Las universidades han pervivido a pesar de imperios, repúblicas, gobiernos y guerras, porque han logrado convertirse en parte esencial de toda sociedad que han evolucionado y llevado hacia la modernidad a pesar de sus gobiernos.

En efecto, a lo largo de la historia, y desde los remotos tiempos medievales, las universidades son esenciales para la humanidad por sus beneficios concretos al ser humano y que han tenido que protegerse frente a las indebidas intervenciones del poder, para defender su autonomía del gobierno en pro de la libertad académica de sus miembros, la autorregulación de sus asuntos institucionales y su derecho a recibir recursos públicos que las universidades devuelven con creces a la sociedad en forma de bienes públicos en beneficio de las personas y la sociedad en general. Por ello, las universidades han tenido que soslayar la voluntad de monarcas caprichosos, violentos, convivir con regímenes despóticos, políticas mal concebidas y aplicadas arbitrariamente, aniquilamiento por iletrados, y soportar ciclos de extrema pobreza entre otros avatares.

Muchos de los factores mencionados perviven en estados arcaicos y en países en vías de desarrollo. En cambio, en los estados modernos tienen verdadera representación ciudadana con capacidad de decidir e implementar políticas en pro de sus sociedades y apoyar la autonomía de sus universidades, quienes tienen la potestad de sus organización académica y sus autorregulación. Esas autenticas democracias han establecido derechos y responsabilidades reciprocas con estatutos de fortalecimiento de su autonomía con amplia libertad académica y compromisos de servicio público.

Por otro lado, en nuestro estado de Hidalgo la educación superior atraviesa momentos complejos. Por un lado, se ha convertido nuestra máxima casa de estudios de la entidad, la UAEH, en referente nacional e internacional con altos estándares académicos, como lo demuestra la renovación en el ranking internacional Times Higher Education (THE), uno de los organismos internacionales más prestigiosos; por lo que miles de familias hidalguenses envían a sus hijos a sus Campus que de otra manera no podrían seguir sus estudios, y formarse con profesores universitarios e investigadores del más alto nivel, y en donde se desarrollan actividades benéficas en pro de nuestra sociedad. Y por otro lado, los desafortunados ataques hacia su autonomía, y a eso se suma, como publicó recientemente Libre por convicción Independiente de Hidalgo lo señalado por Omar Fayad quien se refiere a que los universitarios son porros. Esa declaración, desafortunada por decir lo menos, debe poner a la sociedad en alerta, porque no es rol del Estado denostar a sus instituciones educativas, y, en tanto, el Estado debe de resolver los graves problemas que nos aquejan como hidalguenses y nuestras necesidades. Sin embargo, dista mucho de decir, y más aún que sea el propio Estado quien etiquete a los miles de estudiantes y trabajadores desde su muy particular visión.

Por lo que una vez más, como en otros momentos de su historia, la universidad tendrá que sortear, acompañada como siempre del clamor de la sociedad siempre solidaria con ella, las turbulencias del entorno en que se desenvuelve y convivir con una mala política y posiblemente postergar algunos proyectos fundamentales para el bienestar de la sociedad hidalguense.

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