*Apuñaló a Josefina… y hoy, a Anaya
*Priista por conveniencia

La renuncia de Gabriela Cuevas al PAN y su abierto apoyo a López Obrador, ni debe ni tiene por qué ser un escándalo. Se enmarca dentro de las libertades de todo ser humano –político o no político– para profesar una religión, irle a un equipo de futbol o militar en el partido político que se le antoje. Las libertades individuales son intocables.
Cierto: hasta hace un mes, era inimaginable que Cuevas –sí, la misma que le pagó la fianza a AMLO para que no fuera arrestado en 2005 por desacato a la autoridad tras el conflicto con el predio El Encino, a fin de no victimizarlo, en una maniobra política panista tan astuta como mediática–, hoy declare abiertamente su apoyo a su ayer rival político. A final de cuentas, la política es el arte de tragar sapos y conciliar intereses.
Tan inimaginable también, hasta hace poco tiempo, como que Ricardo Anaya fuera candidato presidencial… ¡del PRD!
Tan inimaginable, como que Acción Nacional respaldara política y electoralmente… ¡a la izquierda capitalina amarilla!
Tan inimaginable, cuando Cuauhtémoc Blanco –sí, el emblema del América, estupendo futbolista y que seguramente ha metido más goles que libros leídos– esté a un tris de ser candidato de Morena a la gubernatura de Morelos.
Y no tan inimaginable –a final de cuentas, Javier Lozano siempre ha sido priista por formación, entraña, mañas y corazón–, que el expanista-calderonista hoy sea la lengua de José Antonio Meade, enemigo de su antes aliado Moreno Valle, y que, indignado por no ser el candidato del PAN a la gubernatura de Puebla, hoy la busque por el PRI.
La política mexicana. Una cosa de locos.
Pero más allá de libertades individuales y decisiones personales, en la coyuntura asoma la cabeza ese guanajuatense que habla más rápido de lo que piensa pero que, sobre todo, hoy se pretende erigir en el gurú del panismo, opinando, revelando y regañando a quien se deje.
Sí, nos referimos a ese alto vacío de la política llamado Vicente Fox.
Porque lo peor no es que Fox regañe vía Twitter a Gabriela Cuevas, diciéndole: “Qua (sic) mal te ves Gaby. Que diran (recontrasic) nuestros fundadores: Unas Morenas y otros Amarillos. Tal para cual. Este país ha sido exitosamente conducido por auténticos Azules y Rojos de cara limpia”.
No extraña, por supuesto, la pésima ortografía y atropellada sintaxis del expresidente inculto. Estamos acostumbrados –ojalá no sea una constante sexenal–, a ser gobernados por paletos que solamente han abierto páginas cuando se trata del Libro Vaquero o de la revista Hola!
Pero lo que sí es cuestionable, es que Vicente Fox, el expresidente de México que de la esperanza despertada propinó frustración a millones de mexicanos, tenga amnesia y de manera cínica pretenda mostrarse como un panista puro y congruente, de cara a la elección presidencial de 2018.
Fox, sin mayores rodeos, es un traidor al PAN.

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“Debemos cerrar filas con el puntero (Peña Nieto)”, declaró, en junio de 2012, Vicente Fox.
En ese mes y año, Fox pertenecía, como hasta ahora, al PAN. Hasta donde es público, ni pidió licencia ni estaba separado de los ideales blanquiazules. Era expresidente de la República panista, militante panista y un activo político panista.
Y ese panista ilustre estaba llamando a votar por el priista Enrique Peña Nieto.
Eso fue en 2012. Vayamos al 2017:
11 de diciembre: se reúnen, y así lo difunden, José Antonio Meade, candidato del PRI a la presidencia, y el panista Fox.
Al día siguiente, Fox se pronuncia por respaldar a Meade porque, según el guanajuatense, “Meade va a arreglar las cosas que están descompuestas y va a tender puentes para gobernar”.
Hasta la hora de entrega de esta columna, Ricardo Anaya continuaba siendo el precandidato del PAN a la presidencia. Luego entonces, según lo marca la lealtad, la lógica o el sentido común, el expresidente panista debería apoyar al que busca llegar a Los Pinos por el partido azul.
Pero con Fox no es así.
Fox en 2012 apoyó a Peña Nieto y le clavó la puñalada en la espalda a Josefina Vázquez Mota.
Fox en 2017 repite la deslealtad, respaldando a Meade y apuñalando, ahora, a Anaya.
¿Cómo se llama eso?
Traición.
¿Y quién hace acto de traición?
Los traidores.
Y Fox ha traicionado al PAN y a sus candidatos a la presidencia de la República.
Fox, traidor. Sin duda.

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Vicente Fox traicionó, primero, a México, porque en lugar de desmontar al corrupto, antidemocrático y opaco sistema priista, se montó en él, le sacó jugo, lo dejó intacto y permitió que el llamado “gobierno del cambio” se convirtiera en una pantomima gobernada por una pareja presidencial más parecida a Ferdinand e Imelda Marcos, que al matrimonio Clinton. Del grito popular entusiasta frente al Ángel de la Independencia de “no nos falles… no nos falles” y la promesa foxista de no fallar, solamente quedaron anécdotas y promesas.
Doce años después llegó la segunda traición de Fox, apuñalando a Vázquez Mota y pidiendo votar por Peña Nieto.
Y la tercera traición se dio apenas hace poco más de un mes, cuando Fox levantó por anticipado la mano del candidato priista Meade y lo declaró su favorito, escupiéndole por la espalda a Anaya.
Pero la suerte del traidor también se acaba. Tarde o temprano se cometen errores graves.
Y Fox parece haber perdido cualquier asomo de prudencia –pedirle inteligencia sería un abuso de nuestra parte–, al apostarle todo al candidato del PRI porque si, como todo lo indica, la pelea será entre AMLO y Anaya, con cualquiera de los dos, Fox y la señora Martha seguramente pasarán muy malos ratos durante el próximo sexenio.
Así, la suerte del traidor Vicente Fox, parece estar echada.

TW: @_martinmoreno
FB: /Martin Moreno

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