Datos de la Secretaría
de Seguridad Pública de Hidalgo revelaron que en mayo de 2019 los centros de readaptación social de la entidad contaban con una población de 289 mujeres, 289 mujeres olvidadas por la sociedad, de las cuales un número considerable es jefa de familia. La siguiente es la historia de una mujer que alza la voz en nombre de aquellas que luchan por una segunda oportunidad una vez que recibieron las alas para volar hacia su libertad.

 Su historia

El 28 de enero de 1984 comenzó a escribirse este capítulo sobre esperanza y fortaleza; Liz es originaria de Ixmiquilpan, Hidalgo, una mujer a la que le cambió la vida radicalmente en 2009, cuando después de un entorno de violencia familiar ejercido por quien era su pareja, fue ingresada al centro de readaptación social (Cereso) de Pachuca, los motivos no importan, la experiencia sí.

“Mis dos hijos y yo sufrimos un ambiente muy violento con ese señor, mucho tiempo nos tuvo encerrados y finalmente lesionó de por vida a mi hijo, el día que eso sucedió lo llevé al hospital y al no saber dar razón sobre el paradero de ese señor ya no me dejaron salir, después de declarar con el MP me llevaron al Cereso para entrar a proceso.”

Esta es la primera vez que Liz decide alzar la voz para contar su historia, en ningún momento su voz se quebranta, sus ojos reflejan nostalgia, pero la seguridad de sus palabras inspira, “en el penal debes sobrevivir, tuve que convivir con varios tipos de personas, se da mucho el vicio o algunas tienen arranques emocionales, todas vivimos diferentes evoluciones”.

Hasta el 21 de junio, Liz era parte de las 289 mujeres recluidas en Hidalgo, vivió 3 mil 650 días entre los muros del Cereso Pachuca y aun dentro ella era jefa de familia, por lo que trabajó siete años como costurera y tres atendió una cocina económica con el objetivo de enviar dinero para sus hijos.

“En ese lugar aprendí también muchas cosas, algunas mujeres somos muy inocentes, muy tontas, no vemos más allá de nuestros ojos; comenzar a trabajar ahí adentro fue una solución porque yo tenía las intenciones de quitarme la vida, pero me di cuenta que podía salir adelante. Casi cumplí 11 años dentro, mi sentencia era de 14, pero como participé en muchos cursos y terminé el bachillerato me empezaron a dar remisiones y por eso salí un poco antes.

“El único temor que tuve ahí fue la convivencia en el área varonil porque pensaba que habría muchos maleantes, pero me daba valor pensar en mis hijos; también tuve amistades sinceras y ese lugar me enseñó que puedo salir adelante sola como mujer, que no necesito a un hombre, aprendí a valorar también el apoyo de las personas. El Cereso Pachuca me dio la suficiente fuerza para valorar lo que realmente me interesa: mi mamá, mis dos hijos y mi sobrino. Nada más. Todos cometemos errores, somos seres humanos imperfectos y creo que merecemos una segunda oportunidad, no estancarnos siendo las personas de antes, sino evolucionar.”

Una segunda oportunidad

“En el momento en el que caminé hacia mi libertad no estaba tan emocionada, estaba demasiado tranquila y me dije ‘bueno, voy para allá y hacia adelante’. Sí vi el ambiente diferente, no tuve miedo, tuve nervios porque era algo nuevo para mí, pero sonreí a todas las personas que me miraban y dije ‘gracias Dios’.”

Obtener la libertad es el primer punto de partida para ese sector de la población, luego vienen los obstáculos sociales y laborales. ¿Alguna vez se han preguntado qué significa la inclusión? ¿Qué existe detrás de una historia como la de Liz? ¿Por qué los ciudadanos somos víctimas de nuestros prejuicios?

“Hay desventajas al salir, por ejemplo, inmediatamente te niegan tus derechos políticos porque debes volver a tramitar tus papeles, es difícil encontrar trabajo. Actualmente elaboro donas, que es un oficio que me enseñó mi madre, de ahí obtengo ingresos, más el apoyo que estoy recibiendo de Alas para Crear. Tener contacto con la fundación desde que estaba en el penal fue un gran apoyo para mí porque tomar los cursos ayuda para las remisiones; fueron un gran respaldo porque tarde o temprano tienes que salir a la calle y no iba a saber qué hacer.

“Muchas veces juzgamos a las personas sin saber qué es lo que realmente ha pasado en sus vidas, pero todos merecemos una segunda oportunidad; si usted me dice que ha cometido un delito yo no sé si es inocente o no, el único que puede juzgar aquí es Dios. Quiero decirles a mis compañeras que aún están dentro que les deseo lo mejor, que le echen ganas, si toman el camino correcto también tendrán una segunda oportunidad como yo.

“Ya aquí afuera quiero trabajar y seguir estudiando, me gustaría psicología o mecatrónica, por eso a las muchachas de mi edad les digo que no se cieguen, que abran los ojos, que se den cuenta de lo que hay a su alrededor, que estudien, que se preparen, que no cometan el mismo error que yo. A mis hijos los amo y quiero que sepan que esperé tanto solo para poder abrazarlos. Ellos fueron mi fortaleza para seguir adelante porque cuando llevaba tres años ahí adentro pensé en quitarme la vida, pero aquí sigo gracias a Dios y a mis hijos.”

Alas para Crear

Daniela Hernández está al frente de la asociación civil dedicada a apoyar a mujeres y jóvenes en reclusión a través de los programas Punto de apoyo y Volar sin motores. “El caso de Liz es de éxito porque la mayor parte de las mujeres que están internas son la cabeza de su familia y al interior de un reclusorio ven la manera de sacar adelante a sus hijos; las mujeres en los reclusorios son olvidadas, por eso nuestra misión es apoyarlas.

“Damos seguimiento tanto dentro del penal como una vez que egresan a través de modelos de intervención; actualmente buscamos firmar convenios de colaboración con diferentes empresas interesadas en la inclusión para poder insertarlas a un ambiente laboral con el fin de que obtengan ingresos para sus familias. Agradecemos que empresas locales apuesten por las segundas oportunidades, también contamos con 25 voluntarios, así que mediante este espacio los invitamos a que conozcan más acerca de la labor que desarrollamos, como ciudadanos podemos sumar a reconstruir el tejido social.”

La vida de Liz es un universo creado mediante la fe, la esperanza, el crecimiento, la inclusión, la fortaleza y principalmente la lucha por mejorar como sociedad. Mi gratitud y solidaridad a Daniela y Reyna Hernández, directora y coordinadora de Alas para Crear, así como a Liz por la confianza que depositaron en esta sección para contar por primera vez esta historia sobre la libertad que nos recuerda que tenemos espíritu, pero necesitamos temple.

claves

Hidalgo

tiene una población de 289 mujeres recluidas

Liz vivió

3 mil 650 días entre los muros del centro de readaptación de Pachuca

La asociación

civil Alas para Crear ayudó a Liz y a otras mujeres en el proceso dentro del penal y genera estrategias para insertarlas a la sociedad

“El Cereso Pachuca me dio la suficiente fuerza para valorar lo que realmente me interesa. Si usted me dice que ha cometido un delito yo no sé si es inocente o no, el único que puede juzgar aquí es Dios”

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