Panfletos e imprenta económica del siglo XIX,

Laurel Brake1313, Univers Zero

Mijail Bakhtin, George Moore, Samuel Johnson entre muchos otros, subrayaron la importancia del panfleto para la emergencia de un tipo de publicación sin cuya existencia, tampoco habrían surgido movimientos sociales de una complejidad radical que hicieron del siglo XIX y la primera mitad del XX un caldo de cultivo no solo fértil, sino el catalizador que habría de precipitar el cambio irreversible: el panfleto.
Aunque en la actualidad la Unesco (Organización de las naciones unidas para la educación, la ciencia y la cultura) unificó el concepto “cuadernillo” para referirse a cualquier publicación de 48 páginas y de ese modo no confundirla con un libro, hubo una época en la que por el hecho de contar con cubiertas en cartoné, el trabajo de encuadernación ameritaba considerarlo un producto editorial al que se le había invertido suficiente capital como para aliarlo al de un trabajo informal, propio del panfleto, además asociado a una especie de “prensa liberal”, “descuidada”, “anárquica”.
Baste decir revolución o algún movimiento insurrecto para saber que sus intelectuales se sirvieron de imprentas clandestinas, al margen de las registradas por sus correspondientes servicios a los gobiernos que las supervisaban, para producir impresiones rápidas, de circulación limitada, entregadas de mano en mano, con el financiamienato de colectas y mecenas simpatizantes.
El panfleto habría de convertirse en la panacea ilegal de cuanto impresor viese, ya fuera una fuente ilícita de ingresos o la cristalización de un ideal, la oportunidad para volverse comparsa de los agitadores y causas que dieron en sus panfletos el espacio para transformar los movimientos sin un respaldo ideológico, en la causa reflexionada de su interés por la transformación.
Durante la segunda Guerra Mundial, prácticamente todos los grupos de resistencia que se comunicaban o debían hacer llegar información, de una forma u otra recurrieron a este tipo de impresión, cuando no fue la hoja volante o flyer como hoy le llaman. Tan es así, que el mismo Orwell, consciente de su importancia en las subversiones, transformó a este humilde formato de impresión en un personaje más de su mitológica novela.
Llegados al tercer cuarto del siglo XX, el panfleto habría de ocupar un lugar estelar, ya no tanto en las transformaciones de corte político, como en las del arte, donde proliferaron grupos de creadores que vertieron en manifiestos y casi al final de la misma centuria, fanzines (fan magazines), toda una estela de producción para la que no habría cabida en las producciones oficiales de ninguna de las industrias que en alguna disciplina ya tenían estructurada su producción impresa.
En ese renglón, durante un viaje de por Europa, Henry Cow, la mitológica agrupación compuesta por Fred Frith, Tim Hodgkingson, Chris Cutler y Lindsay Cooper, en cada parada que hicieron en los distintos lugares que visitaron, se dieron a la tarea de recoger referencias sobre los intérpretes locales y a medida que su recorrido los llevó por diferentes lugares, otro tanto sucedió con su asombro al entrar en contacto con grupos de una calidad soberbia que rompía todos los cánones de la época. Así, al término de su gira, en marzo de 1978 aparecería el no menos mitológico RIO (Rock in Opposittion).
Bajo el emblema “Música que las compañías disqueras no quieren que escuches”, Henry Cow integró una presentación con Stormy Six, Samla Mammas Manna, Univers Zero y Etron Fou Leloublan, cuyas producciones por individual, desafiaron el concepto que existía del rock y lo llevaban muchos pasos adelante de lo que se había hecho.
Aunque en la actualidad el sello RIO sirve para clasificar casi todo el rock progresivo que se produjo en Europa, por su afiliación a la consigna de que todos y cada uno de los grupos de su tiempo y convicciones no eran bienvenidos en los cánones de las compañías, gracias a RIO se produjo una forma de inercia que contribuyó al interés de los especialistas en la música alternativa de distintos países, sin importar el género ni la temática de sus discos. Un caso clásico lo representa Univers Zero.
Su música aparece descrita como “el rock que habría creado Stravinsky”, quien cuando se piensa en “El ritual de primavera”, ecléctico, soberbio y estontóreo, con indudables toques de oscuridad, llevado al plano de la interpretación de un grupo, es lo más próximo al sonido de Univers Zero, complejo, a veces más sórdido y audaz que Art Zoyd.
Todavía activo, desde su primer interpretación de 1313, aunque con la separación de uno de sus miembros, quien después se desplazó a las filas de Art Zoyd, Univers Zero es uno de esos brutales grupos que hacen dudar acerca del poder de una verdadera vanguardia y su poder de revolucionario, todavía hoy impresionantemente fresco.

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