“La luz era un pequeño haz que penetraba en la oscuridad sin alumbrarla. El hombre, a oscuras, miraba por el pequeño agujero por el que se colaba algún aire, pero no veía nada más que sombras. Se preguntaba, entonces, ¿qué había del otro lado?, y se acongojaba pensando que solo había reflejos.
“En ese estado de cosas, las suyas de ese tiempo, lo fácil era angustiarse por no encontrar ningún asidero de pensamiento que le permitiera tener alguna esperanza, aunque fuera poca y se escapase continuamente en busca de seguridades perpetuas que sabía no alcanzaría nunca de los jamases.
“El prisionero acercaba su oreja a los fríos muros y la incrustaba en ellos hasta hacerse daño. Eso le permitía oír al mar bravo entrechocar con las grandes rocas que servían de base del antiguo castillo donde lo tenían preso, sin posibilidad de huida, para el resto de vida que le quedase.
“En el castillo siempre había mil presos, ni uno más ni uno menos, condenados a pasar las eternidades de sus tiempos inútiles en las frías y húmedas mazmorras. Lo cual era una monstruosidad sin sentido originada en un sistema judicial que era una máquina de triturar personas.
“Respiró profundamente, pero más que respirar el preso 627 suspiró pensando en la nebulosa de su historia, que tildaba de mala suerte, que lo había conducido a aquel encierro, aunque ya no tuviera muy presentes los hechos. Los dos años que llevaba prisionero le presionaban fuertemente hacia el olvido. De vez en cuando una ráfaga de imágenes le devolvía caras y algo de lo ocurrido.
“Había una mujer muy bella, pero no podía recordar bien su rostro, que todavía hacía vibrar su corazón. ¿Volvería a verla?, se preguntaba con ansiedad; ¿sabría ella de su destino?, ¿estaría haciendo algo para sacarlo de allí? Las preguntas le hacían daño, pero eran el único modo de pasar el tiempo y no volverse loco de tanta soledad.
“Era imposible escaparse, solo la muerte lo libraría de las cadenas terrenales. Empezó a sentirla en el mismo momento en que lo arrojaron como un perro al coche de policía. Desde ese instante todo fue un sueño, mejor dicho, una pesadilla de la que no podía despertar, pues era su propia vida rumbo a la muerte.
“Escuchó una voz vieja, que venía de muy lejos, y arañazos en el muro. Eran tan débiles como su respiración. Un bloque de piedra cayó en el suelo de su celda y por la apertura apareció el cuerpo escuálido de un viejo con barba blanca de muchos años. Segundos después el anciano lo miraba con desolación y le gritaba palabras que no entendía, pero que él amaba: eran las primeras que escuchaba desde hacía años.
“El viejo se calló de golpe y con rapidez inusitada desapareció por la apertura del muro y la volvió a tapar con la gruesa piedra. Volvió a quedarse solo, de vez en cuando escuchaba un rumor de uñas del otro lado. Pensó en Edmundo Dantés, él ya no era ese hombre sino K soñando al lado de M.
El voluminoso volumen del Conde de Montecristo cayó al suelo haciendo un ruido parecido al trueno. Despertó contento de no ser el joven capitán del Faraón. No volvería a leer a Alejandro Dumas antes de dormirse. No quería sentir la angustia de verse en la piel y huesos de sus personajes. M dormía inquieta a su lado, en sus manos caídas yacía medio abierto un libro en el que podía leerse: Los tres mosqueteros, por Alejandro Dumas, ¿qué estaría soñando?

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.