Mi colega Ana María Cárabe retomó un excelente texto sobre los riesgos que se tomaban al viajar en diligencia en la mitad del siglo XIX. Después de los acontecimientos acaecidos recientemente con múltiples asaltos en el trayecto de la carretera México-Pachuca es menester recordar lo que significaba el riesgo de viajar y ser asaltado en aquellos días.

Una mañana de diciembre de 1851, desafiando los dos grados bajo cero de aquel amanecer toluqueño, dos estudiantes becados del Instituto Literario de Toluca estaban a punto de subirse a la diligencia que los llevaría a la Ciudad de México.

Uno de estos adolescentes era Ignacio Manuel Altamirano, de 17 años; el otro, un compañero de estudios. Ambos habían hecho severos sacrificios para ahorrar los 40 pesos que les permitirían asomarse a la ciudad de los palacios y los teatros, aunque eran conscientes de que solo los verían por fuera, ya que la cantidad ahorrada no les alcanzaría para acudir a ningún espectáculo.

Viajar en diligencia era el sueño de los provincianos y el recurso predilecto de la clase acomodada, pues los pobres se unían a las caravanas de arrieros para recorrer con lentitud los escabrosos y solitarios caminos del México de mitad del siglo XIX.

Algunos caminos eran muy transitados, como el de Toluca a México, de manera que diariamente dos diligencias salían de Toluca y otras dos de México transportando cada una 10 o 12 pasajeros. El pasaje costaba 12 pesos ida y vuelta. Dado el precio del viaje y la dura prueba que para los huesos del viajero suponía el traqueteo del camino, en esa época se viajaba por necesidad y muy pocos lo hacían con la finalidad turística de dos estudiantes.

Además de estos inconvenientes, pesaba sobre los pasajeros el temor de ser asaltados por los bandidos que infestaban los caminos. Aquellos “plateados”, llamados así porque adornaban de plata su ropa y montura, aparecían por todas partes en gavillas de entre cinco y 100 hombres. En torno a ellos corrían muchos mitos e historias, lo que hacía el tema de conversación de los viajeros.

Los estudiantes escuchaban curiosos y se alegraron de haber adquirido en Toluca una libranza, antecedente del seguro de viajero, documento que les permitiría retirar la suma contratada en la Ciudad de México.

El resto de los pasajeros no tomaron esa precaución, confiaron su vida y sus bienes a la protección de los 15 dragones que escoltaban la diligencia.

Después de unas horas de viaje, el comandante de los dragones avisó que se alejarían para revisar los alrededores. Más, no bien se había separado del vehículo cuando una gavilla de “plateados” salió de la espesura del bosque. Mientras unos cuantos saqueaban los equipajes, otros bajaron a los pasajeros, a quienes obligaron a tenderse boca abajo. En pocos minutos se llevaron las joyas y el dinero y desaparecieron en el bosque dejando a los pasajeros aturdidos en medio de aquel desorden de ropa y papeles. Cuando pudieron reaccionar, agradecieron haber caído en manos de bandidos caballerosos, pues respetaron a las señoras y no dejaron en cueros a los pasajeros. Además, el asalto no dejó muertos ni heridos.

Los bandoleros, cuatreros, ingratos e infames asaltantes siempre han existido en la historia, no solo de México, sino del mundo entero; las lamentables historias de atracadores que se dan cita para quitarles las pertenencias a los viajeros que cómodamente se trasladan para llegar a su destino y en el camino se topan con amantes de lo ajeno, son innumerables.

Sin embargo, a pesar de saberse la existencia de ese mal social, quienes siempre hacen caso omiso de los latrocinios cometidos por los asaltantes son las autoridades que en muchas ocasiones, incluso, están coludidas con los maleantes.

En semanas pasadas lo ocurrido al maestro Ruy Lohengrin Peña en la carretera México-Pachuca fue a todas luces un acto vil y lamentable. El asesinato de ese gran artista hidalguense hasta hoy ha quedado impune, y las autoridades lejos de hacer valer la justicia, simplemente no paran esos actos delictivos perpetrados justamente en esa carretera que se ha convertido en la favorita para los delincuentes.

Asimismo, el problema no paró después del fallecimiento de Ruy, por el contrario, continuaron los asaltos y se sumó el perpetrado a la investigadora Elvira Hernández Carballido, e incluso otro deceso. ¿Hasta cuándo?, ¿qué hacen las autoridades para frenar esos atracos?, ¿vivimos en un Estado sin derecho? Las preguntas se aglutinan una tras otra y lamentablemente sin solución. Papá gobierno argumenta que no es así, por el contrario, se trabaja arduamente para el bienestar de los hidalguenses ¿Tú lo crees?… Yo tampoco.

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