Los cielos vistos desde Hidalgo es el título de un libro publicado por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) en el que diversos autores escriben sobre diferentes tópicos de lo que el ser humano ha observado con detalle en la bóveda celeste: la incesante repetición del día y la noche, el tránsito de las estrellas, las fases de la Luna, los ciclos de las lluvias, los periodos de secas, los truenos y relámpagos, los solsticios y equinoccios, los eclipses lunares o solares, en fin, un sinnúmero de fenómenos naturales.
Los antiguos pobladores del actual territorio hidalguense no fueron ajenos a estos momentos mágicos e inexplicables que vieron. El libro Los cielos vistos desde Hidalgo refiere, en uno de sus 11 capítulos, que antes de la llegada de los españoles existían especialistas de tiempo completo que examinaban el cielo nocturno con paciencia. Las evidencias se remontan a varios miles de años y se encuentran en las paredes naturales o en rocas donde la mano del ser humano comunicó, a través de la pintura rupestre, observaciones astronómicas. Así lo destaca el investigador universitario Alberto Morales Damián, quien ha estudiado con esmero las pinturas rupestres de Huapalcalco en Tulancingo, San Antonio Tezoquipan en Alfajayucan; El Boyé, El Cajón y Dantzibojay en Huichapan; Banzhá en Tecozautla, El Zapote en Alfajayucan, y agrega que este patrimonio corresponde al periodo Cenolítico. Otras expresiones pertenecen a la fase prehispánica, al Posclásico y a la época colonial, y concluye que los antiguos pobladores reflejaron el cosmos nómada, los cielos, el Sol, la Luna y las estrellas.
Por su parte, el profesor universitario Sergio Vázquez Sánchez aborda el tema “Arqueoastronomía en Xihuingo, Tepeapulco” y explica que esa es una disciplina que apenas en la década de 1960 se introdujo en los estudios multidisciplinarios mesoamericanos, en donde participan la astronomía, la arqueología, las matemáticas la etnografía, la epigrafía, la historia del arte y la geografía, entre otras. Como resultado de sus investigaciones Vázquez Sánchez descubre, a través de ciertos grupos de petroglifos, las orientaciones astronómicas entre los pobladores de la zona arqueológica de Teotihuacán y la pirámide de Xihuingo.
Los cielos siguen siendo vistos de Hidalgo para Laura Sotelo Santos, quien colaboró en ese texto, y explica el registro de eclipses en manuscritos, jeroglíficos, en particular en los Códices Anales de Tula, Códices de Huichapan y los Primeros Memoriales; deja claro que la tradición de observaciones celestes se ha realizado desde remotos tiempos por las culturas prehispánicas y más tarde los pobladores la registraron en sendos códices.
Víctor Ballesteros García trasmite al lector un breve relato de fray Diego Rodríguez, astrónomo y matemático, que nació en el pueblo de Atitalaquia hacia 1596; agrega que este personaje ingresó a la orden religiosa de La Merced, establecida en la Nueva España, y ahí estudio matemáticas y ciencias.
Sus conocimientos le permitieron ser designado profesor de astronomía y matemáticas en la Real y Pontificia Universidad de México. Este religioso es considerando como el más grande matemático y astrónomo del siglo XVII; sus investigaciones quedaron registradas en el título Discurso etheorológico del nuevo cometa visto aqueste hemisferio mexicano y generalmente en todo el mundo, este año de 1562, donde el fraile explica científicamente el fenómeno celeste con el fin de borrar la creencia de que los cometas eran augurios de grandes calamidades.
Los cielos vistos desde Hidalgo contiene también escritos del trabajo que ha realizado el Observatorio Astronómico y Meteorológico, que fue instalado en 1877 en la azotea del Instituto Literario y Escuela de Artes y Oficios, conocido muchos años como el edificio central de Abasolo, hoy centro cultural universitario La Garza, en la capital hidalguense.
Este observatorio adquirió su formalidad al construirse en 1900, en la parte superior en la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, un espacio apropiado que funcionó por más de 100 años. Sin duda desde lo más alto de la capital hidalguense fue fiel testigo de lo que ocurrió en la bóveda pachuqueña: tempestades, relámpagos, rayos, truenos, precipitaciones, vientos y en la intensidad de la noche estrellas, luceros y planetas cercanos a la Tierra, así como ciertas luces de colores inexplicables para la ciencia que se mueven y caen sobre las casas o se pierden en el firmamento. Para conocer este lugar es necesario ascender 189, no sin antes descubrir una escalera helicoidal de cantera y pino.
El libro contiene artículos referidos a las nubes, los tlimiguines (conjunto de luces a manera de estrellas fugaces que rítmicamente se encienden o apagan como si estuvieran danzando) y otros temas tales como la cosmovisión de los indígenas nahuas y las computadoras en la astronomía.
Si disfrutamos desde nuestra entidad las noches frías de diciembre, los invitamos a vivir la experiencia de una bóveda estrellada para disfrutar Los cielos vistos desde Hidalgo.

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