Rafael Alfaro Izarraraz

Para los científicos del renacimiento, la ciencia tenía como propósito central mejorar la condición humana. Hechos como el que la Tierra haya sido enviada a los suburbios de la constelación solar, el descubrimiento de América o la aparición del robot mecánico representado por el reloj, “enloquecieron” a la sociedad surgida en la época más oscura que ha vivido la humanidad: la cristiandad postromana.

Y tal vez sea en esa época en la que con más claridad se pueda comprender el camino torcido que ha seguido, salvo excepciones, la ruta de la ciencia, alejada de los ideales de los sabios renacentistas. Las teorías del conocimiento expuestas por los filósofos griegos, como Platón y Aristóteles, fueron acopladas a las creencias religiosas y sustraídas de su contexto filosófico para convertirlas en materia de una figura divina creadora de todo lo visible.

No nos debe extrañar. Lo que se estudia y sus resultados, así como los medios que se utilizan para la obtención de esos bienes culturales, no son ajenos a determinados intereses, mismos que pueden explicarse por la actividad de los agentes sociales en una época cualquiera. Esto no es un tema banal, porque para cumplir el ciclo científico asociado al “descubrimiento” se utilizan recursos económicos, humanos y materiales de incalculable valor.

El campo de la ciencia no es ajeno a las disputas sociales que ocurren al interior de una sociedad jerarquizada como la nuestra, y que llega a pasar hasta en las mejores familias. Entre los griegos de la época presocrática, por citar otro ejemplo, los campos del saber que se privilegiaban eran el estudio de los astros, las matemáticas, la geometría y la medicina. El impulso de ese saber no era gratuito.

El término ciencia se ha consolidado a partir de la actual era moderna y su definición es mucho más precisa ahora que en el pasado. Ciencia se entiende como aquel saber reconocido como socialmente útil y validado por una serie de procedimientos utilizados para su obtención y reconocidos principalmente por la academia. El debate es parte de esta entrega.

Seguimos diciendo, con respecto a los griegos y el conocimiento, que todo estaba asociado a la necesidad de controlar aquel conocimiento ligado a un pueblo a cuyas élites les urgía la contabilidad, saber medir la tierra que conquistaban, guiarse en el mar a través de los astros, entre otras cosas. Ellos fueron los que descubrieron la traza urbana de las ciudades y lo aplicaron a los pueblos conquistados, porque les facilitaba una morfología de la ciudad y sus habitantes.

Las preocupaciones de los esclavos o de quienes hacían con sus brazos que las embarcaciones se movieran pasaron desapercibidas para el conocimiento, que estaba más preocupado por el esplendor de las ciudades helénicas. Los pobres habitantes de las aldeas medievales o de los pueblos “indios” mesoamericanos no formaron parte de la agenda del conocimiento de la ciencia tal y como lo interiorizaron las élites.

La medicina, ya en la modernidad, se consolidó como parte de las estrategias militares de guerra activada por Napoleón y su ejército en toda Europa –ver El origen de la clínica de Foucault–. La antropología acompañó a los ejércitos mercenarios europeos y norteamericanos. La información de la vida comunitaria proporcionada por los antropólogos fue fundamental para el trabajo militar, así como el conocimiento de las enfermedades que podían debilitar su presencia.

La información reciente que nos dieron a conocer de que entre 2009 y 2017 empresas como Monsanto, Ford, Volkswagen, IBM, Bayer, Intel, Nissan, entre otras, hayan recibido del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) 24 mil millones de pesos a fondo perdido nos puede indicar algo acerca de lo que ha ocurrido con la ciencia en México. Nos dice mucho acerca de la manera en que opera la ciencia y que no ha cambiado mucho con respecto a lo que ha ocurrido en otras épocas.

¿Por qué ahora la prioridad de la ciencia se asocia con la biotecnología, nanotecnología, robótica o la electrónica?, mientras carreras como la sociología pareciera que tienen sus días contados, no obstante, la complejización de las relaciones sociales, entendiendo por complejidad su sentido luckmaniano, es decir, la existencia de un excedente de conflictos no controlados. La respuesta la hemos tratado de dilucidar en la presente entrega.

Urge recuperar el sentido social o humano de la ciencia en cuanto a sus propósitos. Esto no quiere decir que pueda ser inapropiado el apoyo a determinadas empresas para que hagan ciencia, lo que queremos decir es que la ciencia como tal tuvo una meta en sus orígenes, expresada por un de los filósofos más influentes, como lo hemos indicado. Monsanto, recibiendo dinero público cuando las semillas modificadas asociadas a paquetes tecnológicos han causado tanto daño a los sistemas ecológicos y humanos, por favor.

La ciencia tiene por empresa servir en un sentido humano –nos puede gustar o no el término–, no de favorecer la utilidad económica mientras se debilita a las instituciones educativas de carácter público.

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