Un sociólogo y economista inglés de principios del siglo XX escribió que el concepto de “clase dominante”, en sentido lato pero rigurosamente científico, comprende tres sectores fundamentales: a) el sector dueño de los grandes capitales bancarios, industriales y comerciantes; b) el sector que ejerce el poder político, cuyo núcleo principal es el aparato del gobierno, y c) el ejército ideológico, que comprende la mayoría de los órganos informativos más influyentes, la mayoría de las grandes empresas editoriales y el numeroso equipo de intelectuales especialistas en las distintas disciplinas del saber humano y que son, precisamente, los que tienen directamente a su servicio a los grandes medios masivos de difusión e información y a las editoriales más prestigiosas para publicar sus opiniones, sus investigaciones o lo que les venga en gana, con lo cual alcanzan una penetración y un dominio casi absoluto sobre las mentes de todos los ciudadanos y los pone en condiciones de orientarlos y manipularlos en el sentido que más convenga a los intereses de los otros dos sectores.
Ahora bien, cuando una clase dominante entra en su fase de decadencia irreversible (e incluso antes de que esto se materialice, a manera de síntoma premonitorio), el primer sector que registra y manifiesta los síntomas del fenómeno es, justamente, el ejército intelectual. Su enfermedad terminal se sintetiza en la pérdida cada vez más pronunciada y extendida de su capacidad para hacer verdadera ciencia, para estudiar la realidad material y social como un proceso, como algo interconectado con el todo y en continua transformación, para estudiar cada fenómeno de un modo profundo, completo y multilateral o, para decirlo con el término técnico acuñado por la filosofía, de un modo concreto, y se va convirtiendo ante nuestros ojos en simple apologista del modelo, al que dedica toda su inteligencia y capacidad para maquillarlo y ocultar los estragos del tiempo, las manifestaciones más repugnantes de su obsolescencia y decrepitud irreversibles. Este tránsito de la ciencia a la vil apologética se integra por varios factores, algunos de los cuales, los más relevantes a mi juicio, son:
a) Una conformación mental que la capacita para admitir, al mismo tiempo y sin ningún sentimiento de culpa, ideas y conceptos que se contradicen frontalmente entre sí como indudablemente ciertos y válidos simultáneamente, y defenderlos con tal aplomo que engañan a los menos avisados en tales falacias.
El economista antes aludido lo dice así: “Como no se nos pide que expliquemos de modo claro y coherente […] las medidas políticas de escasa calidad y de cortos vuelos que aplicamos […], hemos perdido […] el hábito de pensar coherentemente o, para decirlo de manera inversa, hemos ido creándonos una extraña y peligrosa capacidad de albergar ideas y motivaciones incompatibles y, con frecuencia contradictorias”.
b) La casi ninguna importancia que concede a los hechos reales, a los hechos realmente acaecidos en el mundo material; de ahí procede la pérdida de capacidad para estudiarlos de modo concreto. El apologista se satisface con ideas vagas y confusas sobre aquello de lo que habla y, en el mejor de los casos, acepta como argumento de buena ley la información recibida de otros apologistas o de gente poco calificada para opinar sobre el problema en cuestión.
Otra vez el economista mencionado: “Estas difusas y apresuradas nociones no son nunca moderadas mediante el estudio detallado de los hechos y de las cifras. Su única base real suelen ser los comentarios o afirmaciones de algún amigo…”
c) Los apologistas desprecian el lenguaje usado por la gente común, e incluso el lenguaje exacto de su propia ciencia, debido a que este lenguaje es poco útil (e incluso estorba) para enmascarar y maquillar la realidad. Por ello, crean su propio vocabulario en el cual las palabras pierden su verdadero significado original para pasar a significar lo opuesto a dicho significado. “Revoluciones de colores”, “Primavera árabe”, “Misión civilizadora”, “expansión de los regímenes libres y democráticos” son algunos ejemplos actuales de la prostitución del lenguaje humano para ocultar las sangrientas guerras de agresión del imperialismo.
El destacado escritor inglés John Ruskin escribió al respecto: “Hay a nuestro alrededor palabras enmascaradas que nos zumban en los oídos monótonamente y que nos acechan ahora mismo, en Europa, que nadie entiende pero que todo el mundo usa […] Nunca hubo animales de presa tan dañinos ni diplomáticos tan astutos, ni venenos tan mortales como estas palabras enmascaradas”.
d) La arrogancia y el desdén (real o fingido) del apologista hacia la persona, doctrina u objeto al que dirige sus ataques, lo que sumado a todo lo anterior, determina su ignorancia casi absoluta de cuanto concierne a su “enemigo”. Esto no le impide, sin embargo, ponerse a despotricar en su contra como si fuera un verdadero experto en el tema.
El filósofo húngaro Georg Lukács escribió, hablando de la decadencia de los filósofos más representativos de la burguesía europea: “… al cesar las grandes luchas de tendencias en torno a principios en el seno de la burguesía, va decayendo y cesa también el conocimiento de la materia por parte de los filósofos burgueses. Schelling, Kierkegaard o Trendelenburg conocían todavía al dedillo la filosofía hegeliana.
“Schopenhauer, en cambio, también en esto precursor de la decadencia burguesa, critica a Hegel sin conocerlo siquiera de un modo superficial. Todo parece lícito frente al enemigo de clase, toda moral científica cesa al llegar aquí. Hasta investigadores que en otros campos se comportan concienzudamente […] se permiten en este punto las más ligeras afirmaciones, que toman de otras manifestaciones de opinión igualmente infundadas, sin que se les ocurra siquiera ir a beber a las verdaderas fuentes, por lo menos cuando se trata de comprobar los hechos.”
Creo sinceramente que todo esto es perfectamente aplicable a la actual campaña de acusaciones, injurias y calumnias que culpa a los antorchistas de ser los autores, al menos en una parte significativa, de los saqueos y el vandalismo desatados al amparo del gasolinazo.

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