Lisa tiene apenas 18 años y estudia el tercer semestre de la licenciatura en comunicación en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH); todos los días sale de Ciudad Sahagún hacia Pachuca para asistir a las aulas con pasión y alegría. Sin embargo, este miércoles no fue igual a todos los días. Una agresión inesperada y paralizante, además de la negligente respuesta de unos policías, convirtieron su jornada en gris y le dejaron el sabor amargo de la impotencia y la vulnerabilidad como mujer.

Ayer, a diferencia de los otros días, Lisa no bajó en la parada donde suele abordar el Garzabús. La prisa, la hora, cambió su cotidianidad; creyó que llegando hasta la central camionera de la capital hidalguense sería más fácil y rápido encontrar transporte hacia la universidad. Apenas había salido de las instalaciones de la central e iba caminando hacia la parada del transporte colectivo, cuando sintió un jalón de los cabellos que la tiró. Era un hombre que trataba de someterla. Antes de reaccionar siquiera, la voz de una chica que vio todo gritaba “¡déjala!” El afortunado grito y alerta hizo huir al sujeto, mientras la solidaria joven ayudaba a Lisa a incorporarse y tranquilizarse.

Apenas habían caminado unos metros y vieron una patrulla, se acercaron a denunciar al atacante, que aún iba sobre la misma avenida y estaba a plena vista; sin embargo, los policías, indiferentes, respondieron que no era su problema y le dijeron a Lisa que viera cómo iba vestida. Es decir, ¿se lo buscó por joven?, ¿por ser mujer?, ¿por vestir pantalón de mezclilla, chamarra y blusa negra?, ¿porque no tiene derecho al espacio público? ¿Por qué?

Lisa llegó a la universidad queriendo olvidar todo, quería creer que se lo había imaginado, pero al tener que justificar el retraso, el por qué se presentaba apenas cuando existe un horario, tuvo que confirmar que había sido agredida y que se sintió humillada y responsable por no haber sabido reaccionar y defenderse. Ni modo, no pudo contener las lágrimas y evitar sentirse vulnerada y vulnerable. Ella, que creía firmemente que querer es poder, no pudo.

Esta historia es diaria y común para muchas mujeres que comprueban amargamente que la igualdad, la equidad, el respeto y el empoderamiento, son más palabras que realidad. La calle no es nuestra todavía, ni nuestras aspiraciones respetadas, y quienes deben garantizar la seguridad o el cumplimiento de leyes y acciones son quienes primero nos arrebatan los derechos por sus prejuicios, por su indiferencia y negligencia, pero sobre todo porque no son verdaderos servidores públicos dispuestos a cumplir con la protección y seguridad de la ciudadanía.

Contra las declaraciones oficiales y lo que quisiéramos creer sobre nuestro estado, lo cierto es que cada día avanzamos en cifras de inseguridad. Las cifras que reporta el Semáforo Delictivo por estado (http://hidalgo.semaforo.com.mx/) revelan que este julio de 2018, de 11 indicadores en los principales municipios, al menos en 10 estamos en rojo: homicidios, extorsión, narcomenudeo, robo a vehículo, robo a casa-habitación, robo a negocio, lesiones, violación, violencia familiar y feminicidios. El único indicador que no suma, con excepción de la capital del estado, Pachuca, es el secuestro.

Bajo este escenario, las mujeres suelen padecer en carne propia por lo menos tres de los 11 indicadores en razón de su género: violación, violencia familiar y feminicidio, además de los otros que la afectan de igual manera.

Fácil es el discurso en pro de muchos temas y situaciones, lo real en el caso de las mujeres, las ciudadanas, la mitad de la población, es que no estamos siendo debidamente atendidas y garantizados nuestros derechos. La factura de los servidores públicos, los gobernantes y los congresistas es alta. Urgen políticas públicas verdaderas que abatan este estado de cosas. Hay días emblemáticos como el 8 de marzo, el 28 de mayo y el 25 de noviembre que se han banalizado y hasta, a veces, “bromean” con que se quieren fechas emblemáticas para los hombres. Si tuvieran que vivir y sufrir tantas agresiones, tanta descalificación, tanta violencia, no querrían conmemorar. El 8 de marzo no es el segundo Día de la Madre, es el día donde se recuerda a mujeres trabajadoras que por levantar la voz por sus derechos las asesinaron; el 28 de mayo no tiene relación con el 10 de mayo y la “edulcorada” maternidad, tiene relación con la voz de mujeres que denuncian la mortalidad materna por nula atención médica o malos tratos gineco-obstétricos; y el 25 de noviembre reclama y denuncia la violencia hacia las mujeres solo por ser mujeres.

Lisa tiene apenas 18 años y este mundo le tocó vivir, pero no tiene por qué ser así.

Debemos levantar la voz y revertir este retroceso en la calidad de vida. Muchas instancias e instituciones están involucradas. ¿Quién realmente lo escuchará y atenderá más allá de los membretes y discursos políticamente correctos?

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