En la segunda mitad del siglo XX, en el novohispano y virreinal jardín de Mercaderes, Mayor, plaza Constitución, la anciana mujer entretenía a su runfla de endiablados pelones “aleccionándolos de vida”; “el hombre que realmente vive en el suelo que estima, que lo vio nacer, donde ha obtenido honestamente su sustento y ha echado raíces, alcanza una visión propia del tiempo y de los acontecimientos, de las cosas en donde creció, crea formas que lo definen, un conjunto de rasgos propios del ser humano y de su comunidad”.
Llegar a la cuesta, a la empinada subida de la calleja de Gómez Farías donde se encuentra la encrucijada, dándole la espalda al callejón de Santiago, junto al viejo y famoso cabaret de vedettes y encueratrices El Abanico, a la izquierda la calle inclinada, entierrada y con múltiples piedras Pedro Escobedo. Seguir de frente con la mirada al sur para encontrar “lo más suculento”, el motivo real de la procesión y de la marcha nocturna a las alturas. Veíanse docenas de muchachas, güilas, suripantas, prostitutas, esperando a los que lograban llegar a ellas luego del abuso, del atascadero de alcohol en los tugurios, en las tabernas, en las cantinas, saboreando y deleitándose de cervezas, de diferentes cubas de ron antillano, de vasos de ginebra, de Viejo Vergel, de San Marcos, justificando la abundante ingesta repetían que un botellón de brandy tenía “más de siete kilos de uva”.
Enterada estaba la viejilla que “recorrían más de una docena de atascaderos, entraban y salían ingiriendo como si se tratara de su último día, escuchando las músicas de sinfonolas”, ya para esas alturas experimentaban una transición, un cambio de ritmos y melodías de influencia antillana. Los sonidos ahora invitaban a sentir, a bailar chachachá, mambos, sones, danzones y guarachas, entre suspiros gozaban de extasiantes notas de trompetas, trombones, saxofones, violines, flauta y piano “amor de cabaret que se paga con dinero, que poco a poco me mata, sin embargo yo quiero amor de cabaret”, entrando y saliendo de tabernas; de La Cascada de don Bonifacio, del Tu Solo Tú, de La Negrita de doña Susana, de El Centenario, de El Foco Rojo “amor de cabaret que no es sincero, amor de cabaret que se paga con dinero”, de El Villa del Mar de doña Enriqueta,
de El Salón Corona y El Balalaika de Jorge Agis “tu cuerpo es una copia de Venus de Cibeles, que envidian las mujeres cuando te ven pasar, y llevas en tu alma la virginal pureza por eso es tu belleza de un místico candor”.
Paso a paso, bebida tras bebida, tugurio a tugurio se derrochaban los centavos agotando los bolsillos y aún más, “pues tomaban fiado”. El camino se volvía difícil, trabajoso, muchos habían quedado en el trayecto completamente embrutecidos, ebrios, ahogados en alcohol, iban apareciendo las víctimas conforme la aurora avanzaba, con la claridad de los primeros destellos de luz asomaban, se miraban, los mártires de la noche, de la marcha, tirados en los rincones, en el piso entre piedras y perros lamiéndoles el rostro.
En ese despojo humano el que menos presumía roncaba maloliente entre piedras y tierra, la vieja los recordaba como “a manera de triunfo todos meados, cagados y vasqueados, revoloteándoles congregaciones de moscas, sin uno o los dos zapatos, sin alguna manga de la chamarra o saco, echando espuma por la boca como vacas babosas, la corbata tipo escapulario, luciendo en la camisa manchas de sangre, residuos de alimentos a medio digerir, presumiendo la huella de mugre de zapatos por golpes recibidos, las bolsas del pantalón estrujadas, volteadas al revés, por haber sido bolseados”. Poco a poco, conforme avanzaba la mañana y calentaba el Sol, recobraban la realidad del embrutecimiento, trastabillando sin el calzado casi corrían, ya a unos pasos de su guarida intentando recobrar la dignidad para alardear, enseñorearse la mañana del domingo de sus hazañas, las que fueron con el tiempo leyendas de allá arriba, de los prostíbulos, conocidas y platicadas durante las audiciones de la Banda de Charros en la hermosa pérgola de las músicas.
Encontrávanse de todos tipos de mujeres del mineral de Pachuca, las había de todas las edades, peinadas, despeinadas, entrenzadas, de pelo cortado o entintado, de moños, muchas vestidas de traje sastre de lana con medias y zapatillas, con una que otra joyita de fantasía “a medio emperifollar”, de trenzas y moño con naguas de popelina y mandil a cuadros con las piernas brillando bien encremadas, zapatos bajos de plástico, reunidas con gran angustia en el rostro, con la pena. Eran las abuelas, las madres, las hijas, las hermanas, las esposas, las compañeras, las comadres y hasta las vecinas, de aquellos dispensados de sus faltas.
Ellas, los lunes antes de las 8 horas, se formaban cargando los tesoros de la familia; un anillo, un reloj, una esclava, un prendedor, cadenas con o sin vírgenes y santos, los binoculares, la cámara fotográfica, herramienta, hasta el radio y la licuadora. Esperaban a que abriera e iniciara actividades El Montepío de Pachuca “el empeño”, para enfrentar el derroche de los héroes, osados miembros de la procesión, de la peregrinación a los prostíbulos, a los tugurios, a las tabernas, a los cuartos, a los cabarets a los desplumaderos del viernes y sábado por la noche habiendo gastado todo, toda la raya y más. Esas cómplices mujeres, aguantándose la pena y vergüenza en “el empeño” solicitaban préstamo para completar la semana; pagar la renta, la luz, comprar la despensa, para mal vivir.
El cascabel al gato, ahora sí silva. Hidalgo, como la nación, experimenta en este 2017 la necesidad de unidad, estamos en una oportunidad de unirnos en contra de la corrupción e impunidad, de la injusticia, la mentira, de la simulación, de acuerdos ocultados, de todos los ladrones que se llevan los dineros públicos sin entregar cuentas, tapándose unos a otros.

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