En Diagnóstico de nuestro tiempo, el sociólogo húngaro Karl Mannheim escribió: “Puede decirse que los jóvenes que experimentan los mismos problemas históricos concretos forman parte de la misma generación”. Ortega y Gasset, y su alumno Julián Marías, establecieron el método histórico de las generaciones que desembocó en la idea de las oleadas demográficas críticas, aquellas que definen parteaguas en el proceso de la evolución.

A diferencia de la generación nacida al término de la segunda Guerra Mundial, identificada como baby boomers, que se enroló en las luchas civiles, la antisegregación racial, los movimientos juveniles de protesta y el combate contra las dictaduras y por la descolonización imperial, la generación nacida después tuvo otros apetitos, menos nobles, más codiciosos y extremos.

En la década de 1970 nació una gran ola de niños índigos, que hoy rozan los 50 años de edad, con habilidades tecnológicas incrementadas y con una sofisticación especial. La generación de “índigos”, que pueden ser “cristales”, tiene características de soledad y rechazo absoluto a la disciplina y a la autoridad. Son grupos casi autistas que aseguran preparar el futuro.

Los encuentra usted donde hay niños

Dentro de los índigos empoderados en la política y en los negocios se ha desarrollado el grupo de los reptilianos. Manipuladores expertos, demasiado selectivos, basados en la codicia. Valoran el dinero por encima de todas las cosas. Carecen de emociones, son incluso robóticos. Sus expresiones faciales son plásticas y a menudo frías.

Absolutamente desligados de cualquier realidad, inventan la propia, a la que todo el mundo debe ajustarse. Si no lo hacen, peor para el mundo y mucho peor para la realidad. Todo debe ceñirse a sus caprichos, por algo se consideran los elegidos.

Lo vimos apenas con los toluquitas. Lo observamos ahora con ciertos “líderes” empresariales.

Son crueles y no les importa nada ni nadie, más que salirse con la suya. También se encuentran ahí donde hay niños, ya que ellos mismo dicen que los niños les proporcionan una fuente de alimento puro (energía). Las denuncias de abuso son negadas y encubiertas. Los hombres y las mujeres son misóginos. Si no se controlan son pedófilos, como los reptiles de su propia especie.

Son víctimas del abandono familiar

Lo anterior no tiene el propósito de hacer una caracterización general, tabula rasa de nuestra población, pues las generaciones de niños índigos y reptilianos de la política y los grandes negocios se generan en un contexto de abandono familiar en la formación conductual. Los padres y madres de ellos son personas demasiado absorbidas por sus ocupaciones y no han tenido el tiempo de participar en su formación.

Y esa es la característica, el perfil fundamental de grupos insensibles e invulnerables ante el entorno social. Ningún chile les raspa. No sienten nada, y no sufren ni aman. El concepto de la pasión no les llega, los flancos sexuales son prescindibles, no ameritan cuidado especial. Ser de uno u otro bando, o de todos al mismo tiempo simultáneamente es algo intrascendente. Ellos llegaron para salirse con la suya. Lo demás puede esperar.

Estadísticas y estudios de centros de investigación prestigiados han señalado que el fenómeno de la libertad sexual ha producido un espectro de diferentes que practican la diversidad y abarcan cerca del 80 por ciento de la población mundial en edad reproductiva. Como si la aparición de las nuevas castas demográficas hubieran sido diseñadas para frenar la expansión poblacional.

Como si el mundo entero y sus alrededores hubieran sido diseñados para su particular goce y disfrute. Sus miedos se traducen en represiones salvajes. Sus cariños, en rocambolescas distracciones que pueden llegar a separar cualquier grupo social, cualquier ambiente respetable o conocido hasta ahora.

Dentro de ese racimo de preciosidades psiquiátricas de nuestro tiempo se encuentran personajes verdaderamente importantes, íconos de la sociedad actual: desfilan por esa pasarela Donald Trump, Ivanka, el yerno Kushner, Vladimir Putin, Juan Manuel Santos, Justin Trudeau, Mauricio Macri, Alberto de Mónaco, Emmanuel Macron y, claro, Peñita más los que usted guste añadir de la tolucopachucracia, siempre acompañados por parejas-pantalla para consumo del respetable.

