Letras con sabor a absurdo

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Letras

AZUL CASTELLI
Pachuca.- Érase una vez hace mucho, mucho tiempo…
Lo conocí hace 18 años, entonces éramos estudiantes de la licenciatura en ciencias de la comunicación, creo que ninguno de los dos sabíamos a dónde nos llevaría la vida. Julio Romano Obregón era para mí un reto a mis prejuicios, era un vago de la fila de atrás, de esos estudiantes que nunca prestan atención o participan en clase, sin embargo, siempre fue brillante, lector empedernido, amante de la música, escritor, entonces amateur, no cuadraba con la imagen de nerd, tampoco con la de mal estudiante. Fuimos compañeros por cuatro años y medio, aprendí a quererlo, pero sobre todo, a respetarlo, pues su trabajo siempre me sorprendía.

Coincidimos una y otra vez en el trabajo, hablamos de libros, de congresos. Se fue a la Universidad Autónoma Veracruzana a estudiar una maestría en literatura. Ganó el premio de cuento Ricardo Garibay en 2013, con un compendio de cuentos titulado No verás el alba. Le pedí que me vendiera un ejemplar. Sus cuentos me conmovieron; bien escritos, un manejo de lenguaje excelente, fundamentados, con finales paradójicos, nada felices, con personajes rotos.

Cuando lo invitamos por parte de la dirección de fomento a la lectura a presentar su libro, sabía, de antemano, que haría un trabajo brillante. Quise leer de nuevo su libro para presentarlo, me di cuenta que me lo habían robado, lo compré de nuevo, otra vez me enamoré de su prosa.

La odisea Pachuca-Sahagún…

El 11 de abril esperé a Julio con impaciencia en la central de autobuses, por poquito perdemos el autobús. Llegamos con cinco minutos de retraso a la Escuela Superior de Ciudad Sahagún, ya nos esperaba el doctor Rafael Granillo, responsable de vinculación y mediador de lectura de esa escuela. El auditorio estaba lleno, el director de la escuela, el doctor Jorge Zuno Silva nos dio la bienvenida. La presentación inició con una participación de quien escribe esta crónica. Se hicieron llegar los saludos de parte de la división de extensión de la cultura que coordina el licenciado Marco Antonio Alfaro Morales y de la doctora Rosa María Valles Ruiz, directora de fomento a la lectura, y agradecí el recibimiento.

Presenté a Julio Romano, les hablé de él como persona, pero sobre todo de su libro, de siete cuentos que se enclavan en lo ordinario para volverse, como él mismo lo dijo, kafkianos, absurdos. Le cedí la palabra, nos habló del cuento, de los autores que han influenciado su prosa. Entre el alumnado empezaron a aparecer sonrisas y miradas atentas y brillantes, poco a poco los grupos que estaban en el auditorio fueron sacudiéndose la pereza de medio semestre y prestaron oído a las historias de las que se les hablaba. Le pedí a Julio Romano que leyera uno de sus cuentos, el público eligió “Manuscrito encontrado en una servilleta”, que es justamente el cuento que le da origen al título del libro que es la sentencia de una adivina que nos deja entrever el final del cuento:
“Mesero, tráigame un beso de muerte con hielo, un sueño sabor agridulce y la esperanza, término medio…”

La sala se llenó de aplausos. Abrimos sesión de preguntas, al principio, los chicos no se animaban, pero invité a uno que parecía especialmente interesado en participar. Había preguntas, muchas, Julio las respondió atento, sonriente. Al final del evento, las personas hicieron fila para comprar el libro, querían la dedicatoria del autor. No llevábamos suficientes ejemplares, mi libro entró en la venta, se fue con una chica que lo adquirió sin cintillo y de medio uso.

Salimos corriendo de la sala, apenas nos dio tiempo de agradecer al director sus atenciones, el tiempo apremiaba y ya nos esperaban en la Escuela Superior de Apan. “Volamos” en un taxi, el panorama nos decía que nos adentrábamos en los llanos de Apan.

La vena de fotógrafo que aún habita a Julio se asomó tras la cámara de su celular, el paisaje árido, rodeado de cerros monumentales, magueyes añosos y sauces llorones, quedó plasmado en imagen, que no dudo, se convertirá en escenario de algún otro cuento.

Entre los llanos de Apan

La Escuela Superior de Apan se levanta solitaria en medio del camino entre Sahagún y Apan, es un edificio de ladrillo y concreto, cuya construcción es acorde con el paisaje, sus jardines son habitados por magueyes pulqueros, flora propia de la región.

Entramos en la escuela, el silencio nos dio la bienvenida, claro, nuestra visita llegaba justo en medio de los exámenes de segundo parcial. Encontramos el área de servicios administrativos y nos topamos con la licenciada Brianda Yazmín Gómez Vera, responsable de vinculación, mediadora de lectura y ferviente defensora de la literatura. En una escuela donde permean los números, la licenciada Brianda, al estilo de Don Quijote en su batalla contra los molinos, la emprende, con ayuda de la secretaria académica, la ingeniera Minerva Rosales Gayosso, en búsqueda de proyectos y presupuestos para promover la lectura.

El evento fue desarrollado en la sala audiovisual, nos acompañó la ingeniera Minerva, en representación del director, doctor César Abelardo González Ramírez. El público era difícil, estudiantes de ingeniería económica y financiera, tecnología del frío, tecnociencias emergentes, ingeniería en biociencias y refrigeración y criogénia, están poco acostumbrados a la narrativa literaria, aun así, la presentación del autor, su trayectoria académica empezaron a llamar la atención.

En esta ocasión le pedí a Julio Romano que leyera mi cuento favorito “Dragón rojo sobre fondo blanco”, el único cuento que tiene como protagonista un niño, sin que por ello sea un relato infantil, los trazos rojos que empiezan a adornar las paredes blancas, que primero se confunden con un camino uniforme de cerezas, poco a poco se convierten en un enorme dragón de fuego que se sumerge en los cimientos de la casa, el niño enfebrecido que obsesionado no puede evitar seguir con los trazos en la pared, mientras el crayón rojo se agota junto con su vida, que se va consumiendo como las brasas en el fuego. El hechizo de la voz de Julio, entonando al dragón, estalló en el cerebro de los oyentes, quienes no pudieron evitar el escalofrío que recorre la espalda:

“Tu último trazo, con la barra de crayón que te queda, abrirá la puerta, Luis. Mírala abrirse.

¿Reconoces ese fulgor? Soy yo, Luis. Tú has abierto la puerta. Y esta noche no acompañarás a nadie en ninguna mesa.”

No hubo preguntas, pero sí aplausos, se vendieron los pocos ejemplares que salvamos en la Escuela Superior de Ciudad Sahagún. La licenciada Brianda y la ingeniera Minerva refrendaron su compromiso con la lectura, solicitaron más eventos y materiales para trabajar con los jóvenes, nos mostraron un librero ubicado en la entrada de la escuela con el que promueven el préstamo libre de literatura de todos los géneros.

La aventura terminó bien gracias a la amabilidad de la licenciada Brianda, quien nos invitó a comer una deliciosa comida casera y nos dio ride a la parada del autobús que nos llevaría de regreso a Pachuca.

El día terminó con un ejemplar nuevo de No verás el alba, con una nueva dedicatoria de un excelente académico, escritor y ser humano, al que me honro en llamar amigo.

  • Fue invitado por la dirección de fomento a la lectura a presentar su publicación, la cual tuvo buena aceptación por parte del alumnado presente en ambas instituciones

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