–No deben ponerse nerviosos por la comunidad, se llaman líderes negativos no solo porque han asesinado —dijo bajando la voz—, sino porque son muy listos, pueden lograr un motín.
Son niños, no los etiqueten. Está prohibido que metan cualquier cosa. Ese collar que trae, aquí lo deja, entrégueselo a la compañera. No estén nerviosos, venimos a presentar un libro, es un motivo de felicidad.
Así fue la bienvenida de la mujer encargada del fomento a la lectura en correccionales de la ciudad, no recuerdo su nombre, solo su boca alargada partiendo de extremo a extremo su rostro; cuando intentaba cerrarla, sus dientes impedían que sus labios gruesos se juntaran, lo que le dibujaba una mueca retorcida.
El director nos recibió, un hombre sonriente y moreno.
—Fernando, necesito que coloquen mis libros en la biblioteca o me los des para llevarlos a otra comunidad —dijo, a manera de saludo, la mujer-boca dirigiéndose a él pero mirándonos a nosotros—, no quiero que se humedezcan mis libros. Los muchachos deben leer, ahí está la libertad. Mis libros los he conseguido de las editoriales, ¿ya te había dicho, Fernando, que tengo contactos? —El monólogo de la mujer-boca era una perorata donde enfatizaba los pronombres posesivos con entonación evangelizadora.
Fui invitada por César para presentar su última novela, un libro autobiográfico, una historia de amor dicha en pasado, es decir, la historia de una derrota. La comitiva la conformábamos la mujer-boca de fomento a la lectura, otra mujer de salas de lectura, el autor, un escritor-presentador y yo. Íbamos cinco personas para hablarles de un libro a 12 adolescentes rebeldes.
Comenzamos casi una hora tarde porque la mujer-boca olvidó que los jueves a esa hora los muchachos practican futbol americano. La boca comenzó la presentación con un largo discurso sobre su biblioteca, sus libros y su opinión de la literatura, dio la palabra a la mujer de salas de lectura quien hizo un recorrido por los géneros literarios; la boca la interrumpió para decir que la literatura es un acto maravilloso. El moderador, como pudo, arrebató la palabra y comenzó a contar la historia de su padre, el futbol y la literatura. La boca se puso de pie y se aferró al micrófono, caminó frente a los líderes negativos al tiempo que enlistó, en orden alfabético, los libros que tenía en la biblioteca. El moderador anecdótico también se puso de pie y habló fuerte, para apagar la voz de la boca, ella, sorprendida, se quedó en silencio mientras éste le hizo una pregunta directa a César.
— ¿Para qué sirve la literatura? — Para nada, ¿por qué tendría que servir? — Dijo César tras una risotada— es una de las pocas cosas que uno puede hacer porque le da su regalada gana hacerlo, porque lo disfrutas y punto. No es una clase de carpintería.
—Yo no estoy de acuerdo —chilló la boca que estaba a un lado del moderador— la literatura, dice el escritor Juan, es un paracaídas, o sea, no crean que si se avientan de un edificio los va a salvar, no, lo que quiso decir el escritor es que encuentras palabras de motivación, para ser mejor persona. Chicos, también tenemos en la biblioteca libros de carpintería.
—Un libro de carpintería no es literatura… Venimos a hablar de literatura, ¿no? —Le dije a la boca. Los líderes negativos rieron, uno de ellos pidió el micrófono y le dijo a la boca:
—Es la opinión de él, ¿no?
—Pues no cuenta porque la literatura sí sirve.
—Maestra, ¿qué le parece si dejamos que hable nuestra comunidad? —le dijo el director a la boca. Ella, visiblemente enojada y con esa mueca retorcida que se dibujaba en su rostro cuando intentaba permanecer en silencio, se sentó.
Contemplé a la boca, en realidad era más fea callada, quizá por eso buscaba cualquier pretexto para hablar, para que no repararan en su pelo crespo, sus ojos esquivos, la nariz ancha, su cuerpo pequeño lleno de pliegues.
El moderador dejó sus anécdotas para lanzar preguntas ingenuas a César, los líderes negativos se reían de las respuestas, querían sus otros libros, preguntaban mi nombre, intentaban pronunciarlo.
Cuando me tocaba intervenir, de la boca salían carrasperas, toses y cualquier otro sonido. Todos la ignoramos, la boca se fue haciendo pequeña ahí al fondo, o quizá estaba volviendo a su tamaño real.
— ¿No es enfermo que escribas de una morra que te dejó? —le preguntó un joven a César.
—Mejor ni digas, es como tú, estuviste ahí de menso rogándole por un año —le dijo otro a quien preguntó.
Los líderes negativos comenzaron a contar sus historias, a preguntar cómo podrían narrarlas. Terminó la presentación, aplausos, más preguntas.
Olvidé recoger mi collar, en el taxi, César le llamó a la boca. Escuché a través del auricular su voz aguda decir: “Nadie encargó ningún collar”.

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@ilallali

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.