Recuento de una noche aciaga

Un suceso escandaloso, protagonizado por niños índigo nacidos en la década de 1970 y metidos en la política, y después conocidos como los íncubos y súcubos toluquitas, se dio hace ocho años y fue la comidilla de los mentideros. Sucede que ante el despecho por no haber resultado elegidos para abanderar al PRI en la elección para gobernador en el Estado de México…

Una noche aciaga de principios de 2011, llegaron al hospital Ángeles del sur de la Ciudad de México varias camionetas blindadas con personajes destrozados en sus partes pudendas, con los intestinos volteados debido a una furiosa orgia interminable donde hubo de todo y para todos, a consecuencia de la cual…

Tuvieron que practicarse cirugías de emergencia para salvar derrames y desangrados que ponían en peligro la vida de los postulantes políticos, puros muchachos de treinta y tantos años, herederos dinásticos, después favorecidos con otros cargos en el gobierno mexiquense, los municipios importantes, la banca de desarrollo y las cámaras del Congreso. Y a otra cosa, mariposas.

Nunca sufrieron algún amilanamiento, miedo al ridículo escenificado, culpa o desasosiego moral. Jamás repararon en el “oso”, ni en los impactos del daño causado a su partido y a la moral de sus militantes. Al contrario, siguieron contando con el apoyo del aparato para intentar todas las plataformas de lanzamiento que consolidaran sus carreras meteóricas y desenfrenadas en busca del “hueso” y los moches. Hasta que obtuvieron la bandería anhelada. Nuevamente alcanzaron con Peñita el pandero.

Desorden de personalidad narcisista

‎En México, índigos y reptilianos no han deseado, peleado, obtenido, ejercido, ni disfrutado el poder. No conocen ninguna de las etapas que Michael Korda definió como indispensables para construir la emoción social. El poder les ha sido conferido y la patria regalada por sus ascendientes dinásticos, y casi siempre despóticos, sin contemplaciones ni reparos. Fueron la familia robolucionaria y punto. Quienes dejaron a la cabeza del PRI a quienes hoy convocan a amañadas y fraudulentas elecciones para renovar su dirigencia nacional.

El desorden de personalidad narcisista jamás los abandonará. Su persistente megalomanía, su necesidad fisiológica de ser admirados, su gran arrogancia y depredación, sus sentimientos de superioridad racial y social, su absoluta falta de empatía con los vulnerables, siguen campeando en esos terrenos inmisericordes.

‎El gasto sin ton ni son, el derroche paranoico de todo lo mal habido, el abuso de sustancias tóxicas, las actitudes extremas ante la vida, el ejercicio desmesurado del poder heredado, el tomar el patrimonio nacional como un bien propio, hicieron de índigos y reptilianos que estuvieron en el pandero un menú difícil de evadir.

Su ambición puso al país en riesgo

La distorsión de la realidad para adaptarla a su especial estado psicológico, la inestabilidad emocional ante los presupuestos públicos, los llevaron casi siempre a un estado borderline, donde tanto la depresión como la ‎euforia enfermiza se trastocan en unos segundos para superar las hojas clínicas de los ciclotímicos. Son un auténtico peligro no solo para México, sino para cualquier sociedad planetaria.

‎Su desenfrenada obsesión por el amasamiento monetario puso al país al borde de la extinción. Gracias a ellos, somos el ejemplo mundial de la corrupción infame y también de la lucha fratricida, donde sus procederes licenciosos han arrinconado a la población.

La población, harta de tanta sevicia desquiciante puso un alto a esa fiesta de empoderados dinásticos, el anterior primero de julio. Criaturitas descastadas, producto de la molicie familiar.

No dejemos que sus secuaces, quienes desde los “liderazgos” empresariales (Coparmex, Consejo Coordinador Empresarial, etcétera) se sienten también sus herederos intenten frenar lo que la mayoría de los mexicanos hicimos en las anteriores elecciones federales: mandar al diablo a los índigos y reptilianos que nos mal gobernaron.

¿No cree usted?

Índice Flamígero: Las revisiones a los últimos meses del nocivo peñismo no ofrecen panoramas tranquilos. Poco a poco se ha dado a conocer que la deuda del mendaz toluquita rebasa los 10 billones de pesos y que cada mexicano estará pagando durante décadas los derroches de la última presidencia del PRI. La suma hasta hace unos días era de casi 38 mil pesos de deuda por mexicano, algo que se ha elevado bastante. Los últimos datos señalan que el priista gastó más de lo esperado y elevó la deuda nacional en un 46 por ciento. Enrique Peña ya había pasado a la historia como el mandatario que hereda la deuda externa más grande en el país. Ahora se sabe que no respetó el Presupuesto 2018 (que supuestamente contemplaba medidas de austeridad) y que cada mexicano ahora debe unos 66 mil pesos como resultado.

Esta columna completa puede consultarse en la página de este diario www.elindependientedehidalgo.com.mx

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