Para Bárbara Guillen. ¡Hasta siempre!

Largo es el historial de censura a las obras de arte y a los artistas en este país, en todos los gobiernos y en todos los niveles incluido el gobierno de la 4T que, desde la asignación de los paupérrimos presupuestos al sector cultural y la discrecionalidad en su distribución, ejerce una de las formas más cobardes de censura, mucha “inclusión” mucha “diversidad”, mucha “libertad de expresión” pero solo para los que se alinean a sus fallidas políticas culturales.

En días pasados se desató una vieja y gastada polémica sobre el derecho de los artistas a la libertad de expresión con una obra expuesta en Bellas Artes en el marco de la exposición Emiliano Zapata después de Zapata. La obra feminiza la icónica figura del general para, según el artista, desmitificar al machismo. Pero aunque el artista cuestione desde el ícono la desmitificación del “macho mexicano” y acusa de ignorancia a quienes protestan, cae en la misma al nunca haber entendido, y quizás porque en el subconsciente delata ignorancia y estereotipo como binomio en una imagen que lejos de representar a “El macho” representa a la lucha social, a la resistencia, la igualdad en todos sus aspectos incluida la de género (por más inverosímil que parezca, la lucha zapatista fue equitativa y lo sigue siendo) y a una de las luchas más traicionadas hasta el día de hoy como lo fue la del general Emiliano Zapata y cientos de miles de campesinos e indígenas que siguen derramando su sangre. Preocupa la intolerancia de un lado, pero es más preocupante la ignorancia del otro que ve en un ícono de la lucha incluyente, un cuestionamiento al género.

En la década de 1980 el maestro Rolando de la Rosa sufrió una persecución política y religiosa de parte del estado y del Opus Dei, cuando mitificó a Marilyn Monroe en el manto de la Virgen de Guadalupe. Entonces, el museo de Arte Moderno fue tomado por las peores huestes del golpe de pecho, crucifijo y agua bendita y nadie dijo nada. Hoy arremeten contra la postura de organizaciones campesina por manifestar su desacuerdo a lo que consideran un agravio a la lucha zapatista y se les acusa de intolerantes incluso desde el cuestionamiento de género. Pero independientemente de lo planteado en la obra, que convertida ya en propaganda de la comunidad LGBTTI, lo que sigue en juego es la libertad de expresión.

Otro ejemplo es el de la reinstalación de una obra de mi autoría en el municipio de la ciudad dos veces heroica de Atlixco en Puebla, después de una lucha de más de dos años se llega a un acuerdo con las autoridades y el mural “La lanza de la traición” se vuelve a pintar.

Una obra que fue destruida y censurada por las mentes más retrógradas del municipio por los contenidos de la obra y por ser una obra que no concordaba con lo “política y artísticamente correcto”. Y es justamente esta clase de censuras a la libertad de expresión de los artistas y las obras lo que pone en riesgo a los patrimonios artísticos de la nación, en este tenor la cantidad de obras que son destruidas porque sus contenidos no están acordes con la intolerancia, la ignorancia y la estupidez, no tiene límites.

Docenas y docenas de murales, por ejemplo, han sido destruidos o mutilados por no ser del agrado de autoridades, candidatos mediocres en proceso de elecciones o simplemente por grafiterillos de cuarta que pagados por las autoridades creen que recuperan espacios borrando murales.

Con los trabajadores de Bellas Artes y trabajadores de la cultura en paro laboral, con las controversias que en ese recinto se han desatado en menos de un año desde la aparición de las sectas religiosas para enajenarlo hasta la censura del homenaje al fallecido maestro Adolfo Mexiac y con el acoso constante a la comunidad artística desde discursos clasistas y racistas del ejecutivo federal, nos podemos dar una idea del lamentable estado en el que se encuentra la cultura y la educación en México y ahora también lo que está en riesgo sigue siendo la libertad de expresión.

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