Oscar del Barco (Córdoba, Argentina, 1928), escritor, narrador, editor y militante, quien “a pesar de su abundante bibliografía es más conocido por cuestionar, en una breve carta, los excesos de la militancia revolucionaria” (Christopher Domínguez Michael) de manera crítica y ubicándose en el extremo ideológico, afirma en el documento referido que la opresión forjada por Lenin había construido una contrasociedad que producía la alienación y opresión del sistema capitalista a vencer. Esa interpretación, irreverente, rupturista, que irrumpe en el corazón ideológico de la Iglesia del socialismo real (o lo que queda de él) es saludable porque enfrenta al poder, lo crítica, lo revisa, anuncia la necesidad de pensar, su postura reconoce el principio de la corresponsabilidad que enfrenta el exceso, el silencio cómplice, el verticalismo totalitario, los dogmas, el servilismo incondicional. Siempre son necesarias las voces que discrepan, que cuestionan, que escrutan la historia inmediata con una mirada pensante. La lúcida historiadora Barbara Tuchman afirmaba que la locura en la historia es diferente del error, cuando los líderes políticos se equivocan, lo que es frecuente, doblan la apuesta, un absurdo piensa el ciudadano, el argumento plantea: “Debemos ser más radicales, no fuimos lo bastante consistentes”. Ejemplos en la política mexicana abundan, una muestra, la reforma energética cuyas bondades, aseguraban sus defensores, permitiría que el PIB creciera en un punto porcentual adicional, cuando eso no ocurrió, la defensa argumentó que era necesario ser más radical en su implementación, por ejemplo, liberar los precios de la gasolina, con las consecuencias que conocemos.

Enfrentar al poder desde el poder abre perspectivas y replantea la correlación de fuerzas entre los actores políticos. Ese es el nuevo horizonte novedoso y vigoroso que hoy ocurre en los congresos federal y estatal de Hidalgo. Morena, al obtener una victoria absoluta en el Congreso del estado, está en capacidad de construir sistemas de control y vigilancia que pongan freno a la corrupción que impera en el estado, el diseño de una política social práctica y atractiva que impulse el bienestar y el combate a la pobreza; pero sobre todo esa expresión política es hoy promotora del debate, de la discusión informada, de la deliberación civilizada entre personas con ideas y criterios diferentes. Los diputados de Morena, muchos de ellos talentosos universitarios, son una condición indispensable de la democracia, a través de ellos, la sociedad civil, los individuos y ciudadanos pueden reclamar el cumplimiento del Estado de Derecho, de la tolerancia y el respeto a la ley. Esa fracción en el Congreso se define por su defensa del liberalismo democrático, por su espíritu y ánimo contrario al poder absoluto. Se reconocen como liberales porque se miran y son resultado de los intereses sociales y de las profundas necesidades y reclamos ciudadanos.

La presencia de los legisladores de Morena es una voz indispensable en la defensa de la tradición filosófica del liberalismo, de la meritocracia y la edificación de una sociedad justa e igualitaria, su presencia en la(s) cámara(s) permite recuperar el principio del contrapeso que es una condición indispensable para la democracia. Quien nace de la oposición tiene disposición para la crítica y la tolerancia a la crítica. Esa es la energía que hoy impulsa el espíritu reformador de los legisladores morenistas. La tarea de esos diputados no es confrontarse con ningún otro poder, sí lo es, hacer valer y velar por la legalidad y legitimidad que les otorgó el voto. Como fracción y expresión ponderada son mayoría, “la mayoría tiene el derecho de prevalecer dentro de los límites, es decir, respetando los derechos y la libertad de las minorías” (Giovanni Sartori). Una franja social que convive cotidianamente en y con la libertad es justamente la universitaria, desde ese edificio pensante se defiende la tradición liberal, el espíritu y la dignidad humana, esa que se expresa en los derechos que son la manifestación suprema de la civilización y la civilidad.

Los universitarios son ciudadanos pensantes y sensibles, cuya naturaleza misma exige un trato respetuoso. El ideal universitario, y con ellos el de los diputados morenistas, es transitar por el imperio del diálogo, las ideas y la libertad, que son valores fundamentales contra los caprichos del poder.

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