Hoy día la palabra “cazafantasmas” es una figura recurrente y no representa mayor problema entender a qué se refiere o lo que representaría un oficio parecido. Lo cierto es que en su momento la sola idea involucró al universo entero de la imaginación y por sí sola era fascinante: un sujeto de mediana edad, solitario, estudioso de las “artes oscuras”, armado solo con su saber y conocimiento, así como algunos artilugios, le hacía frente a los seres sobrenaturales.

Poco después de la famosa reunión en la que Mary Shelley dio a luz Frankenstein o El moderno Prometeo y John William Polidori creó el inolvidable El vampiro, la literatura gótica y romántica se salpicó de personajes coloridos con peculiaridades propias, pero cuando Sheridan Le Fanu abrió el menú de Hesselius, nadie imaginó lo que saldría de ahí.

A medio camino entre Sherlock Holmes y Van Helsing, Hesselius se convertiría en el emblema de la lucha ingenua y maniquea del bien contra el mal, salvo porque su pelea siempre tendría una constante que marcaría la producción del personaje desde sus primeras apariciones: el agotamiento y el constante cúmulo de cicatrices al que cada encuentro lo exponía, debilitándolo gradualmente.

Debe quedar muy claro que antes de Sheridan Le Fanu no había ficción de un ser humano capaz de hacerle frente a ninguna encarnación fuera del orden natural. La humanidad se limitaba a ocupar el lugar de víctima de lo incomprensible; mero sustento para toda suerte de parásitos de orden fantasmagórico, pero nunca bajo ningún concepto contrincante voluntario para enfrentar a las criaturas. Le Fanu fue el primero en deshacer esa regla al crear algo por completo nuevo.

Que hoy existan héroes equipados con todo tipo de artilugios para hacer frente a las fuerzas del mal es por sí solo un travestismo fuera de serie que le debe todo a la banalización, puesto que detrás del efecto de una maldición, de la persecución de una entidad que perseguiría imbatible a una persona, también habría una metáfora con su cuota de conciencia espiritual: ¿qué alimentaba el apetito de los seres inicuos, sino pecados no admitidos ante nadie? ¿Cómo eliminar la maldición, sino pagando con la propia alma y una forma de sufrimiento a tono con las trasgresiones cometidas? Hesselius se transformó en un personaje ultramoderno. El cazador/investigador ofrecía liberación de las molestias, pero no redención del alma, que ya se encontraba en manos del responsable de limpiar como era debido. En otras palabras, Hesselius practicaba exorcismos producto de un acuerdo comercial, vendiendo un servicio. Le Fanu abrió las puertas de toda la fantasía moderna, incluyendo la magia de la expurgación en las ofertas de servicios empresariales.

Por eso hay un cine de horror moderno que funciona perfecto con clichés asumidos y comprendidos igual que cánones, mientras por otro lado existe una corriente de escritores y cineastas independientes, quienes abordan los mismos temas mediante la exposición de un choque entre lo antiquísimo e irracional, contra lo cotidiano y mediatizado. Mientras se trata de una magia pagana, funcional que no intenta explicarse nada, simplemente ser, a través de Hesselius, Le Fanu nos legó una forma de narrativa que todavía en la actualidad es parte de nuestra norma cotidiana.

En ese tenor, la primera mitad del siglo XX corrió con aventuras en torno a incautos que, cuando cruzaban camino con la desgracia, tenían la suerte de revertir los efectos. Fue hasta que realizadores como John Carpenter decidieron relatar tales historias con un revés pesimista, que absolutamente todo lo relacionado con un agente de caos en realidad involucraba una adversidad existencial, algo tan grave e irreversible como una fuerza de la naturaleza.

Escritor, productor, compositor y director de todas sus historias, Carpenter ha dejado una marca muy clara en la historia del cine con composiciones memorables, que aun afuera del contexto de sus filmes se reconoce sin problemas el origen de la música. Pero he ahí la ironía de sus trabajos, pese a la capacidad de poner frente a frente a los personajes para pelear una y otra vez, siempre con el triunfo de las criaturas por un escape milagroso, Carpenter es un artífice de relatos así.

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