Nunca imaginé llegar a cumplir 30 años. Nunca. No me pasaba por la mente. Quizá porque nunca me pareció importante o porque quizás lo consideré como algo muy ególatra, o simplemente porque la vida no nos brinda las condiciones suficientes para imaginar nuestra existencia a largo plazo… no lo sé, pero nunca lo había imaginado. Y cosas curiosas de la vida: hoy su servidor cumple nada más y nada menos que 30 años.

Gran parte de las personas que conozco se quejaron y lamentaron llegar a esa edad. Desde el comentario sarcástico hasta el lamento exagerado, la mayoría vio el cumplir 30 como el comienzo del fin, como la debacle del cuerpo y la mente o, en una especie de sentir más complejo, como el momento justo para “sentar cabeza”, aunque hasta el momento me sigue quedando poco claro qué significa esa frase. Hoy cumplo 30 y a pesar de que puedo concordar en muchas cosas sobre lo que dicen mis amigos, compañeros, familiares y conocidos sobre llegar al 3.0, lo cierto es que no estoy lamentándome en nada de envejecer.

Sí, hay cosas que son fatales al llegar a los 30. Las rodillas truenan cuando me agacho, algunos alimentos me causan malestar estomacal, una resaca me dura cerca de dos días, bajar de peso se ha tornado más complicado, hay que ir al médico más seguido por precaución, cuando alguien se cae me alarmo en vez de “cagarme” de risa y definitivamente estoy indignado con las escuelas por no habernos brindado clases de educación financiera desde pequeños.

Pero siempre hay una olla de oro al final del arcoíris: puedo beber leche entera (un gran súper poder, sin duda), tengo un trabajo que amo y por el cual me pagan, continúo preparándome académicamente, mis opiniones sobre temas como política ya no resultan meras pendejadas (la mayoría de las veces), la experiencia me ha dado las armas para decidir de mejor manera (aunque no siempre), definitivamente las personas me ven más atractivo que a mi yo de 18 años, y sí, ya tengo mis primeras canas en el cabello y la barba. Nada mal para alguien que no imaginó llegar a 30.

Así que hoy me despierto y me dispongo a celebrar mis 30 primaveras. Cumplir más de 10 mil 590 días de edad se dice fácil, pero no lo es. Ha sido un proceso largo y difícil, pero al final con mucho aprendizaje. Así que no me queda más que agradecer a mi familia por guiarme en el camino, a mis maestros por orientarme más allá de la escuela, a mis amigos por brindarme momentos para reír y hombros para llorar, a las personas que dejaron de estar en mi círculo por darme lecciones y hacerme mejor persona y definitivamente a la vida por cada día y cada oportunidad otorgada.

Ah, sí, se me olvidaba, gracias al Independiente de Hidalgo por permitirme llegar a sus casas cada semana y al vendedor de fruta del mercado por envolver papayas con la siempre querida página 20. No me imaginaba llegar a los 30, y ahora mi cabeza ya se puso a pensar sobre los 40…
PD. La próxima semana se cumplirán siete años desde que escribí mi primera columna para este periódico que tantas atenciones y aprendizaje me ha brindado. Mi eterno agradecimiento.

@Lucasvselmundo
[email protected]

Comentarios