Claro, seguro les ha pasado, saben que es una causa perdida pero persisten en su empeño. Saben que llevan todas las de perder, pero ahí están. Como perros a la expectativa que caiga algún pedazo de carne desde el plato de algún comensal en cualquier puesto de tacos. No importa recibir una que otra patada. Porque de conseguir un golpe de suerte, la felicidad será plena. Ese exquisito placer masoquista de saber que vamos a las fauces del lobo, pero no importa. Queremos estar ahí. Son esas causas perdidas que tanto dolor nos provocan y al mismo tiempo tanta emoción, vértigo, estúpido vértigo. De algo así tratan estas Lecciones de samba del escritor y viajero empedernido Luis Frías.

 

Lección 1

Con esa, con la más tersa piel que yo había visto nunca, venía entrando a la cafetería donde estaba esperándola para desayunar juntos. Ella y su esposo son colombianos, viven con otros amigos. Como había vivido en Brasil, en cuanto supo que iba a ir para allá, se ofreció darme información útil. Nos encontramos y me puse a platicarle que iba a encontrarla a Ella, la brasileña de quien hace casi un año escribía en este mismo periódico. Pero igual le confesé que sabía que iba nomás a constatar con mis propios ojos que eso ya se había ido a la mierda. Jajaja. Entonces, dijo, con su alegría que me fascina, vamos a armar un plan B. El plan B era una lista de los lugares donde ella había andado. En esa mesa, con unas tacitas de café y botellas de agua, empezaron mis digamos, por decirle bonito, lecciones de samba.
Un año antes de eso, había ido a la presentación de un libro. Norte, una compilación de cuentos de autores, eso, del norte. Allí la conocí, conocí a Ella.
Nos enamoramos. Yo de ese cuerpazo, de esa inteligencia ágil, de esa piel dorada y, también, ahí va mi fetiche: del nacimiento de su cabello justo en la nuca. Hasta jugábamos con eso. Ella inclinaba su carita y con la mano se recogía la melena pintada de rubio, y yo empezaba a romantiquearle hasta que íbamos a la cama. Súper chingón. Ella no sé qué me vio. Pero bueno.
La cosa fue que en nuestra mera cima, me tuve que ir a Estados Unidos un mes. Y ella se regresó a Brasil. Y pues algo allí había quedado como suelto.
Así que ella luego volvió a México.
Pero volvió nomás para decirme que me quería un chingo, sí, solo que lo nuestro no podía ser: quería ser madre, y eso implicaba volver con su esposo. En Brasil. Era una noche de sábado, y lloramos abrazados.
Allí mismito habría tenido que parar mi tren. Pegarme una borrachera de una semana y a lo que sigue. Pero no. Seguí terqueando hasta que conseguí que me dijera que sí, que la fuera a ver.

