del presidente estadunidense.

Luego, fue el turno de Coco Chanel: el triunfo de la voluntad. Manifestó:” La soledad ha formado mi carácter, que es malo, endurecido mi corazón, que es orgulloso, y mi cuerpo, que es resistente”.

Apuntó que resulta extraordinario que la creadora del glamour fuera en realidad una muchacha de origen humilde educada en un orfanato por unas monjas que le enseñaron a coser. Y, sin embargo, Coco no habría sido la misma si su infancia hubiera sido otra. “Me he permitido el lujo de dar aspecto de pobre a aristócratas y multimillonarias”, referiría con su habitual ironía.

Sigue Wallis Simpson: la reina sin corona. Breves sus palabras: “No tienen ni idea de lo difícil y agotador que es representar toda una vida un gran amor”.

Wallis Simpson se convirtió en leyenda cuando su amante, el rey Eduardo VIII, decidió renunciar por ella al trono de un imperio, cuyos dominios llegaban hasta la India. La prensa estadunidense y hasta el primer ministro Winston Churchill definieron su historia como “el idilio del siglo”.

Eva Perón: entre el poder y la gloria. Con firmeza: “Creo en Dios y lo adoro, y creo en Perón y lo adoro. Dios me dio la vida un día. Perón me la da todos los días”.

Su única y gran ambición era que el nombre de Evita figurara en la historia de Argentina. Nunca imaginó, ni en sus sueños adolescentes, que este diminutivo con el que el pueblo la llamaba la convertiría en un mito universal.

Bárbara Hutton: la heredera de la triste mirada. Se reconocía a sí misma: “Nadie me amará nunca. Por mi dinero sí, pero no por mí misma. Estoy condenada a la soledad”.

A medida que cumplía años descubriría que el dinero que heredó de su abuelo, el magnate de los almacenes Woolworth, era una maldición. Nunca conseguiría ser feliz ni ser realmente amada, los que se acercaban a ella lo hacían atraídos por su riqueza y su extremada generosidad. Bárbara lo sabía y llenó su soledad con una larga lista de maridos, fabulosas joyas, mansiones de ensueño y viajes al alrededor del mundo.

Audrey Hepburn: fiel a sí misma. No se explicaba su éxito: “Llegué a esta profesión por casualidad. Era una desconocida, insegura, inexperta y flacucha. Trabajé muy duro, eso lo reconozco, pero sigo sin entender cómo pasó todo”.

Resultó sorprendente que aquella niña larguirucha y escuálida, de cejas pobladas y enormes ojos, marcada por el hambre y las privaciones de la guerra, acabara convertida en un mito del celuloide. Conseguiría a sus 24 años lo que otras veteranas actrices no obtendrían.

Jackie Kennedy: una mujer herida. Figura reconocida: “Tengo la impresión de que me he convertido en propiedad pública. Es terrible perder el anonimato a los 31 años”.

Su esposo John Fitzgerald Kennedy abatido durante una visita a Dallas (Texas) le marcó un antes de felicidad y un después no tan agradable. Su consuelo fueron sus dos hijos, Caroline y el pequeño John Jr, a los que protegería como una leona del acoso de la prensa y los escándalos que salpicaron a la familia.

De Penguin Random House Grupo Editorial, la primera edición en México fue en enero 2015 y la quinta reimpresión en junio 2019.

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