Lentamente, como si se tratara de una respiración profunda, movió sus manos en dirección a su rostro, pero sin alcanzarlo. Bastaba con la intención, con el susurro de aire que había levantado al vuelo.

Jaime, con los ojos cerrados, presintió el movimiento de Teresa y lo aceptó con el corazón henchido en ternura. No era presunción ni siquiera había algo de esperanza en ello; era más bien la aceptación de la existencia.

Bastó solo una palabra para deshacer el encanto, una pregunta para volver al inicio de una casilla que se había movido en el transcurso de un instante. La luz se encendió y ambos se contemplaron.

La rutina había vuelto a ocupar su lugar de privilegio, a ser el todo de una relación que duraba 30 años hechos de costumbre. Se preguntaban ¿por qué tenía que ser así y no de la forma en que habían soñado al principio?
Las respuestas que se daban no les convencían en absoluto, pero por lo menos era algo, aunque acuoso, donde agarrarse en aquellas arenas movedizas que los conformaban como una apariencia tranquila y feliz.

Teresa se levantó y se fue de la habitación, hacia otro lado de la casa. Jaime respiró tranquilo y se abandonó a un pensamiento que procedía del susurro de las manos de su mujer. Meditó sobre el destino.

Bastaron aquellos escasos minutos en soledad para que se diera cuenta de lo efímera que resultaba la vida y, sobre todo, de lo acuciante de cualquier transformación, en el sentido que fuere, de sus fuerzas vitales.

La ausente miraba a oscuras el televisor apagado y se preguntaba, desde la espesa niebla de sus pensamientos, que estaría pasando por la cabeza de su marido en aquellos momentos en que ella no lo protegía de sí mismo.

Escuchó unos pasos demasiado cercanos para ignorarlos, demasiado fuertes para obviarlos. Los reconoció casi de inmediato, aunque eso no la tranquilizó, antes bien le planteó una duda sobre sus intenciones. Se sobresaltó.

Pasados unos instantes, Jaime apareció en el umbral pero no le dirigió la palabra, solo la observó en silencio, dejándola inquieta en la penumbra que había elegido para permanecer, al menos por aquella noche que resultaba tan extraña.

Despacio, sin que se notara la asfixia que había en cada paso, Jaime se aproximó a la sombra de Teresa, quien sentada en el sillón lo miró acercarse desde la lejanía inalcanzable que él habitaba desde hacía mucho tiempo.

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