Inicio Opinión Columnas El lenguaje de los pájaros, Farid ud-Din Attar Réveil des oiseaux, Olivier...

El lenguaje de los pájaros, Farid ud-Din Attar Réveil des oiseaux, Olivier Messiaen

390

Cuenta la leyenda –por la mano de Attar–, que un día para sorpresa de las aves, ven descender del cielo una pluma del ave Simurg y en ese momento se percatan que carecen de un soberano que los guíe, ya que el ave magnífica no participa de sus menesteres, de la misma forma que no pertenece a los asuntos que ocupan al resto de los pájaros.

Así, las aves recurren a la abubilla, la única del reino ornitológico en servir de consejera y emisaria del rey Salomón. Cuando se reúnen, para iniciar la empresa que conducirá al encuentro con el Simurg, es la misma abubilla quien demuestra que no todos los pájaros están preparados para llevar a cabo el viaje, hasta que por fin una vez dispuestos, saben que deberán cruzar los siete valles de la búsqueda: el amor, el conocimiento místico, el desasimiento, la unicidad, la perplejidad, así como la pobreza y la aniquilación.

El lenguaje de los pájaros o La conferencia de los pájaros es hasta la fecha una de las obras clave del misticismo sufi, además de pieza central para los rituales de iniciación en medio oriente. Paradójicamente, esta obra tiene un parentesco enorme con el mito celta de “El huevo de la serpiente”, es decir, el mismo nombre con que Ingmar Bergman tituló una de sus películas y refiere un proceso prácticamente igual, excepto porque en vez de buscar al Simurg, dueño de la pluma, los interesados en acceder a la sabiduría de los druidas celtas debían bajar a los abismos para encontrar el afamado huevo pero, como en El lenguaje…, se extraviaban, abandonaban, morían o huían con lo que consideraban un botín. Una vez de regreso, cuando entregaban el huevo, la verdadera recompensa estaba en el viaje y el conocimiento adquirido durante él, que servía para ingresar a la sabiduría antigua.

Como pocas obras en la historia de la humanidad, El lenguaje… es quizás la única en que aparece condensada la magnitud mística que se asigna a las aves, cuando forma parte de las mitologías griega, escandinava y céltica, así como del sufismo y el cristianismo por la vía de san Francisco de Asís, por no decir que los caracteres refinados de la escritura egipcia se conocían como “alfabeto de los pájaros”. Conocido también como el lenguaje verde en el que se condensan las verdades cósmicas y por el que desvelarían tanto alquimistas como rosacruces, el libro de Attar es uno de los poquísimos textos cuya belleza y última consigna recae en una máxima exquisita al llegar a su objetivo: cuando, de pronto, los treinta pájaros (lo) miraron, dichos pájaros eran ellos mismos aquel Simurg.

Mientras la criatura de que habla el texto es bastante fuera de lo común para occidente, en oriente su nombre equivale al de Fénix, así como sus numerosas facultades, salvo porque mientras en la segunda recae la habilidad de la resurrección, la primera representa el ave de aves, una que bien pudo servir al mismo Wotan/Odin, para dar a su servicio a los cuervos Hunnin y Munnin.

Años después, Olivier Messiaen, quien se voltearía a una forma poco frecuente de misticismo, le daría al mundo una obra nada, en absoluto nada parecida a lo producido tras la segunda Guerra Mundial. Alumno de Paul Dukas, quien le asignó así como a él y a todos sus compañeros la tarea de atender el canto de los pájaros para tomar inspiración en la naturaleza y de ella extraer el sentido de sus composiciones, Messiaen, sin saberlo ni estructurar idea concreta al respecto, fue poseedor de un sentido sinestésico; es decir, lo que se conoce como “sentido cruzado”. Mientras escuchaba ciertos sonidos, sobre todo los de tipo musical, también veía colores, que hasta donde se sabe, también Mozart tuvo sinestesia.

Una tercera parte de la obra de Messiaen está conformada por su dedicación al canto de los pájaros, obras completas enfocadas a ello, así como fragmentos que integran parte de trabajos cuya identidad, pese a estar desligada del tema, Messiaen se las ingenió para mantener la liga con su fetiche, sin importar que se viera demasiado ajeno o disparado.

De tal suerte, no es de extrañar que después de Catalogue d’oiseaux, así como sucesivas y gradualmente más elaboradas apariciones del tópico, en algún momento llegase a Réveil des oiseaux, su obra cumbre, aparejada con las de corte místico en las que también rinde un lugar para Francisco de Asís.

Aunque figura central en la música del siglo XX, con los años Messiaen sería nada más y nada menos, el profesor de Pierre Boulez, Iannis Xenakis, Karlheinz Stockhausen y George Benjamin, cuatro autores que cada uno por su lado fueron capaces de golpe y en una sola generación, de reformar la música de academia, en medio de experimentos por demás vanguardistas.

Correo: relojmakech@gmail.com
Twitter: @deepfocusmagaz

Comentarios