Arturo Quiroz Jiménez

Ya lo dijo un son hace mucho, ya lo cantaron los metaleros, lo sigue cantando el reggae: el planeta ha superado su capacidad de contener basura dentro de sí, no existe –pareciera– rincón en el mundo que no tenga basura a la vista.

El uso de los desechables ha llevado la cantidad de estos a un punto donde no se recicla ni reutiliza. Noticias de todo el planeta hablan del problema de la basura y surgen las preguntas de siempre: ¿quiénes son los “creadores” de basura?

Se habla de un sistema de consumo desmedido que todo lo mete en plásticos o en algo. Se dice que son las grandes empresas que envuelven sus mercancías en empaques de uso único. Se achacan culpas a los gobiernos en diversos niveles: no cuentan con los espacios adecuados para contener y aprovechar, no tienen suficientes camiones de recolección. Otros comentan que el problema está en las familias que no separan adecuadamente sus desechos.

Pareciera que una de las cosas claras con el problema de basura es que se presenta multidimensionalmente; para su entendimiento se debe acercar desde las diversas ciencias que se han desarrollado, pues este fenómeno atañe a todos los habitantes sin distinción de raza, geografía y creencia de este planeta/mundo/sociedad.

El tener diversos aspectos que lo afectan lleva a plantear un punto de partida movible que dependerá desde qué dimensión, especialización y teoría se desee iniciar el análisis, ¡menudo problema este de la basura!
¿De qué forma entender cómo se asimiló el consumo de los desechables en nuestra sociedad? ¿En qué momento perdimos de vista que el espacio que habitamos se está destruyendo y nosotros aún no contamos con la suficiente tecnología para sacar a los habitantes del planeta hacia algún otro sitio en el Sistema Solar?
La tala desmedida de árboles, la sobreproducción de celulares, la infinidad de búsquedas por medio de Google, los trenes que mueven las mercancías, todo pareciera tiene una huella ecológica, hasta la producción de los pantalones que porto. Otra vez este problema de la basura se vuelve inmenso, ¿por dónde iniciamos?
Hagamos un ejercicio, lector: recuerde cuánta basura generó el día viernes y ahora pensemos cuánta de esa se pudo reusar y cuánta reutilizar, y que claramente no se hizo.

De la basura ya se está hablando, pero hay un límite ecológico que ya hemos rebasado y es allí donde esta discusión debe rondar.

El gobierno mexicano planea cortar miles de árboles para la creación y ampliación de su nuevo aeropuerto. El gobierno de Filipinas planea regresar miles de toneladas de basura enviadas por Canadá. El presidente de Brasil quita restricciones para el aprovechamiento de la selva amazónica. ¡Los márgenes de la explotación del planeta han sido superados!
Es aquí donde uno debe ponerse a pensar: mientras se habla en tareas conjuntas para detener este deterioro, se deben iniciar cambios estructurales que deben tener iniciativas en los grandes actores e instituciones que tienen influencia en decisiones nacionales o mundiales.

Es cierto que las grandes convenciones sobre el cambio climático han quedado obsoletas, el Protocolo de Kioto ha quedado en desuso, pero es inconcebible que las nuevas administraciones nacionales planeen refinerías con un apego a los combustibles fósiles cuando los estudios y las necesidades de este mundo que se destruye son combustibles amigables con el medio ambiente.

¿Qué sucede? Pareciera que tienen oídos sordos. Es cierto que como ciudadanxs conscientes podemos disminuir el uso de desechables, llevar nuestra bolsa, nuestro recipiente, pero los grandes cambios significativos serán cuando los países decidan cambiar sus leyes de emanación de gases de efecto invernadero, cuando los gobiernos exijan cambios radicales en los sistemas de empaquetado de los productos.

El problema es iniciar un proceso de reutilización, no de reciclaje. Cuando decidamos migrar de los autos individuales a sistemas de transporte eficientes, uso de energía solar y eólica, evitar sobrexplotación de los sembradíos, volver al sistema de siembra por temporal, la disminución de consumo de carne, allí sí iniciaremos –o al menos intentaremos– recuperar lo perdido.

Los pies se nos mojan en la playa, donde vuelven millones de pedazos de plásticos triturados por ese ir y venir de las olas: envases de refresco, aditivos, llantas, yogurts, champú, tintes, todos en fragmentos limpios de tanto haber estado en contacto con la sal, un confeti de plástico ante nosotros, su azul verdoso ya no es el paraíso.

El problema del límite ecológico nos ha superado, y tal vez solo nos queda reusar, intentar dejar una menor huella ecológica y cantar ese son que nos invita a bailar: “se va a acabar, se está acabando y tú pensando si me has de amar, y digo yo: el mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar, si un día me has de querer, te debes apresurar”.

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