Lección 2

Empezaban a llegarme las pláticas en portugués. A la salud de mi amigo el poeta peruano Carlos Villacorta, me estaba tomando una cerveza Pilsen, carísima, como todo en los aeropuertos. Lima era la escala de México hacia Porto Alegre, al sur de Brasil.
El portugués me había puesto a estudiarlo después de conocerla a Ella. Y además me puse a escuchar de veras a Caetano Veloso, Titãs, Ney Matogrosso, Jorge Ben Jor, Os irmãos, en fin, músicas del país tropical. A leer de veras la poesía concreta de la que ya había oído mentar: Ferreira Gullar, Paul Leminski, Carlos Drummond de Andrade, Jorge Amado, Moacyr Scliar. Todo eso me lo había ido recomendando Ella en nuestros largos intercambios por Whatsapp. Las clases de portugués me servían mucho para todo eso.
Escuchar las charlas en Lima significaba que faltaban cuatro, cinco horas para verla.
Me subí al avión y me quise dormir pero no pude, pinches nerviosemoción cabrones en la panza. Enseguida que las ruedas del avión tocaron el piso y pude hacerlo, me conecté con el celular. Se me quemaban las habas. A pesar de que eran las cuatro de la madrugada, ya estaba Ella online en el Whatsapp, así que le avisé que ya había llegado, y me respondió en chinga:
–¡Brasil, Brasil!
Y puso una banderita y un emoticón de beso con corazón. Así era ella. Alegría. Sabrosura. Por eso uno se enamora.
Luego, una vez que hube puesto el sello al pasaporte y recogido las maletas, salí y allá, lejos, estaba Ella. Nos abrazamos. Me dijo brincando de emoción, porque así es ella:
–¡Luis! ¡Luisinho! ¡Querido Luis! ¡Qué felicidad! ¡Por fin estás aquí, en mi país!
No paraba de brincar. Así es ella. Así, me iba a dar cuenta los otros días, así son los brasileños. Los mexicanos no, nosotros somos secos. Nos subimos al carro.
No paraba de decirme ¡querido! ¡Querido! ¡Querido!
Mientras ella manejaba, le tomaba su mano derecha en los ratos en que podía, y cuando ella necesitaba regresar la mano al volante, dejaba mi mano en su pierna. Le acariciaba el cabello. Ella sonreía, pero no como antes. No coqueta. Sino casi como el patrón le sonríe al empleado, desde arriba, sabiendo que no son lo mismo, pero que una sonrisa no se le niega a nadie. Dejé aquello.
El carro se fue internando por calles empedradas, en una loma, con edificios de puertas de cristales. Fino. Dije: Ah chinga. De pronto se paró. Era un edificio de lujo, con un portón eléctrico.
–Mi pinche casa, tu casa querido.
Siempre hablaba un español guarro lleno de groserías, que me encantaba.
Entramos al edificio. Con elevador y todo el pedo. Mientras subíamos por el pequeño elevadorcito, casi pegados cuerpo a cuerpo, yo la veía con ganas de comérmela a besos, Ella me sonreía con alegría; esa alegría yo la conozco, así veo a mis sobrinos tan lindos ellos. Abrió la puerta de su departamento, y por fin conocí a Petiça, su gata de un negro intenso de mal agüero. Erizándose, me enseñó los colmillos. Ya luego se iba a estar subiendo a mis piernas. Y así durante los siguientes días. No podía ser sino la gata de Ella.
Boté las maletas por allí, y ella hizo café.
–Me hace tan feliz que estés aquí, querido.
–A mí también, querida. Qué bonito departamento.
–¿Verdad que estamos contentas, Petiça? ¿Verdad que estamos contentas de tener aquí tío Luis?
Acariciaba a la gata, sentada del otro lado de la mesa, estrujándole el vientre. El animal no dijo nada, se echó a correr adentro. A la habitación de Ella y su marido. Su marido andaba de viaje. Se había ido unos días, según entendí, a algún país del sur de África. Era algo que a mí me valía madres.
Nos volvimos a abrazar, en medio de su sala. Y nos dimos un beso en la mejilla. Nos miramos a los ojos, tomados de las manos, sonriendo.
Luego, me llevó al cuarto que sería el mío. No el del fondo, donde se metió la gata negra. Me enseñó cómo funcionaban los clósets. Cómo se abría y cerraba la ventana. Cómo operaba la lamparita. Cómo se usaba la cama. Sí tía, gracias.
–Qué bueno que estés en casa, querido.
Me dio un besito en la frente.
Se fue y escuché clarito cómo cerró su puerta y le puso seguro.
Qué mierda. Después de cerrar la puerta del cuarto que me asignó mi tía amablemente, le escribí a mi amiga colombiana. “Ya estoy aquí! Qué felicidad!!!” Así, feliz lo que se dice feliz, ni madre. Pero al menos estaba cansadísimo, y me quedé dormido a la primera.
(Continuará…)

*(Ciudad Sahagún, 1986). Escribe y también realiza cine. Fue becario del Foecah en dos ocasiones y obtuvo apoyos del Pacmyc en otras dos ocasiones. Es realizador de los documentales Ciudad Nostalgia, Fervor del polvo y Lejos cerca. Se graduó de historia de México en la UAEH y de letras hispánicas en la UNAM. Actualmente cursa la maestria en letras modernas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, donde estudia tres novelas del escritor Yuri Herrera.

 

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.
Ilustración: Especial

TUITIZA LOCA

#CausaPerdida intentar conformar a una mujer, siempre va a demandar más y más cosas e increíblemente si no le das con el gusto se ofende
@fer_vanoye

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