Roque Licona Meníndez cursó dos especialidades: medicina familiar y ginecoobstetricia

Pachuca.- Mi padre me enseñó a querer la medicina, respetar y ser honesto con los pacientes, externó el ginecoobstetra Roque Licona Meníndez, con un profundo sentido de homenaje a quien también fue reconocido doctor: Ernesto Licona Ayala.

Han pasado años de su fallecimiento y permanece la profunda huella que dejara en la consulta privada, ahí, en la calle Allende, a cortísima distancia de la plaza Independencia de Pachuca.

Pero, igualmente, una larga estadía en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en el estado, donde se le apreciaba.

Integró un gran valor, bien podría tratar de explicarse como muy íntimo, algo que le identificó desde siempre: su gran calidad humana, la seriedad con la que emitía sus diagnósticos y las palabras que hondamente tranquilizaban, que a veces dejaban escapar un hilito de buen humor y profunda comprensión.

A Roque Licona se suma también el nombre de su abuelo, José Pilar Licona Olvera, muy tomado de la mano con la historia de la hoy Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), donde una de sus salas lleva merecidamente su nombre.

Primer catedrático en la escuela de medicina

Después aparece Roque, quien confiesa que nunca tuvo dudas de su vocación, como su hijo, Elías Emanuel Licona Venegas.

Lo expresa, llano y claro: “Sabía lo que deseaba ser. Nunca sin dudas de que obtendría lo que tanto pretendía. Desde niño, desde joven, desde siempre”.

Los cuatro, pachuqueños, los cuatro ginecoobstetras y los cuatro con una real vocación de servicio, de la que sobran ejemplos.

Hoy, Roque Licona, de 61 años, parece haber encontrado la fórmula para ganarle al tiempo, excepto por el abundante cabello de tintes blancos.

Porque, lo demás, son semejantes a las que ya se fundían en su personalidad, desde 20 o 30 años atrás: constitución física, sonrisa amable, a veces, las más tenue y una disposición a hablar de lo suyo, aunque sutilmente ajeno a reconocimientos propios. Más de 25 años de conocerlo, tratarlo y mantener las finas formas.

Habla de tiempos pasados. “Estudié primaria en la Julián Villagrán, excepto el sexto año en que estuve en el centro escolar Presidente Alemán, después pasé a la secundaria federal uno, prosiguiendo, el bachillerato, en la Preparatoria uno. Medicina la cursé en la UAEH”.

A la pregunta de si nunca tuvo la desfortuna de ser reprobado, responde, tras un breve silencio, como lo que dura un suspiro. “Nunca transité por esa experiencia; me dedicaba a lo mío, pensando a futuro, con lo que desde joven me tracé. Era apegado, sin perder la jovialidad de ser estudiante, con amigos, los de gustos comunes”.

Y en medicina ¿cómo le fue?, pregunta el entrevistador.

Mira a su alrededor; saluda a dos, tres comensales. Uno se levanta, le tiende la mano, deja escuchar, entre el bullicio: “Me da gusto saludarle”. Sonríe y se aleja.

“Fui de los que obtuvieron titulación automática. La meta para conseguirlo era un promedio de nueve o más; logré 9.08. Quienes estábamos en esa circunstancia quedábamos exentos de examen final.”

Cursó dos especialidades. Medicina familiar, a partir de 1983, en Puebla, y ginecoobstetricia en el Hospital Español, en la Ciudad de México.

Al preguntarle en dónde es más significativo el aprendizaje, puntualiza: “En la medicina pública hay más participación en actividades educativas, y en la privada, la formación académica es mejor, más tutorial. Aunque, a fin de cuentas, todo depende de uno. No claudicar pese a lejanías de la casa familiar”.

Empezó a trabajar, tanto en consultorio, también en Allende, como en el IMSS.

“En el Seguro permanecí 17 años, ahí hice mi servicio social. Luego empecé como técnico, para proseguir como médico familiar; una gran y grata experiencia, por la diversidad de pacientes y la forma cómo se les apoya.”

Más adelante fue coordinador de medicina familiar, ginecoobstetra, jefe de servicio y coordinador delegacional de salud reproductiva.

Se le cuestiona si recuerda a algunos de quienes fueron sus maestros, o compañeros que hoy son sus colegas. “Doctores también y con quienes finqué respeto y amistad”.

Se echa ligeramente hacia atrás, desvía la vista de sus interlocutores y aporta nombres.

“Rubén Valencia, Ricardo Ortega, Aparicio Cobián… a veces la retentiva no es tan perfecta… Enrique Gil Verano, Efraín Medina Berry, Alcides… Alcides Reynoso, César Hernández Aguado, Alicia Bezies, doctora Galván, Raymundo Dávila.

“Desde luego, por siempre, mi padre Ernesto Licona Ayala. Nunca, jamás lo olvidaría. Tantas veces que charlamos, intercambiamos opiniones, como hoy lo hago con mi hijo. Fue una de tantas lecciones de buena vida que he recibido”.

