Ese es el título del primer libro que sacaré al público. Versa sobre lo mal que le ha ido a Hidalgo con su clase política tan depredadora, y como obligación, contendrá también las pautas que con respeto sugiero para el intento obligado con el fin de corregir la sinuosidad de los caminos de Hidalgo…

Por ejemplo, detallaremos la mala suerte que ha acompañado a mi tierra querida, Tepehuacán. Primero, con su inmersión en un pleito artificial, pero sangriento, con el municipio colindante, Tlahuiltepa. Todo por los intereses mezquinos de los licenciados capitalinos. Esos que para conseguir el debilitamiento de los caciques locales entregaban armas a ambos bandos y así jugaban al listo.

Posteriormente, les daré mi versión de esa lucha contra los dominadores municipales. Esos que terminaron peleados con su propia gente, pues también desde Pachuca los alentaban a mantener “ocupados” a los gobernados para que nunca se les ocurriera perturbar con sus reclamos esa paz que necesitan los licenciados de Pachuca.

Y por último, platicaremos en el anunciado libro sobre los acontecimientos de las tres últimas décadas. Esos 30 años que conocí a la perfección, incluso algo tuve que ver en la causalidad de lo sucedido, por eso lo platicaré con desparpajo y asumiendo todo lo que se tenga que asumir.

Nunca he escondido la mano, menos cuando escribo y menos si lo viví. Por eso estoy garantizando plasmar una verdad mixta. Sí, la verdad de alguien que un día culminó una lucha social y la verdad de quien también ya no lo dejaron o ya no pudo hacer más que lo que hizo. Y sin pretender esconderme en el honor, debo justificar mucho de lo que he venido escribiendo. Probar el señalamiento de que Jesús Murillo fue el peor gobernador que ha existido para la población de Tepehuacán. Que su sexenio representó tiempo perdido para la sociedad serrana. También daré mi crítica sobre aquellos y aquellas que cuando pudieron hacer algo por Tepehuacán, nomás no lo hicieron. Pero que aun así, con mentiras y marrullerías, se sostuvieron un cuarto de siglo, llenaron sus alforjas, se ubicaron por encima de las mayorías empobrecidas, hasta que también, como hace 30 años, se les antojó mercadear con droga y ahí se les acabo su magia y buena suerte… eso creo.

Escribir vivencias preñadas de dificultad y retos es, a mi entender, mucho mejor que estar dictando recetas en algún canal pedorro, (como dice Noroña), de televisión sobre un manjar o algo que nunca has hecho. Eso es lo que ofrezco a los dos o tres que se interesarán por lo que les cuente en mi debut como escribiente.

Y no dejaré pasar la oportunidad de dar datos sobre el escribiente. Vencer la orfandad de madre, ser un testigo infante de los abusos de autoridad, buscar el conocimiento en escuelas a 15 horas de camino, ser alumno siempre becado y nunca reprobado, sargento de escolta y presidente de sociedades de alumnos y fundador de federaciones estatales y nacionales de estudiantes, arriero y comerciante, cafeticultor y técnico ganadero hasta llegar a ser ingeniero en desarrollo rural, profesión acorde a mi vocación social que como joya de un ser que a trancazos entendió que es deber de muchos empujar a la sociedad hacia caminos menos torcidos. Y si la sociedad es rural, ¡mejor! Y si el empuje es metódico y organizado, ¡ya ni se diga!

¿Y para qué todo eso? Pues para que exista la otra historia y no solo la de aquellas y aquellos que pagan para que les inventen una historia a su medida. Y también, para que se sepa que nada de lo sucedido en Tepehuacán ha sido casual. De lo bueno existen responsables, y de todo lo malo también, ¡con nombres y apellidos!

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