Considero a Taibo II un individuo congruente con sus ideales. Cuando recomendó a Enrique Krauze y a Héctor Aguilar Camín que se fueran al exilio antes de seguir abriendo capítulos que no les convenían, se los dijo con toda honestidad: para tener la boca suelta se necesita tener la cola corta. Y Taibo cree que ambos tienen la cola larga. Mejor el exilio que seguir abriendo capítulos. “Sus trapos sucios”, dijo. De igual manera, por si alguien se asombró entonces, ha disparado al interior del movimiento de la 4T: llamó “sapos enmascarados” a los que se dicen de izquierda y son de derecha; dijo que le molestaba “gente como Germán Martínez, que se vaya ese güey”. Incluso a Alfonso Romo: “Cuando dice: ‘no afectaremos las concesiones para la industria petrolera de las transnacionales’ mi pregunta es muy sencilla: ¿quién chingados le dijo a Romo que somos ‘nos’? ¿A nombre de quién habla? […] Si le quieres hablar al oído a las transnacionales, pues muy tú pinche gusto, el mensaje que nosotros lanzamos es: ¡abajo todas las pinches reformas neoliberales! Y que escuche este mensaje Romo”. Esta frase resume en mucho a Taibo: “Dijimos que éramos Caperucita Roja y no vamos a salir ahora con que somos Caperucita Verde”.

(No es mi intención igualarlos sino compararlos). (Y adelanto ese criterio cuando digo que) considero a Francisco Martín Moreno un individuo congruente con sus ideales. Cuando dijo que si pudiera quemaba vivos a los miembros de Morena no había en él nada distinto al mensaje que ha dado por años. “Yo por eso propongo que si se pudiera regresar a la época de la inquisición yo colgaba a cada uno; no colgaba, quemaba vivo a cada uno de los morenistas en el Zócalo capitalino, te lo juro”, dijo en Central FM. Y antes –y es apenas un botón de muestra– su editorial Penguin Random House Grupo Editorial México inundó la capital con carteleras donde aparecía López Obrador de espaldas frente a una multitud y el título de ese libro de Moreno adelantaba todo: “El ladrón de esperanzas”. El sexenio todavía no empezaba. No había manera de que el escritor supiera si el presidente se iba o no a robar la esperanza de alguien. Lo resolvió de forma astuta: usó la ficción para inventar (eso es la ficción) lo que quiso de un personaje que es de no-ficción. Fue una versión muy parecida a su “si se pudiera regresar a la época de la inquisición yo colgaba a cada uno…” No podía evitar que el izquierdista asumiera el poder pero sí podía inventarle un destino. La hoguera fue su libro; allí quemaba vivo a López Obrador.

Taibo II cree que a los traidores a la patria se les debe fusilar. Moreno cree que los que voten en las próximas elecciones a favor de Morena son traidores a la patria y por lo tanto deben ser quemados vivos en una plaza pública. Taibo II cree que un puñado de abusadores ha saqueado la nación y ha destinado a los mexicanos a la miseria y la desigualdad. Moreno cree que los ciudadanos que apoyen a Morena en 2021 (más de 30 millones votaron por AMLO en 2018) merecen un holocausto. Hay diferencias entre los dos. Uno desearía que los que deliberadamente empobrecieron a México fueran juzgados por traición a la patria; el otro quisiera resolver con un genocidio sus diferencias políticas con un grupo amplio de mexicanos que cree en este gobierno.

De la abundancia en el corazón de ambos habla su boca. No veo a Taibo con muchas ganas de disculparse; Francisco Martín lo hizo un día después.