Don Ernesto Licona alguna vez le comentó al reportero que por su profesión y la especialidad “difícilmente puede uno pensar que fechas tan significativas como Navidad o Año Nuevo las puede pasar en familia. Me ha tocado a mí. Puedo decir que las cuento con los dedos de una mano”.

Roque Licona asiente y precisa. “Yo, una sola ocasión recibí en casa Año Nuevo y de eso hace varios ayeres. Surge chambita. Una llamada telefónica o un tocar insistente en la entrada de donde se vive y hay que acudir a donde podamos ser útiles. No es queja. Eso nos corresponde. Llegar al hospital y sumergirse con toda seriedad en la atención”.

Sobre ¿cuánto tiempo más en el ejercicio de la medicina? ¿Lo ha pensado? El interlocutor no da ningún asomo de sobresalto y, más bien, de reflexión.

“El tiempo, ese que alude, nos enseña a reconocer nuestras capacidades y cuándo disminuirán, en tanto, no cejo en actualizarme, seguir adelante. Ciertamente, algún día sentiré ese deseo de terminar, pero no es algo que me afecte o que me lleve a cavilaciones. Alguien diría: es ley de la vida.”

Tiene tres hijos, Elisa, Elías y Mir, así como cuatro nietos, tres niñas y un niño. Su hermano, Tomás Pedro, es médico veterinario zootecnista.

Le gusta leer, es hábito desde joven. No cinéfilo. También diserta de futbol.

¿Algún equipo en especial? Como que le gana el gusto. Entusiasmo de asistente que persevera en el estadio: “A los Tuzos, nací y vivo de los Tuzos.”

¿Otro conjunto, en segundo lugar? “Ninguno: Tuzos”.

A los 16 años empezó en la Sociedad Española de Beneficencia. Explica de la composición directiva.

“Hay un patronato, con Vicente González en calidad de presidente; tesorero, José Alejandro Larrea Canillas; vocales, Romualdo Tellería Beltrán, Pablo Gil Antón, José Benigno Peláez Hernández, Sergio Beltrán Merino, Javier Díaz Irizo y Jesús González Peral. Invitado en el consejo, José Alfredo Sepúlveda.

“La beneficencia es el hospital privado más antiguo del estado; se fundó en 1863 como una Casa de Salud. Es igualmente el único, privado, que cuenta con una unidad de cuidados intensivos pediátricos.”

Del abasto de medicamentos, confía: “Es de las supremas prioridades.

“Mire, soy muy afín a la familia Tellería. Durante la gestión como alcalde de Pachuca de José Antonio Tellería, lamentablemente ya desaparecido. Fungí como regidor y presidente de la comisión de salud.”

Era un fin de año. Roque Licona fue presidente municipal; tres meses a lo sumo.

“Por un problema de salud el ingeniero Tellería solicitó una corta licencia y yo lo sustituí como interino. Nos entendíamos muy bien. Todo un señor de principios y que cumplió con su cometido. Carácter y de una pieza en lo que decidía. Severo pero que tenía la virtud de saber escuchar y ya luego discernía.”

Fue el primer representante de la oposición que llegó a encabezar el ayuntamiento de Pachuca, tras un complicado proceso.

“Curiosamente, salvo ese episodio, nunca participé en política. En la universidad a lo más que llegué fue ser jefe de grupo.”

Retoma de su participación en la beneficencia: “Soy el director médico; en agosto cumplí tres años. La institución crece. En enero habrá otro edificio. Por ahora, el de la avenida Juárez cuenta con 30 camas censables. El nuevo funcionará, como con el actual con un staff de médicos para todas las especialidades y certificados.

“Hoy se cuenta con 120 médicos y en el que entrará en operación en enero, un número semejante. El servicio de urgencias funciona las 24 horas. Lo empezaron, en 1990, los doctores Marco Antonio Romero y René Barrera Suárez.”

Ha fungido igualmente como catedrático: “En la UAEH un año, en La Salle, 22, y en la Universidad Politécnica”.

Habla de la mortalidad materna: “Ha disminuido sensiblemente. En lo personal no he tenido que enfrentar un solo caso en que la paciente falleciera”.

Se confiesa partidario que el hospital se convierta en centro de enseñanza.

“Hay grandes adelantos tecnológicos, en Alemania, Estados Unidos, España, especialmente en lo relativo a materno fetal. En Milán, Italia, en donde funciona el Instituto Europeo de Oncología.”

No se soslaya al hablar de cáncer: “Es un problema a vencer; el sida, sustancialmente ha perdido su impacto social, pero no olvidemos la diabetes, es lo que también nos ocupa.

Añade: “Todos los días, si se me permite expresarlo así, los caminos de la medicina son más fecundos. Nadie podría fijar horizontes. Son tan espléndidos como la creatividad que mujeres y hombres puedan aportar”.

Mi padre me enseñó a querer la medicina, respetar y ser honesto con los pacientes

Roque Licona Meníndez,medicina hidalguense

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