Don Paco no fue del tipo de personas que cuestionara nada; todo comenzó cuando le presentaron a Rosa –mustia, pálida y con la cara triste–, por la misma época en que sus primos y amigos ya estaban eligiendo esposa, a él se le hizo fácil hacer lo mismo; le dijo a Rosa –sin que el pecho se le inundara de los grandes sentimientos que escuchaba en las canciones y veía en las películas– que si quería casarse, como todos los demás.

Paco no cuestionó la boda, la comida, los arreglos, ni siquiera el drama de esa noche cuando, tras los festejos traducidos en caballitos de tequila, tuvo el primer disgusto de su nueva vida de casado, Rosa dejó de ser mustia y triste para convertir su ceño en un gesto de enojo que se fue dibujando desde esa noche hasta el fin de sus días; las dos arrugas del entrecejo no hicieron más que acentuarse cada día, cada Navidad, cada evento en donde Paco aceptaba el caballito que ella, disimulando con una sonrisa que nadie habría podido descifrar, le decía “ya bájale, ¿no?”.

Rosa comenzó a decirle que no quería esa pulsera el día de su cumpleaños, que habría sido mejor la otra, la que estaba al lado, aunque unos días antes ella misma hubiera dicho ante el exhibidor: “mira, qué bonita pulsera”. Después habría sido mejor elegir otro destino en vacaciones, un coche más grande, una conversación más animada, un mejor atuendo para llegar al restaurante, unas flores en botón y no abiertas en el ramo, unas amigas más sinceras, una ciudad menos fría, un esposo más apasionado… y total, que Rosa murió sin sentir que en su vida nada hubiera sido suficientemente bueno y Paco –don Paco como le dijeron en cuanto comenzó a perder el pelo– no hizo más que sentir que él mismo no estaba nunca a la altura de las circunstancias. Se refugió en el despacho primero y después en su hija, una niña que fue copiando el carácter y las ideas de Rosa. Veía en su padre al sirviente que, solícito, estaba dispuesto a renunciar a todo con tal de verla sonreír. Las sonrisas de Rosita eran más difíciles conforme iba creciendo, al principio veía que se asomaban algunos atisbos, pero en seguida la voz ronca de su esposa la ocultaba cuando atajaba: “¿Solo eso?”. El regalo era tan poco y el esfuerzo tan insuficiente.

Rosita se casó joven y se embarazó muy pronto, el matrimonio no duró más de dos años, la hija y la nieta terminaron bajo el mismo techo donde Paco seguía actuando en el papel de proveedor. Le decían hacia dónde ir, qué pensar, cómo actuar, dónde sentarse. Cuando caía en la tentación de aceptar los caballitos que en las fiestas algún pariente le alcanzaba, él pasaba dos semanas con las tres mujeres furiosas, que simplemente le enchuecaban la boca y le recomendaban los grupos de doble A, les dejaba notas pidiéndoles perdón, les llamaba por teléfono desde el despacho y elegía los regalos grandes que, normalmente, destinaba a los cumpleaños de cada cual. Cuando el castigo terminaba, coincidía con que alguna de ellas necesitaba que don Paco fuera a hacer algún trámite en horario laboral.

La mañana en que murió Paco se disculpó por haberse despertado tarde sin saber que estaba en medio de un ataque cardiaco, estaba más preocupado porque se les iba a hacer tarde a su hija y nieta antes de comprender que eso era el final de su vida.

Don Paco no fue del tipo de personas que cuestionara nada. Nunca.

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