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Si el odio es antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea –como dice la RAE–yo odio. Odio a Díaz Ordaz, a Franco, a Pinochet. Odio a Hitler. La oposición al PRI odiaba a Televisa, aunque muchos no lo recuerden. La odiaban profundamente por sostener a un régimen perverso y por pura conveniencia, por puro dinero, engañar a los mexicanos todos los días con noticias a medias, manipuladoras o de plano con mentiras. Y esa oposición que odiaba era de derecha y de izquierda. Vicente Fox hizo una campaña dándole de patadas al logo del PRI y de Televisa, aunque luego los abrazó. Se le odiaba. Se les odiaba. Quiero decir que hay ese tipo odio.

Hace poco tiempo, antes de las elecciones, Taibo dijo: “Con esto los vamos a ablandar a madres; pero tenemos que tomar el poder y quitarles las pinches concesiones. Tenemos que ganar las elecciones y quitarle las concesiones a Televisa”. Uy, se armó un escándalo. ¿Qué tiene Taibo que les parece tan radical? Tiene lo que no tienen muchos: dice lo que piensa. Y tiene solvencia para hacerlo. Hizo una carrera lejos de los poderes; ganó lectores de puerta en puerta, de plaza en plaza, de feria en feria. Empujó un diablito cargado de libros. A muchos nos consta. Hizo lo que tenía que hacer y despreció la comodidad de sentarse junto al poder. Quizás eso es lo que no se le soporta. Hay mucho de celo (dizque) profesional y hay mucho de doble moral cuando se le juzga.

Hay de odios a odios. Hay quien odia al que no conoce y no pretende conocer. Hay quien odia al que no ve pero imagina: una multitud a la que culpa de las desgracias por venir en ese territorio que ha delimitado con orina y que llama “patria”. Hay quien odia al que piensa distinto, al que vota distinto, al que milita en otra causa que no es la de él. Que odia al que culpa de causar su miseria interna. Y ese odio es profundamente inflamable y es, además, corrosivo cuando se le contiene; carcome al que lo posee y estalla en llamas cuando se le libera: por eso un exabrupto es la mejor manera de conocer lo que se guarda dentro. Allí ubiqué, para mejores señas, a Carlos Alazraki cuando defendió al gobierno de Enrique Peña Nieto ante las protestas por la desaparición de los 43. ¿Recuerdan? “Las periodistas y los periodistas vendidos están tratando de convencer a la sociedad de que este gobierno es una basura sin serlo […]. Estimados comemierdas: Maldigo la hora en que se convirtieron en sindicato. Maldigo la hora en que nacieron. Son unos asesinos. Odian a México. Ya para terminar, les recuerdo que la violencia genera violencia. No se espanten si el gobierno federal reacciona”, escribió Alazraki en 2014.

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Es cierto que hay mucho odio en el ambiente. Pero no es nuevo. Es como los que hablan de un “nuevo ambiente de polarización” en el país. Pfff. Ven sin ver. México lleva década polarizado. Por un lado, más de 50 millones de personas que viven al día, que no tienen dónde caerse muertos y batallan para acercarse un plato a la mesa; en ese mismo lado están otros 50 millones de mexicanos que luchan a diario por conservar su nivel de ingreso, por tener una vida digna y que sus hijos puedan ir a la escuela alimentados. Esos forman un polo. Y luego está un puñado, una élite, un 1 por ciento que durante los últimos 30 años se hizo de todo lo que, se suponía, se iba a repartir entre las mayorías. A eso llamo polarización y no fregaderas.

Lo demás son simples expresiones de odio que ya estaban allí y que en ciertos momentos se revelan. Exabruptos, que les llaman. Es demasiado odio y les carcome por dentro y estalla en llamas cuando se le libera. Y nada más. Llamaradas de odio que duermen y se despiertan. Hay que saber dónde están, tenerlas ubicadas para no quemarse los pies. Pero nadie se distraiga. La polarización no es nueva y no es política; tampoco la provocó alguien hace un año o dos. La polarización es entre millones de mexicanos que se quedaron sin futuro y un puñado que siente que puede perder todo lo que tiene, y que no podrían gastarse aunque viviera 10 mil años.

Texto extraído de www.sinembargo.mx

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