Lloró, lloró mucho. Un guerrero contra el coronavirus

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En Hidalgo, hay 877 personas recuperadas que superaron el virus y han vuelto para sentir de nuevo el aire

Pachuca.- La fuerza de los recuperados: “Yo no quería decir nada, porque a lo mejor no era nada, y yo los preocupaba, pero no pude evitarlo después, hablé con mi hermano y me dijo que tenía que ir al hospital, ahí me dijeron que debía hacerme la prueba”.

El jueves toda la familia recibió un mensaje: “Esta semana ha sido muy dura para mí, comencé con fiebre, dolor de cuerpo, tos; diario anduve así. Hoy me entregaron mi resultado de muestra Covid y salió positivo”.

¿Qué siente una familia que recibe esta noticia? Él es un hombre joven, trabaja en la atención de personas adultas mayores. Un silencio se hizo en todos ellos, una bocanada de aire entró por sus bocas, como si eso les recompusiera un poco la impresión de que la enfermedad que ha causado más de 30 mil fallecimientos en México ha llegado a un ser cercano.

“De la empresa me mandan los medicamentos para la fiebre, palabras de ánimo, para que no decaiga, Pero, pues qué hago, tengo mucho miedo”. Al recibir este mensaje fueron inevitables las lágrimas de la familia. Las noticias, las redes sociales hacen que esperen lo peor.

Todos enviaron oraciones, ante una enfermedad que no tiene vacuna o medicamento para tratarla, lo que uno tiene como escudo de defensa es la fuerza de voluntad y la fe a lo que sea. Tras la impresión, comenzó la segunda fase de una crisis dentro del círculo familiar. Acordaron que el hermano que vive más cerca se encargaría de prever comida, y monitoreo.

Este es un virus altamente letal que no mira condiciones, así que determinaron que el aislamiento sería solo de él, porque su formación en áreas médicas le ha dado las herramientas para entenderlo desde una perspectiva científica.

“Tengo miedo”, decía constantemente, “tengo mucho miedo”, al otro día su estado de salud fue estable por la mañana. Pero por la noche comenzó a ser grave, muy grave.

Con la voz aún desgastada dice “No vi la forma en la que podía seguir, deje de ver la puerta de regreso, me sentía muy mal y pensé que en cualquier momento dejaría de respirar”. El aire que necesita para hablar es demasiado. Conversar es agotador así que la charla es breve.

El siguiente paso fue pedir una ambulancia. Todos fueron notificados que ingresaría al hospital debido a la gravedad de los síntomas. Dejó de responder los mensajes, las llamadas. Nadie supo algo, hasta después de un par de horas que una persona del hospital les llamo y les dijo que estaba ingresado con máscara de oxígeno, sería monitoreado.

Luego de la internación de un paciente hay poco que hacer: sentarse a esperar para recibir noticias, con la congoja en los hombros, el nerviosismo en las manos y la presión en el pecho.

Así pasó la primera noche. Afuera las oraciones no pararon: “Dios, este no es el momento de su muerte, tiene vida, y necesita vida, atiéndelo tú qué sabes, hoy no, hoy no, hoy no…”. Repetía su madre, mientras intentaba contener la respiración porque la vida de ella se le va en la preocupación de su hijo. Eso le contó cuando pudieron hablar de nuevo.

La mañana siguiente alistaron un par de documentos necesarios para la notificación de paciente Covid, planeaban tener algún tipo de comunicación para sentir un poco más de paz, pero no fue posible. El informe señalaba que sus signos eran estables, pero continuaba con dificultades respiratorias. Aunque eran buenas noticias, no es suficiente.

En la segunda noche la necesidad de oxigenación fue más fuerte. De los intervalos que ocupaba el oxígeno pasaron a la mascarilla permanente. “Los doctores pasaban y me decían vas a salir, lucha…” y yo luchaba, luchaba… pero a veces sentía que no podía más.

Tras una nueva toma de aire, continua la narración “así pasé todo un día, y me estabilicé, empecé a mejorar, pero sin poder respirar del todo bien; yo sentí que pasó mucho tiempo entre que iba y venía, como inconsciente y luego escuché que me dijeron ya pasaste lo peor, a partir de este momento, solo te queda irte pa’ arriba. Vas bien.

“No me sentía mal como antes, pero seguía sin poder respirar, pensé que si me quedaba así ¿cómo iba a ser mi vida? Piensas en todo. Pensaba en mis papás y pensé en mi fuerza y en que a veces te ayuda no estar solo. Yo no tengo novia ahorita, no soy mucho de relaciones, pero pensaba que me gustaría saber que puedo tomar una mano y saber que no todo va a ser tan feo.

” Un día más dentro del hospital, la persona del otro lado del teléfono que daba informes les dijo que lo trasladarían, pero no por gravedad, sino porque empezaba a mejorar. El alivio liberó a todos.

Luego de un par de días, el final que todos esperaban, llegó. En silla de ruedas, vio a lo lejos a uno de sus familiares, y le saludó con la mano, tal vez jamás se habían sentido tan felices de verse. Era poco posible contener las lágrimas, de felicidad, de alivio de amor.

Unos globitos de colores lo recibieron porque este es un festejo, un festejo de la vida que le fue entregada y que peleó frente a la oscuridad de un virus al que toda la humanidad le hace frente.

Su recuperación continúa, ahora también debe revisar su capacidad pulmonar, siente secuelas, que espera que con el tiempo queden olvidadas. “Estoy aquí, ya estoy aquí y en adelante, solo depende de mí”, dice mientras se frota las manos esperando los grandes regalos que da vivir, con su cubre bocas y sentado en una silla de ruedas que usa para no agitarse.

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